CATALINA
C ATALINA
A Catalina le costó un gran esfuerzo levantarse de la cama donde se había echado a morir el día que se enteró del naufragio del Valbanera . Finalmente, lo logró dos semanas después de la visita del médico. Cuando reunió el valor suficiente para mirarse en el espejo, no se reconoció.
Su pelo rojo se había vuelto cobrizo y un tanto ceniciento, y los rizos habían perdido lustre y elasticidad.
Las pecas le habían desaparecido casi por completo y su rostro había adquirido ese aire de luna llena que la acompañaría durante el resto de su vida: cara ancha y blancuzca, labios finos, nariz pequeña y una mandíbula firme y definida que nunca se le descolgó, ni por la edad ni por el peso.
Las manos y los pies le habían crecido un poco durante el primer embarazo y todavía parecían más grandes después de los kilos que había perdido.
No estaba segura, pero también tenía la sensación de haber ganado algunos centímetros de altura y de que era ya tan alta como su padre, tal vez más.
Mientras su alma se encogía, su cuerpo se había expandido.
Durante los días que siguieron, empezó a ocupar más espacio y a requerir más atención por el simple hecho de estar presente, pero permanecía callada, hablando solo cuando era imprescindible y mostrándose tan poco en público que incluso a los que la veían todos los días en el mercado o en la iglesia les costaba recordar su nombre.
Catalina lo prefería así; ansiaba borrar a la persona que había sido hasta entonces y convertirse en alguien sin pasado, sin errores y sin recuerdos que la arrastraran hacia un pozo de dolor tan hondo que temía no poder volver a salir de él.
No ayudaba en nada el hecho de que todos en el pueblo comentaran «la tragedia del Valbanera ».
Daba igual si se quedaba en casa, porque las noticias la perseguían.
Meses después del huracán, seguían publicándose historias sobre el naufragio en primera plana de los periódicos.
Si doña Emilia los estaba leyendo y Catalina entraba en la habitación, los escondía al instante, pero al final acababa por encontrarlos mientras ordenaba la casa o sacaba el polvo.
Aunque los titulares la estremecían, no podía evitar leer los artículos completos: «El naufragio del vapor Valbanera podría haberse cobrado 450 vidas», «Los buzos localizan la embarcación a doce metros de profundidad.
Solo asoma el mástil», «No se ha encontrado rastro de los pasajeros ni de los miembros de la tripulación».
Este último titular la dejó confusa. ¿Cómo era posible?
Se obligó a pensar en distintas situaciones que justificaran la desaparición de centenares de cadáveres, de cientos de personas que lo único que habían dejado atrás era el dolor de sus seres queridos.
Algunos días, apenas podía resistir la tentación de levantarse y echar a andar en busca de algo sin forma, imposible de describir; algo que quizá acabaría revelándose cuando ella se pusiera en movimiento.
Era consciente de que necesitaba alejarse de esa casa amarilla y de ese pueblo junto al mar donde había sufrido un dolor inimaginable, donde el corazón se le había roto en un millón de pedazos, aunque había logrado recomponerse de alguna manera para mantener con vida al nuevo ser que llevaba en su vientre.
Un pueblo donde se había despojado de su antigua piel, igual que los gusanos de seda que cuidaba con tanta devoción.
Sabía que, cuando los gusanos abandonaban la crisálida y se convertían en polillas, el ciclo terminaba y la metamorfosis se completaba.
Tras siglos de domesticación, las mariposas del gusano de seda no podían volar; sus alas eran demasiado cortas, inútiles.
Catalina esperaba que sus propias alas no se hubieran vuelto inútiles también.
Cuando compartió sus pensamientos con Ramón, él pareció confundido.
No entendía las metáforas sobre gusanos o mariposas.
Aun así, como el hombre pragmático que era, se preguntó adónde podrían ir teniendo en cuenta el «estado» de Catalina.
No le gustaba la idea de dejar su trabajo y alejarse de su tía, pero Ramón era un hombre de honor y de palabra, y no olvidaba que le había prometido a Juan que, en caso de que a él le pasara algo, cuidaría de Catalina.
Además, desde el mismo instante en que la encontró en el puerto, desaliñada y sufriendo, había sentido el deseo no solo de protegerla, sino también de complacerla.
Era lo más cercano al amor que había sentido nunca.
Examinaba sus expresiones con atención para descifrar sus estados de ánimo, y se esforzaba en entretenerla con anécdotas del día a día para que no pensara tanto en la tragedia que había vivido.
Cuando terminaba la jornada de trabajo, iban juntos a pasear, siempre en dirección al centro, lo más lejos posible de la costa.
Se preguntó si Juan habría tenido la premonición de que iba a morir o si le había pedido que cuidara de Catalina porque es lo que suele hacerse antes de emprender un largo viaje.
La travesía del Atlántico había sido el primer viaje de Juan y, por caprichos del destino, también el último.
Debía de estar preocupado cuando le envió la carta desde Canarias, incluso era posible que ni siquiera estuviera seguro de poder embarcar en el Valbanera .
De hecho, cuando los periódicos publicaron la lista de los fallecidos en el naufragio, Ramón se sorprendió al no encontrar el nombre de Juan entre ellos.
No lo había comentado con Catalina, y tampoco le había mostrado la lista.
No quería que volviera a sufrir al ver su propio nombre y el de su marido en el listado y al comprobar que el de Juan o el de la pequeña Carmen no aparecían.
Por todas esas razones, Ramón accedió a la propuesta de Catalina de dejar atrás la casita amarilla y empezó a entusiasmarse con la aventura.
El único riesgo que había corrido en la vida había sido marcharse de La Palma y viajar a Cuba, pero lo consideraba un riesgo relativo, porque al final del viaje lo esperaban parientes y un trabajo.
Esta vez, sin embargo, era distinto. Estaba a punto de convertirse en un hombre casado, con un hijo que no era suyo, aunque aprendería a quererlo como propio.
Por supuesto, iba a tener que aprender a amar también a Catalina.
Había algo en su fuerza interior, en su modo de enfrentarse al sufrimiento, que encendió un fuego desconocido en el alma de Ramón.
Y no se trataba de deseo físico. No la deseaba ni le había puesto la mano encima, sin contar alguna caricia amable al retirarle el pelo de la cara o al darle la mano.
Y, aun así, a pesar de su fortaleza, sentía una irrefrenable ternura por esta mujer embarazada y triste que estaba sola en el mundo y dependía de él para todo.
Pensó que se debía a que ella lo necesitaba.
Hasta ese momento, nadie lo había necesitado nunca, y eso lo hacía sentirse adulto.
Tal vez con el tiempo esos sentimientos de dependencia, admiración y necesidad podrían transformarse en amor.
Así lo esperaba. Sus vidas serían más fáciles, aunque Ramón era consciente de que la vida nunca lo era.
De momento, compartían respeto y dependencia mutua, y eso le parecía lo bastante seguro y cómodo para los dos.
Catalina y Ramón se casaron el día después de Navidad, en una tarde soleada.
Ella llevaba un vestido de color rosa con encaje en el cuello que había pertenecido a doña Emilia en su juventud y que le sentaba como un guante, ahora que había ganado algo de peso con el embarazo.
Ramón se puso una guayabera de lino blanco y unos pantalones oscuros.
La única testigo de su unión fue Emilia, que les ofreció una vaca negra y un saco de arroz como regalo de bodas.
Esa noche, al regresar a la casa amarilla, insistió en prepararles una cena especial.
Ella no sabía que Catalina estaba embarazada y tampoco le habían contado su historia de amor con Juan.
Solo le habían dicho que querían casarse para poder pasar juntos el resto de sus vidas.
A Emilia le sorprendió que ninguno de los dos mencionara la palabra «amor» en ningún momento.
No creía haber malinterpretado las miradas que su sobrino dirigía a Catalina, pero al fijarse se dio cuenta de que se comportaban más como supervivientes de un naufragio que se aferraban el uno al otro en busca de apoyo que como una joven pareja enamorada.
Tras pronunciar los votos, ni siquiera se habían besado, y tampoco lo hicieron cuando los animó a ello el cura, que se quedó perplejo cuando Ramón permaneció quieto y negó suavemente con la cabeza.
Doña Emilia no entendía por qué habían decidido casarse con tantas prisas, pero aprobó su decisión. Esperaba que encontraran consuelo y compañía en su matrimonio. En la mayoría de los casos eso era preferible al amor, sobre todo tras haber sufrido una tragedia tan tremenda, se dijo.
El día después de la boda, Catalina preparó un hatillo con la ropa de los dos.
Tras un desayuno contundente, cogieron sus pertenencias y montaron en la yegua de Ramón.
Dejaron atrás el pueblo, la casita amarilla y a doña Emilia, que los despidió con la mano hasta que no fueron más que una mota en la distancia, con la vaca negra siguiéndolos.
A las afueras del pueblo, Ramón se echó hacia atrás y le preguntó a Catalina:
—¿Hacia dónde?
—Lo más lejos posible de aquí. Encuentra un lugar donde no tenga que volver a ver el mar nunca más, ni siquiera olerlo —respondió ella antes de apoyarle la cabeza en la espalda.
Ramón se quedó pensando unos instantes, tomó una decisión y espoleó a la yegua en el vientre.
Se dirigieron al sur, hacia el interior de la isla, donde la tierra era húmeda, roja como la arcilla y muy fértil.
Ramón esperaba que esto último fuera verdad, porque lo único que tenía en el mundo eran diecisiete pesos, una vaca negra, un saco de arroz y una mujer embarazada que se apoyaba en su espalda mientras cabalgaban a lomos de una tozuda yegua moteada llamada Panchita.