MARA
M ARA
—Sospecho que Antonio murió y ella volvió a casarse y le cambió el apellido a la niña —dijo Julián, pensativo.
Llevaba su delantal favorito, uno que le cubría solo de cintura para abajo, de esos que solo los buenos cocineros se atreven a llevar.
Julián cortaba cebolla mientras yo pelaba patatas para la tortilla que me había prometido prepararme el primer día.
No cualquiera puede hacer una buena tortilla.
Por suerte para mí, Julián era un experto.
Estábamos en la cocina de su casa. Julián ya había cerrado el bar y parecía relajado. Yo, en cambio, estaba más tensa que el cabo de un mástil. No dejaba de sentir ese cosquilleo en el estómago que suele indicarme que estoy cerca de una buena historia, pero que todavía se me escapa.
Lo que Julián había dicho no parecía descabellado, si no fuera porque se suponía que Catalina también había muerto.
—Según el registro, ambos murieron a bordo —le recordé—. Siento como si a esta historia le faltara una pieza. Creo que debería volver a revisar el registro del Valbanera , a ver qué encuentro.
—Vale, pero esta noche no —repuso Julián.
Como respuesta, alcé una ceja.
—Esta noche vamos a un concierto —me aclaró él.
—¿Un concierto? —La música era lo último en lo que habría pensado en esos momentos.
Julián me contó que era un concierto al aire libre, uno de los eventos programados para conmemorar el centenario de la tragedia del Valbanera .
Pensé en Nelson, que adoraba la música, en especial la clásica.
Decía que siempre había algún motivo para asistir a un concierto.
Estuviera triste o entusiasmado, siempre se refugiaba en la música, igual que hacía yo con la literatura.
Tardé un poco en darme cuenta de lo importante que era para él y en comprender que usaba la música para entender mejor el mundo y para procesar sus emociones, pero en cuanto lo hice mi amor por él floreció.
¿Cómo no amar a un hombre que usa la música para expresar todas sus emociones, incluida la ira?
—¿Has oído lo que te he dicho? Eh, ¿hay alguien ahí? —me preguntó Julián con una sonrisa tan ancha que pude ver que tenía la dentadura perfecta y blanca. Debía de ser uno de los pocos hombres españoles de su generación que nunca había fumado.
Dejó la tortilla en la mesa y abrió una botella de vino tinto.
Luego cortó una porción triangular de tortilla y la puso en mi plato.
Sirvió vino para los dos y, al sentarse frente a mí, se le escapó un gemido que expresaba tanto alivio como dolor.
Estaba claro que el pobre hombre pasaba muchas horas de pie todos los días.
Tenía la frente sudorosa, y usó un borde del delantal para secársela.
—Lo siento. Sí, estoy aquí. El concierto, claro, me encantará ir —respondí a toda prisa, tratando de huir de los inoportunos recuerdos de mi marido.
Esa noche me puse un vestido blanco que me dejó una de las primas que vivían cerca.
Al notar que me quedaba un poco holgado, me pregunté si habría perdido peso.
Ese sería un efecto inesperado y muy bienvenido de este viaje de búsqueda de mis raíces.
Lo complementé con un fular rojo y me recogí el pelo, porque no tenía tiempo de lavarlo y marcarlo.
Mi madre siempre me reñía por no cuidar más de mi apariencia, pero ella no estaba aquí, así que daba igual.
El concierto fue en una playa a tres cuartos de hora del pueblo.
Habían montado un escenario de madera sobre la arena y multitud de lamparitas de papel iluminaban el camino para que los asistentes encontraran sus asientos.
Los músicos tenían linternitas sobre las partituras para poder leerlas, pero el resto estaba sumido en la oscuridad.
La noche no podía ser más cálida y gloriosa.
El suave oleaje lamía las rocas de la orilla con delicadeza, como si estuviera plantando miles de besos diminutos sobre ellas.
Me recordó a los besos que mi padre solía darle a mi madre por las noches.
A menudo me iba a dormir en nuestro piso de La Habana oyendo el sonido de sus besitos.
Traté de concentrarme en el recuerdo para no pensar en lo cerca que estaba el océano, aunque lo cierto era que, por alguna razón, el mar no me causaba tanta ansiedad como de costumbre.
El espléndido cielo estrellado de La Palma brillaba sobre nosotros, protagonizando un espectáculo propio ya antes de que la orquesta empezara a afinar.
Calculé que habría unas cincuenta personas entre el público, por lo que el evento tenía un aire íntimo y especial.
Me llamó la atención que nadie diera un discurso explicando el significado del concierto.
El director llegó y la música empezó a sonar.
Ya las primeras notas me resultaron familiares y contuve el aliento al reconocer la melodía.
Era La Mer , de Debussy, una de las piezas favoritas de Nelson, que en su momento me había explicado con gran deleite que el compositor buscaba evocar la furia del mar y el poder de las olas en el tercer movimiento de la que se considera su obra maestra.
Alcé la vista al cielo y busqué la luz más brillante: Venus.
Ahí estaba mi Nelson, contemplándome y sonriendo por lo sorprendente que era todo.
Nuestro «hijo de las olas» se había alistado en la Marina y yo estaba aquí, sentada junto a un primo lejano, investigando la vida de alguien que había dejado esta isla hacía mucho tiempo para no volver jamás.
Una mujer que se había reinventado en otra isla, en mi país natal; un lugar que yo también dejé para no volver, aunque cada vez tenía más claro que regresaría, precisamente para buscar a Catalina.
Cerré los ojos, asustada por el curso que habían tomado mis pensamientos.
Me sentí presa de la maldición de los exiliados, siempre deseando regresar al lugar prohibido, buscando el hogar esquivo y escurridizo.
Me vino a la cabeza una cita de un escritor sirio: «¿Qué haces cuando no puedes quedarte, pero tampoco puedes volver? ».
Sentí una punzada de dolor y añoranza por mi patria perdida, con una intensidad que hacía tiempo que no experimentaba.
También sentí dolor por Catalina y por su frustrada historia de amor, porque estaba convencida de que, si Juan la había amado tanto que la había seguido hasta Cuba, ella debió de amarlo con la misma intensidad.
¿Qué había pasado con su historia de amor?
¿Qué ocurre con cualquier historia de amor cuando los protagonistas ya no están?
Tenía muy claro que el amor que sentía por Nelson seguía ardiendo, fuerte, brillante, pero ¿y el de Nelson?
¿Se lo había llevado con él o lo había dejado atrás y se había esparcido en el viento como polvo de estrellas, para que me encontrara y me consolara en mi soledad?
Los músicos habían empezado a tocar el segundo movimiento de la pieza, titulado Juego de olas .
Era fácil sentir el balanceo de las olas, que se mecían con suavidad y, de pronto, el cambio brusco de la corriente con que la música atravesaba la densa penumbra de la noche.
El mar, que se encontraba a pocos metros de distancia, parecía colaborar siendo tan silencioso como podía.
A ratos, una ola un poco más potente chocaba contra la orilla y su sonido parecía competir con el de la orquesta.
El resultado era una delicia, el original amplificado por docenas de violines que trataban de imitar lo inimitable.
Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas, pero no me importó.
Dejé que cayeran como si fueran un súbito chaparrón caribeño y no traté de disimular.
Julián me cubrió la mano con la suya, grande y llena de marcas de cortes y quemaduras.
Apoyé mi otra mano sobre la suya y me gustó la sensación de tener su mano atrapada entre las mías, como si fuera un pájaro.
Cuando la música terminó, Julián no apartó la mano mientras todos los demás aplaudían. Cuando concluyó la ovación, una joven con un largo vestido blanco subió al escenario y leyó un poema dedicado a un naufragio que terminaba con estas palabras:
Familiar como el sabor de las lágrimas para mí,
mientras en mis labios, insistente, percibo
los besos salados y amargos del mar.
Lloré, lloré y lloré.