La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Nunca llegó a saber cuánto tiempo permaneció en cama.

En algún momento le pidió a doña Emilia que, por favor, cerrara las ventanas.

No podía soportar el olor a mar ni la brisa marina que algunos días alcanzaba incluso el interior de la isla, trayendo con ella los susurros de las palmeras y colándose por las puertas y ventanas de la casa.

Parecía estar llamándola, casi exigiéndole que se reincorporara al mundo de los vivos.

Pero Catalina no tenía fuerzas ni ganas de nada.

Doña Emilia se ocupaba de cocinar y de darle de comer como si fuera una niña enferma.

La mantenía limpia con una esponja que sumergía en agua tibia, con la que le lavaba la cara, los brazos y las piernas como lo haría una madre.

Catalina solo tenía fuerzas para murmurar su agradecimiento.

Cuando conseguía dormir, era pasto de las pesadillas.

Soñaba con un barco a oscuras, lleno de cuerpos flotando, atrapados en el océano bajo el casco volcado.

Se veía entre los muertos, con la melena pelirroja flotando y alejándose de ella, como si estuviera separada de su cuerpo.

Sentía el peso de su hija entre sus brazos, diminuta pero hinchada, y al bajar la vista hacia ella veía pececillos plateados que salían de las cuencas de sus ojos.

La pesadilla era siempre la misma y, cuando Catalina se despertaba, lo hacía siempre gritando.

Doña Emilia acudía a consolarla con una infusión de tila.

Apoyaba una mano en su frente y le secaba el sudor.

Luego la ayudaba a sentarse y la animaba a tomar pequeños sorbos, y Catalina obedecía sin rechistar.

Carecía de fuerzas o de voluntad para oponerse.

Parecía haberse desconectado de su cuerpo, por lo que permitía que doña Emilia le recolocara las piernas en la cama, con la misma eficacia con que lo hacía todo, pero con una ternura especial.

En la intimidad de esos momentos compartidos en mitad de la noche, Emilia nunca le hablaba, ni siquiera para preguntarle cómo se encontraba, y Catalina siempre le agradeció su silencio.

Emilia no preguntaba porque, aunque ella no era madre, creía entender el dolor de Catalina.

La pérdida de una hija era algo inimaginable, pero Emilia también sabía, sin que nadie se lo hubiera contado, que Catalina estaba de luto por el amor de su vida.

Esperaba que el dolor de esas semanas hiciera que la joven se olvidara de ese hombre al que había amado.

Para ella era importante porque, a pesar de ser una mujer muy pía, cada noche rezaba pidiendo que Ramón y Catalina se enamoraran.

No sabía si ella sentía algo por su sobrino, pero estaba segura de que él sentía algo por ella; era evidente por el modo en que la miraba cuando Catalina no se daba cuenta.

A los veintidós años, Ramón ya tenía edad de conocer el amor y de tener a una mujer en su vida.

Catalina sentía náuseas, como si hubiera vuelto a los primeros días a bordo del Valbanera , cuando era incapaz de probar bocado ni de levantarse de la cama.

Al ver que cada día estaba peor, Ramón, preocupado, mandó llamar al médico de la ciudad más cercana.

Había pasado ya un mes desde que Catalina recibiera la terrible noticia, y su aspecto estaba tan cambiado que Ramón se asustó cuando entró en la habitación con el doctor.

Se la veía demasiado delgada y se le caía el pelo a puñados.

Tenía las mejillas hundidas, la frente surcada de arrugas y los labios cuarteados, a pesar de las pócimas de aloe vera que le preparaba doña Emilia.

Tenía las uñas destrozadas, como si se las arrancara sin darse cuenta.

Para darles privacidad, Ramón salió de la habitación y aguardó con su tía junto a la puerta.

Catalina permaneció dormida durante buena parte del examen médico, pero se despertó sobresaltada cuando el estetoscopio se posó sobre su pecho. El doctor se apartó para darle unos segundos; luego le sonrió y le dio palmaditas en la mano, como solía hacer su padre.

—Me han contado que no puede retener nada en el estómago y que ha perdido mucho peso —comentó.

Catalina asintió en silencio.

—No me gusta cómo suena su corazón... —siguió diciendo el doctor.

Catalina casi se sorprendió de que siguiera latiendo—.

De momento, le encargaré a doña Emilia que le prepare una bebida a base de ruda, melisa y un poco de jengibre.

Eso la ayudará con las náuseas y el apetito, aunque tendrá que poner también un poco de su parte...

—Se levantó, corrió las cortinas y abrió la ventana antes de añadir—: En esta habitación tiene que entrar la luz y el aire fresco, y usted tiene que comer.

Como respuesta, Catalina se lo quedó mirando, sorprendida de que ese hombre no entendiera el alcance de su dolor. ¿Acaso no le había auscultado el corazón? ¿No había detectado la herida que lo atravesaba?

Iba a tener que aclararle que no podría hacer nada por ella. Se aclaró la garganta para darle una explicación, pero lo que salió de sus labios fue una pregunta.

—¿Qué se siente al morir ahogado?

El doctor la miró frunciendo el ceño.

—¿Por qué? ¿Siente que le falta el aire?

—No, pero necesito saberlo. Por favor, dígamelo —le rogó.

—Ya veo. En ese caso... como pasa en todas las muertes, eso es un misterio que solo podrían aclarar los que han tenido la desgracia de experimentarlo.

El médico acercó una silla a la cama de Catalina y sujetó los bordes del asiento, como si quisiera anclarse a alguna parte antes de responder.

—La muerte por ahogamiento es una de las peores —empezó diciendo—. Cuando una persona se hunde bajo el agua, deja de respirar de manera automática para impedir que el agua inunde sus pulmones. Podríamos decir que el cerebro decide que es mejor no respirar que respirar agua.

Catalina tragó saliva con dificultad, medio esperando que el doctor, al verla angustiada, dejara de hablar.

Aunque al mismo tiempo quería que siguiera.

Había algo exquisito en su dolor, algo que quería sentir en toda su intensidad.

Solo así podría llegar a hacerse una idea de la tortura que había sufrido su hija.

—Sin embargo —continuó el doctor—, llega un momento en que el nivel de oxígeno en el cuerpo es tan bajo que un reflejo involuntario fuerza a la persona a inhalar. Y con eso la muerte está asegurada.

—¿Cuánto se tarda? —se oyó preguntar Catalina, que no estaba segura de cómo había logrado formular esas palabras.

El doctor se levantó y empezó a colocar sus instrumentos en el maletín de cuero negro, pero siguió hablando en tono profesional.

—Se cree que ese momento llega en menos de noventa segundos. Sin oxígeno, el cerebro sucumbe a la oscuridad y la desesperación. Pocos son los que mueren de manera elegante, mientras sus cuerpos se rebelan contra lo inevitable, contra el abismo.

Catalina contuvo el aliento y se cubrió la cara con las manos.

El médico volvió a sentarse a su lado, le apartó las manos de la cara con delicadeza dirigiéndole una mirada cargada de compasión, y añadió:

—Sospecho que ha sufrido una gran pérdida, señora, pero en estos momentos es fundamental que sea fuerte, por el bebé.

El doctor trataba de transmitirle la importancia del mensaje, pero ella no entendía nada.

¿Un hijo? Eso era imposible... Pero entonces recordó las noches de pasión compartidas con Juan a bordo del barco.

¿Cómo iba a traer al mundo un hijo sin padre?

¿Cómo iba a remendar su corazón lo suficiente para ofrecerle a ese bebé el amor que se merecía?

—Bueno, ahora iré a hablar con su marido —comentó el médico, y sus palabras sobresaltaron a Catalina, que se había olvidado de su presencia.

Sin darle tiempo a reaccionar, el doctor se levantó y se marchó con su maletín, sin volver a mirarla.

Ella se pasó la lengua por los labios resecos y se colocó otro almohadón bajo la cabeza, para incorporarse un poco.

Bajó la vista hacia su cuerpo, que parecía aferrarse a la vida con tozudez. Otro bebé.

Ramón susurró su nombre y llamó a la puerta, pero entró sin esperar respuesta.

Con delicadeza, como si tuviera miedo de arrugar las sábanas, se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, y se quedó observando el campo que se extendía detrás de la casa.

El olor a hierba se colaba ahora por la ventana abierta, y una pequeña mariposa blanca revoloteó cerca del marco de madera.

Solo el ladrido insistente de un perro interrumpía el silencio.

—No tienes por qué pasar por esto sola, Catalina —se limitó a decir Ramón.

Ella se apoyó en los brazos que, hasta hacía un momento, yacían inmóviles sobre las sábanas y se incorporó un poco más.

Se puso una mano sobre el vientre. Todo este tiempo, mientras estaba de luto llorando la pérdida de sus seres queridos, una nueva vida había estado formándose, discreta, en su interior.

Casi podía oír la voz de su padre, dándole una de esas lecciones de vida que impartía mientras se ocupaban juntos del huerto: «Cuando plantas una semilla, la observas y estás pendiente de si crece.

Si está a gusto, la dejas donde está. Si no, la mueves un poco; la riegas más o menos; la pones más al sol o más a la sombra...

». Pero ¿cómo lograr que broten nuevas hojas o nuevas raíces de un tronco dañado?

¿Cómo librarte de la multitud de malas hierbas que amenazan con destruir la única belleza que has conocido en tu vida?

La vida no es como un huerto, como decía su padre, es mucho más cruel, pero sigue siendo la vida.

Sintió que el dolor disminuía un poco, muy lentamente, como el agua que empieza a retirarse con la marea baja.

Catalina mantuvo una de las manos en su vientre, aún plano, acariciando por primera vez la posibilidad de un nuevo bebé. La otra mano la apoyó con fuerza en la espalda de Ramón.