MARA
M ARA
El narrador del documental era un científico al que presentaban como el mayor experto en la tragedia. El corto empezaba con su voz, profunda y ronca, hablando como si fuera un viejo superviviente del Valbanera .
—Ya no hay horizonte, ni mar, ni cielo... —empezaba diciendo, en un tono de voz apenas audible por encima del bramido de la naturaleza enfurecida que habían recreado en algún estudio de España.
El agua, de un color gris blanquinoso y turbulento, ocupaba toda la pantalla.
Por momentos asomaba un fragmento de la nave, sacudida por el oleaje.
Una ola enorme, de unos seis metros, pareció levantar al Valbanera en el aire para dejarlo caer de nuevo, como si una mano gigantesca estuviera jugando con un barco hecho de piezas de Lego.
En el puente de mando, trece hombres protegidos con gruesos chubasqueros luchaban con todas sus fuerzas por recobrar el control de la embarcación.
El narrador explicaba que estaban luchando por alejarse de una zona de bajíos pantanosos donde, a juicio de la tripulación, un barco de este tamaño podría hundirse y desaparecer como un zapato en arenas movedizas.
De repente, la proa del barco desapareció bajo el mar.
El Valbanera vibró, y un chirrido que recordaba al de un ataúd siendo arrastrado sobre la grava acalló la voz del narrador.
El barco siguió inclinándose como una caña de pescar que luchara contra un enorme pez.
Las luces de la embarcación se apagaron y la pantalla se volvió negra, pero los sonidos no se detuvieron: gritos, metal chocando contra metal, truenos, agua...
El ensordecedor bramido del océano inundaba la sala mientras el Valbanera se hundía.
La última imagen del documental, tras la oscuridad absoluta, era la de un mástil que asomaba sobre la superficie de un mar en calma, la única prueba que quedó de la desgracia que acabó segando las vidas de casi quinientas personas, aunque, al parecer, la de mi bisabuela no fue una de ellas.
Salí de la galería temblando, pero decidida a no llorar. Aunque el breve documental era solo una interpretación del desastre, me había conmovido, hasta tal punto que temía que, si abría las compuertas a las emociones, no iba a ser capaz de volver a cerrarlas.
Julián seguía donde lo había dejado, en el bar del proveedor de vino al que había venido a visitar.
La reunión ya había terminado, pero se estaba tomando una cerveza.
Tenía la mirada perdida, aunque parecía sonreír con aire relajado.
No me vi capaz de contarle lo que acababa de ver, así que traté de borrar el horror de mi expresión mientras me acercaba a él, que no me vio hasta que me senté en la silla que tenía enfrente.
—No me extraña que os hayáis quedado en la isla; seguro que teníais miedo de zarpar —intenté decir en tono desenfadado, aunque Julián no se dejó engañar.
—¿Tan mal ha ido? —comentó, sin borrar del todo la sonrisa de su rostro.
Supuse que me había visto entrar en la galería.
Yo asentí y le pedí un gin-tonic al camarero, para calmarme un poco.
—¿Todavía tienes la fotografía que me enseñaste? —le pregunté.
Él asintió antes de sacársela del bolsillo de la camisa, esta vez sin la protección del sobre.
Contemplé la foto que la familia había conservado con tanto amor durante todos esos años.
Los bordes estaban un poco descoloridos y tenía el tinte amarillento de las fotografías antiguas, pero el estado de conservación era muy bueno.
Catalina parecía joven, demasiado para estar ya casada y con un bebé en brazos.
El hombre, Antonio, la sujetaba del brazo en un gesto posesivo y estaba inclinado hacia ella, como si el fotógrafo lo hubiera sorprendido en el momento en que le estaba diciendo algo.
Los dos llevaban ropa oscura, aunque la de Antonio parecía un poco más clara que la de ella.
Podría haber sido marrón o gris, mientras que la de ella era negra o azul marino.
Catalina no parecía feliz; de hecho, se la veía bastante triste.
Reconocía esa mirada. Aunque habían pasado casi cuarenta años, recordaba con nitidez el momento en que eché el último vistazo a mi país.
El día empezaba a clarear y las siluetas de los árboles y arbustos de la costa se iban alejando a medida que remábamos.
No podíamos encender el motor para no alertar a la Guardia Costera de Cuba.
Vi algunos retazos de tierra verde, una bandera ondeando al viento y una pequeña edificación blanca en lo alto de una colina lejana.
¿Dónde estaban las palmeras, los hermosos edificios de La Habana y las anchas avenidas adornadas con los vivos colores de las flores de los flamboyanes?
La costa parecía árida y poco acogedora, un lugar más amarillo que marrón que veía alejarse mientras apoyaba la cabeza en el hombro de mi madre y me echaba a llorar.
La voz de Julián me rescató de las lágrimas que siempre me asaltaban cuando llegaba a este punto de mis recuerdos enterrados. Me estaba mostrando un sobrecito de color ocre. Al mirar en su interior, vi lo que parecía un puñadito de polvo o ceniza. Perpleja y un poco asustada, se lo devolví.
—Mi abuela lo conservó siempre. Era una flor de hibisco amarilla que Catalina le puso en el pelo antes de marcharse. Lo conservó porque fue lo último que tocó su hermana antes de irse.
Esta vez ya no pude seguir conteniendo las lágrimas.
Por suerte, Julián fingió no darse cuenta y siguió hablando.
Me contó que, durante mucho tiempo, la familia mantuvo la esperanza de que Catalina hubiera sobrevivido a la catástrofe.
Esperaban que algún día llegaría una carta diciendo que estaba en Cuba, sana y salva, en compañía de su esposo y de su hija.
En aquella época, me explicó, los periódicos publicaron un montón de historias de gente que había sido dada por muerta, pero que había sobrevivido por haber desembarcado —ya fuera por error o por superstición— en Santiago de Cuba, en vez de seguir navegando hasta La Habana.
Las hermanas de Catalina, en especial Lucía, se habían aferrado a la idea de que Catalina había sido una de esas personas.
Otros supervivientes del Valbanera fueron dados por perdidos durante mucho tiempo o para siempre, porque no sabían escribir o no tenían dinero para enviar un telegrama, siguió contando Julián.
Un caso que se hizo muy popular fue el de una mujer que esperaba la llegada de su marido y sus hijos a La Habana.
Cuando se enteró de que el barco se había perdido en medio del huracán, se volvió loca.
No sabía que habían desembarcado en Santiago, donde permanecieron sin poder comunicarse con ella.
Uno de sus hijos, ya adulto, fue a La Habana por negocios.
Mientras un limpiabotas le pulía los zapatos, una mendiga se les acercó.
El joven la oyó farfullar para sí misma la historia de su terrible pérdida.
—Siempre está así —comentó el limpiabotas, sin levantar la mirada—. Murmurando la misma historia. Nadie sabe si es verdad.
Pero el joven se dio cuenta de que esa mujer sumida en la miseria y la locura era su madre.
No se lo confesó de buenas a primeras por miedo a dañarla todavía más en su frágil estado, pero la invitó a acompañarlo a su casa, donde tendría comida y cobijo.
Con el tiempo, su hermano y él se atrevieron a confesarle que eran sus hijos perdidos.
Julián respiró hondo y dejó que la historia calara en mí.
Era un buen narrador, y me mantuvo en vilo tanto con su voz —profunda y grave— como con sus historias.
La tragedia del Valbanera estaba resultando ser mucho peor de lo que creía posible.
No podía imaginarme separada de mi hijo durante toda su infancia.
Me estremecí ante el simple hecho de pensarlo y levanté la mirada hacia Julián, esperando a que continuara.
Me dijo que su familia estaba convencida de que era imposible que ese fuera el caso de Catalina, que era la esposa de un hombre rico y, aunque solo había ido al colegio durante tres o cuatro años —más de lo habitual en las niñas de su entorno—, era muy inteligente y sabía leer y escribir.
Pero por encima de todo estaban seguros de que, si hubiera sobrevivido, nunca habría permitido que su familia sufriera durante años pensando que estaba muerta.
—La pregunta entonces es: ¿por qué lo hizo? —reflexioné en voz alta.
Julián pareció no oírme, porque siguió hablando y me contó que, en la familia, se decía que Catalina estaba enamorada de un muchacho del pueblo llamado Juan Cruz, que desapareció más o menos por la misma época en que Catalina y Antonio embarcaron en el Valbanera .
—Tal vez la siguió a Cuba, pero nunca lo sabremos —añadió.
Esa posibilidad me resultó intrigante. Volví a examinar la fotografía que tenía entre las manos, tratando de leer la expresión de mi antepasada.
En una ocasión, asistí a una visita guiada en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York con una mujer especializada en enseñar a observar las obras de arte con atención a profesionales como médicos, periodistas o detectives.
La idea era que esa preparación los volviera más competentes en el desempeño de sus funciones, al detectar pistas en gestos, en la ropa o en expresiones faciales que otros podrían pasar por alto.
Intenté hacer lo mismo con la foto de mi bisabuela.
Aparentemente, lo único que se veía en ella era a una pareja con un bebé delante de un barco.
Pero luego, al observarla mejor, me fui fijando en que ella se inclinaba un poco hacia atrás, como si rechazara a su esposo de manera inconsciente.
Aunque tal vez me estaba dejando condicionar por lo que acababa de descubrir: que estaba enamorada de otra persona.
En cualquier caso, lo que de verdad estimuló mi imaginación fue el bebé. ¿Quién era ese bebé?
—¿Dónde nació este bebé? —le pregunté a Julián.
—¿Te refieres a Carmen?
Me limité a asentir.
—Aquí, por supuesto. Bueno, no aquí, sino en la casa familiar. Allí ya no vive nadie, pero sigue en pie.
—¿Dónde está?
—En una aldea llamada La Peña, en mitad de la nada.
—Y si quisiera encontrar el certificado de nacimiento de Carmen, ¿dónde tendría que ir?
—No estoy seguro, pero creo que aquí, que es donde está el Registro Civil.
¿Por qué? ¿En qué estás pensando? —Julián me miró por encima de las gafas con la misma expresión que llevaba viendo toda la vida, una que decía: «Oh, oh, se avecinan problemas».
Estaba tan acostumbrada que la mitad de las veces ni me daba cuenta, y, si lo hacía, me daba igual.
La opinión de los demás nunca había logrado detenerme.
Le aclaré a Julián por qué me parecía importante encontrar ese certificado. La principal razón era que, aunque yo no llegué a conocer a Catalina, sí conocí a su esposo, el hombre que había criado a mi madre en calidad de padre. Para mí era como mi abuelo, pero no se llamaba Antonio López.
—No tiene sentido —comentó él—. ¿Por qué hacer creer a todo el mundo que el bebé había nacido en Cuba?
Me encogí de hombros, aunque empezaba a sospechar que tal vez la causa tenía que ver con el hecho de ser inmigrantes.
Era una teoría un poco loca, pero quizá en algún momento a los inmigrantes les habían ido mejor las cosas haciéndose pasar por cubanos.
Sabía perfectamente que las cosas habrían sido mucho más fáciles para mí en Estados Unidos si hubiera podido hacerme pasar por nativa del país y haber borrado todas las huellas de mi acento cubano.
Veinte minutos más tarde, Julián y yo llegábamos a la misma oficina del Registro Civil que había visitado dos días atrás.
Esta vez veníamos con un nombre nuevo: Carmen López Quintana.
Teníamos incluso una fecha de nacimiento, ya que la abuela de Julián tenía un álbum familiar en el que iba anotando las fechas de los nacimientos, bautizos, bodas y defunciones.
La pequeña Carmen había nacido el 20 de abril de 1919, casi exactamente diecinueve años después de su madre.
No lograba entender qué conexión tenía ese bebé con mi abuela, cuyo nombre era Carmen Fernández Quintana.
¿Era la misma niña bajo distintos nombres?
El Valbanera ya no era un misterio para mí, pero mi abuela empezaba a convertirse en uno.
Me tentaba la idea de llamar a mi madre, pero la descarté.
No quería confundirla aún más. Prefería esperar a desentrañar la historia para poder llamarla con información concreta.
Julián entró para hablar con alguien que conocía y, media hora más tarde, me entregó un sobre. Dentro, doblado por la mitad, había una inmaculada hoja de papel que aún conservaba el calor de la fotocopiadora: el certificado de nacimiento de Carmen Inés de la Candelaria López Quintana.
—Y esto... ¿qué demuestra? —me preguntó.
—Todavía no lo sé —respondí mientras guardaba el sobre en el bolso con un desenfado que estaba lejos de sentir.