CATALINA
C ATALINA
Estaba ayudando a doña Emilia a poner la mesa cuando Ramón llegó a toda prisa, sin sombrero, sin aliento, y con el cuello almidonado de la guayabera blanca empapado en sudor.
—¿Os habéis enterado? —nos preguntó, sujetándose en el marco de la puerta.
—No, ¿de qué? ¿Qué ha pasado? —Doña Emilia, alarmada, estuvo a punto de soltar la fuente que llevaba a la mesa.
Catalina dio un paso atrás y estuvo al borde de esconderse de Ramón, por miedo a que lo que iba a decir le rompiera la vida en mil pedazos. Lo miró, tentada de pedirle que regresara al bar y la dejara en paz, a solas con sus miedos.
El pánico se había instalado en su corazón hacía días. Daba igual lo que se dijera tratando de tranquilizarse, permanecía allí. Había probado a rezar, a caminar por los campos o a dormir, pero lo único que le calmaba un poco la ansiedad era matarse a trabajar hasta que ya no se notaba los pies.
El amanecer la encontraba todas las mañanas sentada en una silla, esperando la llegada del sol para empezar con las tareas que la mantenían ocupada: ordeñar la vaca, dar de comer a las gallinas, recoger los huevos, preparar el desayuno, limpiar una casa ya inmaculada, matar una gallina, preparar la comida, lavar ropa en un barreño bajo los árboles y ponerla a secar, ocuparse de los animales, volver a barrer, cuidar del huerto, preparar la cena, lavar los platos, remendar la ropa vieja de Ramón y planchar la colada, incluso las sábanas y la ropa interior de doña Emilia. Y al día siguiente, vuelta a empezar.
Las noches eran lo peor. El miedo, puro e intacto como el primer día, acudía a la cita sin faltar ni una noche. Se le enroscaba alrededor del corazón como una enredadera y tiraba de ella hasta hundirla en un pozo tan profundo que temía no volver a ver la luz nunca más.
El miedo, sin embargo, era preferible al dolor. El miedo implicaba que aún había una rendija de esperanza, pero en el dolor no había más que oscuridad; una solitaria e implacable oscuridad.
El 20 de septiembre de 1919, el día en que Ramón les llevó la noticia de que el Valbanera no había llegado al puerto de La Habana, el miedo la abandonó para siempre y, en su lugar, se instaló un dolor punzante, como una herida en un rincón de su corazón.
Toda su vida seguiría siendo capaz de recordar ese momento con todos y cada uno de los detalles, incluso recordaba el sabor de la sangre que brotó al morderse el labio con todas sus fuerzas.
¿Cómo iba a sobrevivir su cuerpo a semejante herida?
¿Cómo vivir con un agujero en el corazón?
Hasta el día de su muerte, Catalina siempre se llevó la mano a ese punto en concreto del pecho para conectar con su angustia, como quien va a visitar a un viejo amigo.
Con el tiempo, se fue habituando al dolor, y en las raras ocasiones en las que se sentía alegre o tranquila y la congoja parecía disiparse, no tardaba en llamarla para que volviera, acariciando esa zona de su corazón para invocar el familiar tormento de la desesperación.
Solo cuando lo recobraba, se sentía completa.
Pero eso fue mucho después; ahora el dolor era reciente y le impedía respirar.
Ramón les contó que los vientos huracanados habían golpeado el barco y lo habían apartado lejos de Cuba como si fuera un juguete hasta hundirlo en las aguas poco profundas de los cayos de Florida.
Lo único que sobresalía del mar fue uno de los mástiles.
El resto del barco permanecía sumergido en el fondo arenoso del océano.
Después del naufragio, las autoridades estadounidenses habían enviado un barco de rescate, pero no se habían encontrado supervivientes, ni siquiera cadáveres.
Doña Emilia se santiguó antes de dirigirse de manera instintiva hacia Catalina, que seguía allí de pie, temblorosa.
—¿Dónde están los cuerpos? —quiso saber Catalina, a pesar de todo.
Ramón hizo una mueca de dolor y agachó la cabeza.
—¿Dónde? —insistió ella mientras buscaba en vano la mirada de Ramón.
Necesitaba saberlo. El dolor, a diferencia del miedo, era curioso, incluso morboso.
—Nadie lo sabe. Supongo que están en el fondo del mar, o más abajo todavía —respondió él al fin, mirándola a los ojos. Los de él estaban llenos de lágrimas; los de ella, completamente secos.
Catalina tardó unos segundos en procesar la enormidad de lo que acababa de escuchar.
Y entonces lo sintió: como un pellizco en el corazón, como si alguien hubiera colado la mano por su pecho y le hubiera clavado un puñal.
Se quedó sin aire en los pulmones y se le doblaron las rodillas, justo antes de perder el conocimiento al recordar las palabras de Juan: «Mi amor por ti es más alto que el cielo y más profundo que el océano».