MARA
M ARA
Me despertó el aroma del café y el piar de los pájaros enjaulados del patio.
Había usado como pijama una vieja camiseta que me había prestado Julián.
Era blanca, suave, y mostraba la imagen de un sol amarillo que asomaba como si estallara detrás de una montaña.
En gruesas letras rojas se leía BAR ALEGRE .
Era un poco excesiva, por lo que me cambié enseguida y me puse lo mismo que el día anterior.
Había lavado la ropa interior y el top, que se habían secado durante la noche.
No había nada como el calor del verano para que las prendas se secaran rápido.
—Buenos días —saludé al entrar en la cocina, donde Julián estaba preparando lo que parecían albóndigas, pero que en realidad eran bolas de gofio, lo que me transportó de inmediato a mi infancia en Cuba.
Allí las tomaba con leche y azúcar, pero Julián las había preparado con miel y almendra. Deliciosas.
Se volvió hacia mí y me sonrió con timidez.
—¿Te apetecen huevos?
—Claro. —Intenté mostrar seguridad, a pesar de estar en un entorno tan poco familiar.
—Personalmente, prefiero dejar los huevos para las comidas principales, pero ya se sabe que al otro lado del Atlántico tenéis costumbres muy raras —comentó mientras cascaba el huevo sobre la sartén con aceite hirviendo.
—Qué bonito día hace, ¿no?
Sí, intentaba cambiar de tema para que el ambiente fuera un poco menos incómodo. Veinticuatro horas atrás no sabía ni que este hombre existía, y hoy me despertaba en su casa tras haberme enterado de que era el primo segundo de mi madre.
—Bueno, ahora sí. Te has perdido la niebla; era espesa, pero ya ha aclarado.
Eché un vistazo al reloj. Eran las nueve, había dormido más de lo usual.
—Debía de estar muy cansada.
Julián se dio la vuelta con la sartén en una mano y una vieja espátula de madera en la otra.
Entre el delantal que le cubría la panza y las gafas que llevaba sobre el pecho colgando de un cordel rojo, tenía el aspecto de un chef español.
Con la naturalidad que da la práctica, retiró de la sartén dos huevos fritos al punto —con sus puntillitas doradas y la yema temblorosa— y los sirvió en el plato que tenía delante.
—Siéntate —me ordenó—. Come.
Sobre la mesa de madera de la cocina, sin mantel, había jamón, queso, una barra de pan —que me dijo que había preparado él mismo hacía un rato—, zumo de naranja recién exprimido y una humeante taza, donde me había servido el café con leche tal como me gustaba, cargado y con mucho azúcar.
Me senté y comí. Tenía hambre y todo estaba delicioso.
Julián se sentó frente a mí y desayunamos en silencio, mojando trozos de pan en la yema del huevo.
Me sentía satisfecha y descansada tras el sueño reparador, pero también sin rumbo.
¿Qué iba a hacer ahora? Solía fijarme al menos un objetivo al día: terminar un artículo, llamar a Nueva York, pagar facturas, hacer alguna compra...
pero hoy no tenía claro cuál era el siguiente paso.
—Quiero mostrarte algo. —Julián hizo deslizar un sobre por la mesa—. Quería enseñártela ayer, pero no me pareció un buen momento.
Sacó una foto del sobre, se acomodó las gafas de leer y le echó un vistazo antes de dejarla frente a mí. Alcé la mano hacia mis gafas, que solía llevar a modo de diadema, y me las coloqué sobre la nariz en un gesto familiar.
—Esta es Catalina, el día en que embarcó hacia Cuba.
A su espalda se ve el nombre del barco, ¿lo ves?
—Se sentó a mi lado y se inclinó hacia delante para señalar a una mujer alta, joven, pero de aspecto fiero—.
Él es Antonio López, su marido, y el bebé que lleva en brazos es su hija Carmen, que debía de tener cuatro o cinco meses cuando se fueron.
Eso es lo que siempre me contó la abuela Lucía, que tenía una memoria prodigiosa.
Apenas lo escuchaba, porque no podía apartar la vista del bebé.
¿Quién era? Se llamaba Carmen, como mi abuela, pero Mima siempre me dijo que su madre había nacido en Cuba.
De no ser así, me habría pedido el certificado de nacimiento de Carmen y no el de Catalina.
Habría sido más fácil conseguir la nacionalidad por el parentesco de la madre y no de la abuela.
Me levanté con tanta brusquedad que Julián me miró sorprendido.
—Esto no tiene ningún sentido.
—¿El qué?
En vez de responderle, le pregunté qué tenía previsto hacer esa mañana.
Con las manos llenas de platos sucios, Julián comentó que tenía una reunión en Santa Cruz con un proveedor de vino para el bar.
Lo seguí hasta el lavaplatos y lo ayudé a recoger.
Cuando me preguntó si quería acompañarlo, no lo dudé.
El día empezaba a tomar forma para mí, e incluía una llamada urgente a mi madre.
Entre otras cosas, pensaba en cómo iba a contarle que había encontrado una maravillosa puerta al pasado en esta isla.
Y en más de un sentido, porque acababa de desayunar gofio, después de mucho tiempo.
Mientras Julián se reunía con su proveedor, me dirigí a la galería en la que había visto la lista de gente que había muerto en el naufragio del Valbanera . Aunque un cartel anunciaba que la galería estaba cerrada, encontré la puerta entreabierta.
—¡Hola! —grité, pero nadie respondió.
Abrí la puerta lo justo para evitar llamar demasiado la atención, y entré en el local de nuevo, pero esta vez sin visitantes.
Sentí un escalofrío al ver las imágenes del barco en la pared.
Sola en la galería, estas me resultaron más amenazadoras de lo que recordaba.
Ya las había visto antes, claro, pero era la primera vez que las contemplaba siendo consciente de mi conexión con el Valbanera .
Ahora sabía que mi bisabuela había viajado en ese barco y que tal vez había muerto en él.
Negué con la cabeza, porque me parecía imposible.
Había visto a los descendientes de las dos hermanas Quintana, y el parecido con mi madre era asombroso.
Catalina había viajado en ese barco y, de alguna manera, había sobrevivido.
La pregunta era ¿cómo? Y la otra pregunta, más enigmática todavía, era ¿por qué no informó a su familia de que seguía con vida?
En la penumbra de la galería me dirigí a la pared del fondo, donde había visto su nombre y el de su esposo, Antonio, entre los muertos.
Reseguí con el dedo el cartel plastificado y encontré sus nombres; ahí seguían, como la primera vez que los vi.
Luego busqué el de Carmen Fernández Quintana, mi abuela, pero, tal como me imaginaba, su nombre no aparecía entre los fallecidos.
Luego probé con Carmen López Quintana, pero tampoco hubo suerte.
No habría tenido sentido, me dije. Sin Carmen, yo no tendría madre.
Al oír el taconeo de unos zapatos acercarse sobre las baldosas relucientes, me volví y me encontré frente a la mujer más alta que había visto nunca. Llevaba un vestido amarillo, que la envolvía como si fuera un tulipán, y unas gafas redondas con montura roja a juego con los zapatos.
La combinación del rojo y el amarillo me recordó a la bandera de España, lo que me hizo dirigirle una sonrisa un tanto condescendiente, pero ella me puso en mi sitio al presentarse como Gertrude Siller, la dueña de la galería, de origen alemán y comisaria de la exposición.
Aunque hablaba un español casi perfecto, nos pasamos al inglés cuando me di cuenta de que se sentía más cómoda así.
También me di cuenta enseguida de que a Gertrude no le hacía ninguna gracia que hubiera entrado en sus dominios.
—Está cerrado —me recordó mientras se subía las gafas con el dedo corazón de la mano izquierda, donde un gran anillo de oro y ónix le abrazaba el dedo como si fuera un implante—. ¿Cómo ha entrado?
Le dije la verdad, que la puerta estaba abierta.
Ella frunció el ceño, pero luego cambió de tono.
—Ya que está aquí, ¿en qué puedo ayudarla?
Le expliqué quién era y lo que estaba haciendo. Dejé caer que era reportera y, aunque le dije que la visita a la galería era personal y no formaba parte del reportaje, su actitud cambió como por arte de magia, como solía pasar en estos casos.
Me invitó a acompañarla a su despacho, que estaba en la primera planta, una salita pequeña y blanca, donde el único toque de color era la propia Gertrude.
El efecto chirriaba bastante, pero me recordó a una anécdota referida al escritor francés Guy de Maupassant, de quien se decía que comía cada día al pie de la torre Eiffel porque era el único sitio de París desde donde no se veía la torre.
Pensé que Gertrude debía de tener aversión a los colores.
—¿Podría ser que la lista estuviera equivocada? —Fui directa al grano porque, aunque los españoles tienen por costumbre intercambiar frases de cortesía al inicio de cualquier conversación, sabía que con los alemanes no era necesario.
—Por supuesto.
Ella enseguida entendió a qué lista me refería, y me dio una serie de detalles que hicieron que mi mente empezara a dar vueltas en un millón de direcciones a la vez.
Gertrude me contó que la lista había sido elaborada con el registro de billetes comprados con destino a La Habana, y que se contrastó con el archivo de aduanas en Cuba, pero admitió que ninguna de las dos fuentes era del todo fiable.
Como el Valbanera se hundió cerca de Cayo Hueso y no había llegado a La Habana, se dio por hecho que habían muerto los viajeros con billete a la capital, pero después se supo que en Santiago habían desembarcado más pasajeros de los previstos.
A menos que esos pasajeros hubieran notificado su supervivencia de manera oficial, habrían sido dados por muertos.
Hizo énfasis en que ninguno de los pasajeros que permanecieron a bordo del Valbanera después del 5 de septiembre había sobrevivido.
—Que se sepa —apostillé, aunque me arrepentí al instante.
A Gertrude le cambió la cara, molesta por mi interrupción, pero me dio la razón.
—Sí, que se sepa, pero no hay constancia de que el barco hiciera ninguna parada tras la de Santiago, ni de que nadie sobreviviera al naufragio.
Estaba claro que Catalina debió de desembarcar en Santiago, a pesar de tener billete para La Habana.
Pero ¿por qué? Y, lo que más me intrigaba, ¿por qué había cortado todos los lazos con su familia?
¿Por qué no les había hecho saber que estaba viva?
Por supuesto, Gertrude no tenía respuestas para eso, pero comentó que algunos pasajeros bajaron antes porque habían tenido una premonición o porque estaban hartos de estar a bordo, sufriendo mareos.
Me habló del caso de una niña que llamó la atención de la prensa, porque desde que embarcó en Barcelona no había parado de llorar y de avisar de que el barco se iba a hundir.
Al tocar tierra en Cuba, su familia hizo al fin caso de sus súplicas y desembarcaron en Santiago, lo que les salvó la vida.
No me habría sorprendido enterarme de que Catalina había tenido una premonición.
Al fin y al cabo, si la superstición se transmitía de generación en generación, eso explicaría mi fobia al agua, por qué evitaba a los gatos negros y nunca abría un paraguas dentro de casa ni ponía una caja encima de una cama.
Había tantas cosas que mi madre me había pedido que no hiciera para apaciguar a los dioses de la superstición, que era un milagro que pudiera volar en avión.
Luego, Gertrude comentó que, además, los polizones no aparecían en ninguna lista ni registro, ya que, técnicamente, no iban a bordo.
Lo mismo pasaba con los menores que no pagaban billete, que no figuraban en las listas de fallecidos a menos que alguien comunicara su defunción.
Algunas familias lo habían hecho; constaban niños entre los difuntos, pero Carmen no estaba entre ellos.
Tras pedirme que repitiera el nombre, Gertrude comentó:
—No, no he visto ese nombre en ninguna parte. En los archivos no aparece, estoy segura, pero si está dispuesta a denunciar su defunción, investigaré más a fondo.
Dije que no, por supuesto. Que yo supiera, Carmen había sobrevivido y era la madre de mi madre, aunque con un apellido distinto.
Debí de parecer un poco indispuesta cuando Gertrude terminó su explicación, porque se levantó y me ofreció un vaso de agua.
Solo entonces me di cuenta de que tenía la boca seca y de que me estaba aferrando con fuerza a los brazos de la silla de oficina de cuero blanco en la que estaba sentada.
Bebí con las manos temblorosas bajo la mirada enmarcada en rojo de Gertrude.
A pesar de todo, quería saber más, quería saberlo todo.
—¿Tiene documentación sobre el naufragio en sí?
—¿A qué se refiere?
—Quiero saber qué pasó.
—Ah, bueno. Como sabe, no hubo supervivientes, pero varios historiadores, meteorólogos y marineros expertos nos han ayudado a elaborar un relato sobre lo que pudo haber pasado.
—¿Dónde puedo encontrarlo? ¿Podría leerlo?
Ya no temblaba. Necesitaba leer ese relato.
—Puede, claro, pero también está en vídeo. Hicimos una recreación del naufragio, ideada por los expertos, aunque me gustaría enfatizar que no sabemos con certeza lo que...
—No importa —la interrumpí con cierta brusquedad—. Me gustaría verlo.
—De acuerdo. Está abajo, sígame.
Gertrude se levantó y yo la seguí hasta una sala rectangular equipada con bancos sin respaldo y una gran pantalla en la pared del fondo.
Ella apagó las luces y puso en marcha el vídeo con un mando a distancia.
Al instante, apareció la imagen de un mar enfurecido bajo un cielo encapotado.
Era tan real que, por un instante, creí que el agua iba a inundar la sala y di un paso atrás. Gertrude me puso el mando en las manos.
—Volveré dentro de veinte minutos —me informó.
Al cerrar la puerta a su espalda, me dejó a solas en la oscuridad frente a mi mayor miedo: el bramido del océano.