CATALINA
C ATALINA
Dos días después de que Ramón la encontrara, Catalina se instaló en una casita amarilla a las afueras de un pueblo costero en la provincia central de Cuba —llamada Las Villas—, que quedaba a mitad de camino entre Santiago y La Habana.
Ramón pensó que lo mejor sería que se alojara en casa de su tía, doña Emilia, mientras esperaba a que Juan y Carmen se reunieran con ella.
Discreta y curtida en las vicisitudes de la vida, doña Emilia era una viuda sin hijos que rondaba los cincuenta.
Se había casado con el tío de Ramón, Timoteo Fernández, a los quince años, prácticamente una niña, y él la había hecho venir desde Tenerife.
Tras veintisiete años de convivencia en armonía, enturbiada solo por la falta de un hijo, el caballo de Timoteo tropezó en una noche sin luna tras una larga jornada de trabajo en los campos.
Alguien encontró a Timoteo a la mañana siguiente, desnucado.
Tampoco se pudo hacer nada por el caballo, que tenía las patas destrozadas.
El hombre que los encontró mató al caballo de un disparo, subió el cuerpo de Timoteo a su yegua y regresó con él al pueblo.
Cuando Emilia lo vio acercarse desde la ventana de la cocina, supo al momento que el bulto que iba sobre la silla era su marido, y que estaba muerto.
Cerró la ventana, tratando de mantener las noticias fuera de casa, y se arrodilló a rezar, pidiendo un milagro.
Es probable que doña Emilia hubiera sucumbido a la tristeza si el destino no hubiera intervenido.
Poco después de la muerte de su marido, el sobrino de este, Ramón, llegó de La Palma, con un saco en la mano en el que llevaba dos pantalones y tres camisas.
Ramón, que tenía catorce años, se sintió desconsolado al enterarse de la muerte de su tío.
Tenía los bolsillos tan vacíos como el estómago, pero estaba ansioso por ponerse a trabajar y confiaba en que Cuba lo ayudara a triunfar en la vida.
Con solo echarle una mirada a los ojos, del mismo tono azul oscuro que los de su esposo, doña Emilia lo acogió en su casa sin dudarlo.
Así eran las cosas entre las familias que se recomponían a lado y lado del Atlántico.
Los padres perdían a sus hijos adolescentes, que emigraban atraídos por las posibilidades que ofrecía Cuba, y sus parientes, que se ponían en su lugar, los ayudaban a iniciar una vida de duro trabajo, mientras todos, en ambos archipiélagos, soñaban con reunirse bajo el mismo cielo.
Ramón encontró trabajo enseguida en una planta azucarera, pero siguió viviendo con Emilia hasta que pudo mudarse a su propia casa, un modesto bohío de madera y hojas de palma que construyó gracias a la ayuda de otros recién llegados.
Con el tiempo, consiguió trabajo en el bar de unos conocidos españoles, dejó la azucarera y se puso a barrer suelos, una tarea mucho menos agotadora.
La economía de la isla iba viento en popa y el dinero corría en abundancia, porque el precio del azúcar se había disparado durante la guerra.
Siempre hacían falta manos para recoger la caña.
Muchos de los que trabajaban en las haciendas eran «isleños» —así llamaban a los llegados de las Canarias—, jóvenes y fuertes como Ramón.
Aunque en el bar le pagaban una miseria, no era dado a quejarse.
Cuba era su futuro y, por muy pobre que fuera, nunca se le pasó por la cabeza volver a las Canarias, donde había conocido la pobreza, pero también el miedo.
El temor a Dios, a las vírgenes, a los santos y al mal de ojo, a la amenaza de los volcanes y de las tormentas de arena.
En Cuba, sin embargo, nadie parecía temer la ira de Dios.
La gente era feliz sin una razón clara para serlo.
Era una sensación contagiosa, y Ramón se sintió arrullado y protegido por el optimismo casi infantil de los cubanos.
Cuando llevó a Catalina a casa de su tía, doña Emilia reconoció la tristeza que envolvía a la joven y no le hizo preguntas.
Al contrario, dedicó sus energías a crear un espacio donde almacenar el dolor que parecía emanar de Catalina.
La ayudó a desprenderse del vestido malva, sucio y sudoroso tras llevarlo puesto durante varios días, y le preparó un baño en una tina con el agua casi hirviendo, para que se quitara de encima los olores del viaje y se le aligerara el alma.
La animó a comer los platos cubanos que había aprendido a cocinar —frijoles negros con arroz, costilla de cerdo y plátano macho frito—, pero Catalina no probó bocado.
Luego lo intentó con algunas recetas que recordaba de su infancia en Canarias, pero tampoco funcionó.
Catalina sobrevivía a base de leche, pan y agua.
Al principio, Ramón le dijo que el Valbanera llegaría a La Habana en cuestión de días. Se había enterado de que, por lo que fuera, más de setecientos pasajeros habían desembarcado en Santiago, pero todavía quedaban unos quinientos a bordo.
Catalina y Ramón permanecían pendientes de los horarios del tren y de los informes sobre el tiempo.
Sabían que un huracán había barrido la costa norte de La Habana, pero Ramón le aseguró que no debía preocuparse.
Al ser la isla más grande del Caribe y estar situada, como un centinela, a la entrada del golfo de México, Cuba se encontraba siempre a merced de las inclemencias del tiempo.
Los cubanos estaban acostumbrados a las lluvias torrenciales y a las inundaciones, le explicó Ramón, que le hizo notar que en eso se parecía bastante a La Palma, pero sin los vientos endemoniados ni las tormentas de arena que llegaban desde el desierto del Sáhara.
Lo que no sabían aún era que ese huracán en concreto causó más daños de los habituales.
Las olas impulsadas por el viento saltaron por encima del muro del famoso malecón de La Habana, y el agua había inundado las calles, y no solo las de primera línea, sino hasta seis manzanas hacia el interior.
Los periódicos publicaron fotografías de casas y monumentos que habían quedado anegados, y varios artículos sobre la evacuación de hogares en riesgo.
Las comunicaciones entre La Habana y el exterior estaban cortadas, lo que impedía que ellos se desplazaran hasta allí o que Juan viniera a buscarla, incluso en el caso de que el Valbanera hubiera logrado llegar a puerto antes de la tormenta.
Habían llegado noticias de barcos pequeños y no tan pequeños perdidos en el mar, pero Ramón le aseguró que entre ellos no había ninguno tan grande como el Valbanera , un trasatlántico cuyo tamaño le permitía capear todo tipo de temporales.
Además, le explicó que los barcos no podían inundarse porque ya estaban en el agua.
Se limitaban a cabecear hasta que el viento se calmaba y la nave podía reanudar su camino hasta el puerto.
Catalina no lo veía tan claro. No podía quitarse de la cabeza al capitán, mientras comentaba orgulloso durante una de sus cenas que aquel era su primer viaje a bordo del Valbanera y que nunca había estado al mando de una embarcación de ese tamaño, aunque no tenían que preocuparse por eso, había añadido con una sonrisa con la que pretendía tranquilizarlos.
En la intimidad del camarote, Catalina le había dicho a su marido que estaba muy preocupada por la inexperiencia del capitán, pero Antonio había rebatido sus miedos argumentando que una naviera como la de Pinillos no le confiaría uno de sus barcos a cualquiera.
Ansiaba creer en sus palabras, pero se empeñaba en recordar algo que sucedió cuando estaban a punto de zarpar del puerto de La Palma.
En el último momento, una de las anclas se quedó encallada en el fondo lodoso y no lograban que se soltara.
La cadena que la ataba al barco se rompió, y el Valbanera zarpó sin una de sus anclas.
Catalina incluso oyó a un miembro de la tripulación comentar que era un mal presagio.
También la atormentaba lo que Lucía le había contado el día en que hablaron sobre el viaje a Cuba: que el nombre de la Virgen estaba mal escrito.
Pero lo peor, sin duda, era el recuerdo de la niña que no dejaba de llorar, convencida de que el barco se iba a hundir.
Catalina se torturaba tratando de recordar cuándo fue la última vez que había abrazado o besado a su hija, pero no lo lograba.
Durante los últimos días a bordo había estado tan obsesionada con Juan y su absurdo plan de huida, que había descuidado a su hija y había dejado que María asumiera su papel de madre.
¿Por qué había permitido que Antonio la contratara?
Había delegado por completo su responsabilidad de madre en una mujer a la que apenas conocía.
Y cuantas más vueltas le daba, más se horrorizaba al pensar en sus actos.
Un día tuvo una idea. ¿Y si María, Antonio o Juan habían logrado desembarcar con Carmen en Santiago y estaban recorriendo las calles de la ciudad, buscándola?
Cabía la posibilidad, ya que Ramón había admitido que había llegado tarde a recogerlos.
No podían estar del todo seguros de que Juan no hubiera bajado del barco.
Además, aunque hubiera llegado a tiempo, podría haberse cruzado con María o con Antonio sin darse cuenta, porque no los conocía.
El terror y la esperanza la mantuvieron en vilo durante horas, hasta que pudo desahogarse con Ramón, quien le aseguró que ya había pensado en ello y había preguntado a varias personas antes de marcharse del puerto.
Nadie había visto ni a un hombre ni a una mujer solos con un bebé, y sus nombres no aparecían en el registro de la aduana.
Aunque eso no probaba nada, porque el de Catalina tampoco aparecía y, sin embargo, allí estaba.
No podía quitarse de encima la espantosa sensación de que su hija estaba en alguna parte, esperándola.
Catalina encendió velas y le rezó a la Virgen de la Candelaria, aunque no pudo encontrar ni una sola imagen suya en el pueblo al que Ramón la había llevado.
Decidió entonces encenderle una vela a la advocación de la Virgen venerada por los cubanos, Nuestra Señora de la Caridad, que según se decía había salvado a tres hombres llamados Juan de una tormenta que se había desatado en una bahía en la misma provincia en que había visto por última vez al Valbanera .
Catalina pensó que, si era cierto que tenía el poder de eludir las tormentas en el mar, no había nadie mejor a quien pedirle ayuda.
Cada día acompañaba a doña Emilia a la iglesia y, de rodillas, confesaba sus pecados.
Quería purificarse por su hija, para ser digna de ella.
Pero lo que deseaba por encima de todo era recuperarla.
Quería regresar a su vida de siempre y estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta, incluso a renunciar a Juan para siempre.
Su amor por él le parecía ahora infantil, peligroso, impulsivo.
¿Cómo había podido poner en peligro la vida de su hija después de haber jurado ante Dios que le sería fiel a su esposo toda la vida?
Solo había un modo de interpretar lo que había pasado: Dios la había castigado.
Y, sin embargo, Catalina seguía rogando y suplicando una segunda oportunidad.
A veces, si cerraba los ojos, casi lograba imaginarse que su familia seguía intacta y que estaba de vuelta en casa, con ellos.
Pero nada allí le recordaba a su hogar. El aire de aquellos parajes olía a hierba y a estiércol recocido por el sol implacable, con un toque de algo parecido a las lilas que provenía de las flores silvestres que salpicaban el campo que había detrás de la casa.
Las ráfagas de viento del huracán que aún soplaba en algún lugar no muy lejano llevaban hasta allí el olor del océano, salado y ligeramente pútrido por todos los peces muertos que los pescadores habían descartado.
Catalina añoraba terriblemente a su familia.
Añoraba los árboles, el jardín y la gran Roca que se cernía sobre todo lo demás.
Solía pensar que la Roca los encerraba y limitaba; ahora se daba cuenta de que lo que hacía era anclarlos en el lugar.
Ansiaba recuperar el orden y la seguridad de conocer el territorio, de saberse parte de él, de conocer los códigos no escritos de la cultura, el significado de una mirada, una seña, un silbido.
En Cuba, la comida le resultaba sosa, las flores parecían no tener color y las estrellas...
¡Cómo añoraba las estrellas de La Palma!
En casa, las estrellas parecían estar tan cerca que uno tenía la tentación de ponerse de puntillas, alargar la mano y tocarlas.
Todo parecía posible en un lugar donde las estrellas estaban al alcance de la mano.
Aquí, en cambio, parecían estar muy lejos, y su brillo era apagado.
Pensó en escribirles una carta a su madre y a sus hermanas, pero ¿qué iba a decirles?
¿Cómo explicarles que había llegado a Cuba sin su hija?
Su madre no lo entendería y, sin duda, no podría perdonarla.
Aun así, sin poder reprimirse, durante las tardes en las que no había nada que hacer en casa de doña Emilia, se sentaba a la mesa del comedor y le escribía largas cartas a su madre, en las que describía los detalles del día a día, sus remordimientos y la esperanza de un futuro en el que pudiera regresar a casa; una nueva vida con ellos y con Carmen, pero sin Antonio ni Juan.
Lo único que necesitaba, se dijo, era a su hija.
A su hija y a su familia. Pero nunca envió las cartas.
En cuanto acababa de escribirlas, salía al patio, las tiraba a un hoyo detrás de la casa, les prendía fuego y se aseguraba de que ninguno de sus desesperados pensamientos escapara a la furia de las llamas.