La memoria de las olas MARA #3
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MARA #3

Llevaba varias horas sentada junto a Julián, mientras él iba llamando a parientes que tenían nombres tan entrañables como Cachita, Chucha y Coca y que, como por arte de magia, iban apareciendo con niños en brazos o acompañando a ancianos que caminaban con ayuda de un bastón.

Todos decían ser parientes míos, lo que me emocionaba y me confundía a partes iguales, aunque, juntando fragmentos de la información que no dejaba de llegarme por todas partes al mismo tiempo, empezaba a hacerme una idea del tronco central del ramificado árbol familiar.

Esa gloriosa tarde descubrí que Catalina había sido la mayor de tres hermanas.

Todo el mundo creía que había muerto durante su viaje a Cuba, junto con su esposo Antonio y su única hija, la pequeña Carmen.

Lo que no era cierto, como demostraba mi presencia allí.

Las otras dos hermanas habían compensado la manía de la rama de Catalina de tener un solo hijo por generación.

Simona había tenido seis hijos, y Lucía, la menor, tuvo nueve.

Y uno de esos nueve fue Clara Martínez, la madre de Julián, dueño del Bar Alegre.

Lucía había sobrevivido a sus hermanas y, por desgracia, también a dos de sus hijos.

Las Quintanas, como las llamaban en el pueblo, habían sido admiradas por su longevidad, su belleza, su chispa y, por supuesto, por sus melenas pelirrojas.

Les mostré fotos de mi parte de la familia, mucho menos numerosa: mi madre, Lila; mi hijo, Dylan, y una foto en blanco y negro de mi Nelson, dos días antes de su muerte.

Guardaron silencio ante la foto de Nelson y cambiaron de tema.

Comentaron que el parecido familiar de mi rama de la familia era muy evidente, me felicitaron por tener un hijo tan guapo y trataron de que la conversación fluyera, pero me di cuenta de que les costaba entender cómo podía vivir en un mundo con tan poco contacto familiar.

Les chocaba que viviera tan lejos de mi madre y de mi ciudad natal.

Se mostraron intrigados al saber que no hablaba con mi hijo todos los días y que ni siquiera sabía dónde se encontraba en aquel momento, porque había zarpado ya de Nueva York para su adiestramiento en la Marina.

Su idea de Cuba era tan romántica como anticuada.

Soñaban con visitar la isla, pero nunca habían encontrado el momento adecuado.

Al parecer siempre tenían algún evento al que acudir —bodas, bautizos, graduaciones, cumpleaños, aniversarios o fiestas navideñas—, lo que les impedía planificar el viaje.

Además, ninguno de ellos quería ir solo.

O iban todos, o no iba nadie. Me imaginé a la familia al completo a bordo de un crucero con destino a Cuba, y me dije que no querría perdérmelo por nada del mundo.

Me encantaría ver sus caras cada vez que una nube de moscas los asaltara en un restaurante al aire libre, o cuando no pudieran tomar vino por culpa de la escasez.

Pero entonces me di cuenta de que nunca se quedarían sin vino, ya que viajarían como turistas.

¿Osarían las moscas molestar a los turistas? No estaba segura.

Traté de concentrarme en el presente al percatarme de que mi mente empezaba a divagar.

Ya era de noche y estaba cansada. No me veía capaz de saludar a un nuevo familiar ni de brindar de nuevo por los reencuentros.

Esta familia era demasiado entusiasta para mí.

Necesitaba paz para poder ordenar las ideas y asimilar lo que había pasado.

Habían cambiado muchas cosas en pocas horas, teniendo en cuenta que el día había empezado como todos, con un desayuno a base de huevos, pan con mermelada y un zumo de naranja en casa de Gladys y Claude, en lo que ahora me parecía una mañana muy lejana, en otro mundo y en otra vida.

Como si hubiera notado mi incomodidad, Julián miró la hora en su reloj de pulsera y anunció que era el momento de marcharse.

Sin más, sin disculpas ni excusas. «Venga, todos a casa —es lo que vino a decir—.

Ella está cansada y yo también. Tengo un negocio del que ocuparme, venga, venga...

». Todo el mundo se fue, sin entretenerse ni protestar ni molestarse.

Sentí un alivio inmediato.

—¿Dónde te alojas? —Julián rompió el silencio que de repente se había adueñado del bar.

La verdad era que no tenía dónde dormir. Mi plan inicial había sido volver a Santa Cruz, por lo que no llevaba nada encima, aparte del bolso y las gafas de sol.

—Pues no se hable más —siguió diciendo—. Te quedas a dormir aquí; en la parte de atrás tenemos espacio.

—¿Tenemos?

No sé por qué se lo pregunté de un modo tan directo. Parecía como si le estuviera sonsacando información personal, pero acababa de comprobar que los Quintana eran muchos de familia; podía referirse a cualquiera.

—Es un modo de hablar. Vivo solo... con los pájaros —me aclaró con una sonrisa cómplice.

Podría haber aprovechado el momento para obtener más información, pero lo único que me apetecía era darme una ducha y acostarme en una cama limpia.

—En ese caso, gracias. Acepto la invitación.

Menos mal que siempre llevaba ibuprofeno y un cepillo de dientes en el bolso. Con mi trabajo, una nunca sabía dónde acabaría pasando la noche.

Cuando al fin cerré los ojos para dormir, me asaltó un pensamiento: ¿cómo era posible que esa familia conociera la existencia de Carmen? Estaba segura de que mi abuela había nacido en Cuba. Confusa y agotada, decidí no darle más vueltas al tema hasta el día siguiente.