La memoria de las olas MARA #2
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MARA #2

Una anciana diminuta, que parecía tan vetusta como las paredes de la iglesia. Llevaba una mantilla negra sobre los hombros encorvados y levantaba la cabeza con cierta dificultad para mirarme, pero se mantenía firme a la espera de una respuesta.

—Sí, estoy segura de que podrá —respondí en español con una sonrisa, agradeciendo que mis padres se aseguraran de que no olvidara mi lengua materna.

Le dije que estaba buscando a alguien que estuviera emparentado con Catalina Quintana Cabazas.

La anciana se lo quedó pensando durante unos segundos.

—No conozco a nadie que se llame así.

Cuando solté el aire, fui consciente de que había estado conteniendo la respiración sin darme cuenta.

—Pero los Quintana —siguió diciendo— son muy conocidos por aquí. Son un clan muy numeroso. Sé que hubo tres hermanas, hace años, pero yo solo conocí a una de las tres, que murió hará unos diez años más o menos, no estoy segura...

Con la mirada perdida, dejó de hablar.

—¿Y dónde están? —insistí impaciente.

—¿Quiénes? —La mujer pareció sorprendida por mi pregunta.

—Los Quintana. Me ha dicho que eran una familia con muchos miembros.

—Ah, sí, disculpe. Uno de ellos, un hijo o un nieto, tiene un bar por aquí cerca. Bar Alegre o Alegría, algo así. Está al volver la esquina. El dueño se llama Julián. No tiene pérdida... ni él ni el bar.

Volvió a quedarse en silencio, pero ya me había aportado bastante información, así que le di las gracias varias veces y me dirigí a la salida. Desde la puerta me volví hacia ella y vi que se había arrodillado ante el altar, con la cabeza inclinada.

Ya en el exterior, el resplandor me resultó difícil de soportar. Los bancos del parque, hechos de hormigón, parecían desprender el calor del sol. Era la hora en que la gente se iba a casa a comer y a hacer la siesta. Si tenía suerte, el bar estaría abierto para ofrecer comidas.

Busqué en Google «Bar Alegre» y ahí estaba, a menos de cien metros a mi derecha, justo al volver la esquina, tal como me había dicho la anciana.

Poco después me encontraba frente a un bar de aspecto anticuado pero entrañable.

Empujé la puerta de madera y entré en un lugar que parecía hacer honor a su nombre.

Las coloridas baldosas del suelo me recordaban a las de Cuba, y las paredes, pintadas de rojo y amarillo, estaban llenas de fotos de gente feliz que bailaba, se abrazaba o las dos cosas a la vez.

Más de la mitad eran pelirrojos, tenían pecas y los ojos claros.

Era evidente que estaban todos emparentados.

Estaba segura de haber llegado al lugar correcto, pero no había nadie.

Al fondo vi una puerta que llevaba a un patio y me dirigí hacia allí.

En el centro del patio había un viejo árbol de tronco grueso, rodeado de macetas y flores.

Docenas de pájaros enjaulados parecían charlar unos con otros y, en una esquina, una fuente añadía el toque final a lo que parecía ser el paraíso personal de alguien muy feliz.

Oí una voz detrás de una puerta, pero me pareció que se trataba de una conversación telefónica privada, así que me di la vuelta y volví sobre mis pasos, avergonzada por haber entrado en lo que, ahora me daba cuenta, era una vivienda privada.

Justo en ese momento, una puerta se abrió a mi espalda y una fuerte voz masculina me preguntó:

—¿Quién eres?

«¿Quién eres?». Qué pregunta tan interesante y difícil de responder. Sin embargo, conocía lo suficiente la idiosincrasia española para saber que lo que buscaba con esa pregunta tan franca y directa era saber qué quería y qué estaba haciendo en su patio.

Al volverme, me sorprendió comprobar que su expresión no era brusca ni agresiva. Tenía curiosidad y estaba tan intrigado por mi presencia en su patio como yo por la suya.

—Estoy buscando a Julián —le dije, aunque estaba segura de que ya lo había encontrado.

Él dio dos largas zancadas hacia mí, con la mirada clavada en mi rostro.

Al verlo con más claridad, me fijé en que era alto y fuerte, pero no tenía músculos de esos ganados en el gimnasio, sino de los que se obtienen trabajando duro en el campo o, sin duda, en otra actividad manual.

Llevaba una camiseta de manga corta, de algodón color azul cielo, y unos pantalones cortos blancos.

Se notaba que, en otro tiempo, había tenido el pelo castaño y ondulado, aunque en ese momento la frente le empezaba a clarear y las canas eran abundantes.

Mantenía algunos rizos rebeldes en la zona de las orejas y la nuca y debía de tener abundante pelo en el pecho, porque varios mechones asomaban por debajo del cuello de la camiseta, imposibles de contener.

Una profunda arruga vertical le partía la mejilla en dos cuando sonreía, y tenía los ojos rodeados de una madeja de arruguitas que lo hacían parecer mayor de lo que era.

Por su modo de caminar y el brillo de sus ojos, no debía de llegar a los cincuenta y cinco.

—Si fueras pelirroja, podrías pasar por una de mis primas —comentó al ofrecerme la mano—. Soy Julián Martínez.

No soy de las que tienen siempre una respuesta ingeniosa a punto, pero, por alguna razón, estaba preparada para Julián.

—La pelirroja es mi madre, pero creo que somos primos.

La última vez que me sentí tan alegre y abrumada fue el día de mi boda, y de eso hace ya mucho tiempo o, como a mi hijo le gusta especificar, fue «el siglo pasado».

Lo que no deja de ser cierto, porque Nelson y yo nos casamos en mayo de 1987, pocos días después de graduarnos juntos en la Universidad de Miami.

La diferencia era que nuestra boda había sido un acontecimiento deseado y preparado en detalle, con tiempo, por lo que era normal que me sintiera eufórica.

Esto, en cambio, era muy distinto: una sorpresa absoluta, fruto de una búsqueda que había emprendido a regañadientes para hacer feliz a mi madre.

¿Quién podía imaginarse que las cosas acabarían así?

Rodeada por una familia cada vez más abundante en un bar que celebraba la felicidad con su nombre, en un pueblo que casi nadie sería capaz de situar en un mapa y que yo, desde luego, desconocía antes de conseguir el certificado de nacimiento de mi bisabuela.