La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Al salir de la galería, me golpeó el frío de la noche.

No sabía hacia dónde debía dirigirme, pero me puse a andar rápido y sin rumbo fijo para distanciarme un poco de lo que acababa de descubrir y poder pensar con claridad.

Era evidente que mi bisabuela no había muerto en el Valbanera o yo no estaría aquí, persiguiendo su fantasma.

Pero entonces, ¿por qué aparecía su nombre en la lista de fallecidos?

Y no solo su nombre, sino también el de su esposo.

¿Quién sería ese hombre con quien se había casado antes de dejar La Palma?

Esto ya no se trataba de conseguir un certificado de nacimiento.

El documento ya lo tenía, pero ¿seguro que era el correcto?

¿Sería posible que hubiera dos personas con el mismo nombre nacidas en el mismo año?

Tal vez sí. El día y el año coincidían, pero el mes no.

Podía deberse a un retraso a la hora de inscribir al bebé, ya que, tal como me había recordado el amable funcionario, antes era normal inscribirlos con retraso.

Lo que no parecía tan normal era que hubiera dos Catalinas Quintana Cabazas en una isla tan pequeña.

Solo había una manera de descubrirlo y, por desgracia, no era con una búsqueda en Google.

Eso ya lo había probado sin obtener resultados.

Tenía que quedarme en la isla y seguir el hilo de esta historia para ver hasta dónde me llevaba.

Había empezado a tirar del ovillo casi por casualidad, pero ahora no podía parar.

Necesitaba seguir tirando de él con fuerza y decisión.

Entré en un bar, pedí una copa de vino de la casa y llamé a Felicia Garrison, la editora de la sección de viajes del periódico en Nueva York. Había escrito artículos para ella sobre varias ciudades europeas, por lo que confiaba en que recordara mi nombre.

Respondió al primer tono de llamada, a pesar de la hora.

Venderle una idea a una editora de viajes es más difícil de lo que parece.

Cuando le dije que quería escribir un reportaje sobre las islas Canarias, me dijo que ya habían publicado uno, sobre Tenerife en concreto.

Yo ya lo sabía, porque lo había leído mientras me documentaba para el viaje.

Empleando todo mi tacto, le recordé que había otras islas aparte de Tenerife y que el reportaje que mencionaba había sido publicado hacía cinco años.

Era un buen momento para un nuevo artículo.

Felicia accedió a publicar un artículo completo además de una columna lateral en la web, pero no de inmediato, ya que en aquellos momentos iba sobrada de reportajes.

«¿Dentro de dos meses?», le pregunté tímidamente, a lo que ella respondió: «Que sean tres».

Me dijo que me pagarían tres mil dólares más los gastos, lo que era una gran noticia, pero no el motivo que me había impulsado a proponerle el reportaje.

El auténtico motivo era que, ahora que tenía un objetivo que justificaba mi estancia en La Palma, ya no sentía que estaba persiguiendo fantasmas.

A partir de ese momento, estaría trabajando.

A la mañana siguiente me desperté braceando en la cama, como si tratara de huir nadando del colchón.

Tenía un nudo en la garganta y mal sabor de boca, como si me hubiera bebido una botella de vino barato entera antes de acostarme.

Miré qué hora era y apenas pasaban cinco minutos de las ocho.

Permanecí tumbada en la cama, alisándome la camiseta con la que me había acostado y tratando de respirar hondo para librarme de la ansiedad que me había causado la pesadilla, que en realidad no era tal, sino un recuerdo reprimido que regresaba a mí para torturarme.

Llevo años tratando de no pensar en la última vez que nadé en el mar y, en general, lo logro. No se lo he contado a mi hijo; todavía no. Siempre he pensado que ya ha heredado bastantes de mis traumas, ¿para qué añadirle otro trauma ajeno? Aunque, de un modo u otro, supongo que este le pertenece.

Aprendí a nadar tarde, casi de adulta. De hecho, fue Nelson quien me enseñó.

Al conocerlo, me sentí avergonzada de no poder meterme en el agua con él y disfrutar de la playa como las chicas de mi edad hacían con sus novios.

Nelson fue un maestro cariñoso y paciente.

Consciente de que yo no aceptaría aprender a nadar delante de otras personas, se levantaba al alba y me arrastraba a la playa a una hora en que solo las personas muy mayores nadan en Miami Beach.

Cuando ya me sentí lo bastante segura, empecé a frecuentar la playa sola, pero nunca me libré del miedo a las aguas profundas.

Siempre nadaba en paralelo a la orilla, por donde podía apoyar los pies con seguridad en el fondo arenoso.

Pero aquella mañana había estado nadando sola cerca de un banco de arena mientras Nelson iba al coche a buscar la neverita con los sándwiches que habíamos preparado.

Estaba embarazada de nueve meses y tenía hambre todo el tiempo.

Al llegar al final del banco de arena, perdí pie, de manera literal.

Logré salir a la superficie, llorando y desorientada, hasta que tomé el sol como punto de referencia; sabía que el sol se ponía por detrás de los árboles de la orilla.

No me atrevía a nadar a braza, por lo que me di la vuelta y nadé de espaldas, pataleando con furia hasta que toqué tierra con los dedos.

Permanecí en la orilla como una ballena varada, con mi diminuto bikini negro y el agua deslizándose por mi gigantesco y reluciente vientre hasta que Nelson me encontró.

No sé cuánto tiempo había pasado, pero fue suficiente para enfriarme y para que la nariz se me taponara de tanto llorar.

—No pienso volver a bañarme en el mar nunca más —le aseguré, entre sollozos, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo lleno de arena.

Al llegar a casa esa noche, sentí las primeras contracciones.

Nuestro hijo nació al día siguiente. Nelson propuso que se llamara Neptuno, porque había llegado al mundo gracias al poder del agua.

Me negué, pero estuve de acuerdo en ponerle un nombre relacionado con el mar, igual que hicieron mis padres conmigo.

Mi madre quería llamarme Mar, pero mi padre no estaba convencido y, al final, acabaron acordando añadir una «A» al final.

Nelson y yo también negociamos antes de decidirnos por Dylan, que significa «hijo del mar» o «nacido del océano» en gaélico.

En aquel momento, no teníamos ni idea de que nuestro hijo se alistaría en la Marina algún día.

Dylan se sumergió por primera vez en una piscina a los siete meses y aprendió a nadar antes que a hablar.

Compitió en campeonatos de natación hasta que se marchó a la universidad.

Tras la muerte de Nelson, fui yo la encargada de llevarlo a los entrenos y a las competiciones, y aunque lo que me pedía el cuerpo era cerrar los ojos para no ver cómo se lanzaba a la piscina desde el trampolín más alto, no podía hacerlo, porque él siempre me miraba en el último segundo antes de saltar y me sonreía.

Y yo tenía que devolverle la sonrisa, por supuesto.

El olor a café que llegaba desde el jardín me devolvió al presente y me ayudó a despejarme. Era hora de ponerme en marcha; tenía grandes planes para ese día y ni un solo minuto que perder.

Tras disfrutar de otro delicioso desayuno, alquilé un coche.

Pronto dejé la ciudad atrás e inicié lo que parecía un viaje en una montaña rusa por una carretera de curvas cerradas que ascendía por montañas casi infinitas.

Treinta y cinco minutos más tarde, me encontraba en la pintoresca plaza de un pueblecito llamado El Paso.

Si el certificado de nacimiento no me engañaba, aquí era donde debía iniciar la búsqueda.

Desde el centro de la plaza, miré a mi alrededor, tratando de situarme.

Había una iglesia —siempre hay una iglesia— en lo alto de una rampa, y un edificio de aspecto oficial, donde debían de llevarse a cabo labores administrativas.

También había varias casas antiguas de aspecto lujoso que habían sido restauradas con mucho gusto, y varias tiendas.

Todo estaba muy tranquilo. Si hubiera venido con la intención de escribir un reportaje, iría a la iglesia y preguntaría.

Pero ¿preguntar qué? Supongo que podría indagar si alguien conocía a la familia Quintana.

Aunque Catalina Quintana había vivido aquí más de un siglo atrás, sabía que la relación con el tiempo era distinta en Europa.

La gente vivía en casas que tenían cientos de años y dejaba pastar al ganado en campos salpicados de ruinas romanas.

Seguro que alguien en la iglesia conocía a alguien que conocía a alguien más; por alguna parte tenía que empezar.

Al otro lado de la calle, me llamó la atención un edificio de dos plantas, cuyas paredes estaban decoradas con preciosas ilustraciones de gusanos de seda y grandes hojas verdes.

¡Sin duda se trataba del Museo de la Seda que se mencionaba en la guía!

Eché un vistazo rápido, pero estaba cerrado.

Mejor así, porque estaba ansiosa por entrar en la iglesia.

El interior me pareció oscuro como la noche, hasta que mis ojos se acostumbraron al contraste entre el resplandor de la calle y el ambiente recogido de la iglesia, que olía a humedad, a incienso y a lirios de agua.

Me dirigí al altar, pequeño, sencillo, cubierto por un paño de atril blanco.

Tras él, en la pared, dentro de una capillita de color rojo sangre, una imagen de la Virgen brillaba, dorada y bonita.

El interior de la iglesia parecía muy antiguo, más que la fachada, que se notaba renovada y pintada de un tono blanco roto, muy elegante.

La luz entraba por una única vidriera, pequeña y modesta, situada a la derecha, que creaba arroyuelos de color rosa y magenta en los gastados escalones que llevaban al altar.

Una voz aguda y trémula me sobresaltó.

—¿Puedo ayudarla en algo?