CATALINA #3
Catalina dio un paso hacia atrás al sentir un vahído, pero Ramón se dio cuenta y le dio la mano para ayudarla mientras hablaba a toda velocidad, aunque Catalina apenas podía oírlo.
—No, pero escucha, por favor... Lo voy a tener pronto, te lo prometo. Le he pedido a mi tía que me haga un giro postal. Debería llegarme esta tarde. Le he enviado un mensaje esta mañana desde la oficina de correos. Solo hemos de tener un poco de paciencia.
«Paciencia». Catalina retuvo esa palabra. No sabía si iba a ser capaz de ser paciente, pero podía intentarlo. Al menos le quedaba algo a lo que aferrarse: la esperanza.
Los dos pasaron el día caminando sin rumbo por las sucias calles de Santiago.
Ramón intentaba distraerla, pero Catalina no mostraba ningún interés.
Mantenía la mirada fija en la distancia, en el verde exuberante de las montañas que le recordaban a su hogar, a todo lo que había dejado atrás y a los giros equivocados que había dado su vida en los últimos tiempos.
Se sentía cansada y mareada, como si siguiera a bordo del barco.
Sus pensamientos iban de un escenario a otro.
Se imaginaba que Juan encontraba a Antonio y le arrebataba al bebé.
Pero, entonces, ¿por qué no había llegado a desembarcar?
Pensó que tal vez el barco había zarpado antes de que él pudiera cruzar la pasarela.
Si ese había sido el caso, ¿qué habría pasado después entre los dos hombres?
¿Se habría vuelto a esconder Juan? ¿Lo habría perseguido Antonio, pistola en mano?
Al acordarse del arma, Catalina se dobló por la cintura, presa de las náuseas, pero como tenía el estómago vacío solo pudo vomitar bilis.
—Tenemos que parar a comer algo. Tienes que meter algo en ese estómago o te pondrás peor —insistió Ramón con amabilidad, mientras la ayudaba a cruzar la calle en dirección a un hotel pintado de un blanco luminoso, con un restaurante en el vestíbulo.
Al entrar en la Casa Granda, el interior oscuro y la decoración a base de maderas pulidas y candelabros en el techo le recordaron al barco, por lo que Catalina se echó a llorar y no paró hasta que el metre se acercó y les pidió que se marcharan.
Abatidos, se sentaron a la sombra de una marquesina hasta que los sollozos amainaron.
Ramón, que no sabía cómo ayudarla, se limitó a darle palmaditas en la espalda, como si fuera una niña.
A las cuatro en punto de la tarde se dirigieron a la oficina de correos.
Ramón entró mientras Catalina esperaba en un parque cercano, bajo el árbol más majestuoso que había visto nunca.
Más adelante, descubriría que se llamaba ceiba y que en Cuba se consideraba un árbol sagrado.
Estaba prohibido talarlos, y por eso la base del tronco era tan grande como una casa.
A sus pies, Catalina se sintió protegida.
Cuando estaba empezando a respirar con más facilidad, Ramón se acercó a ella con expresión preocupada.
—¿No has conseguido el dinero? —Catalina contuvo el aliento.
—Sí, sí, el dinero lo tengo, pero hay noticias alarmantes... —respondió él mientras examinaba el cielo. El sol se estaba escondiendo tras las nubes de tormenta que crecían sobre sus cabezas y creaban un halo dorado que lo bañaba todo en una extraña luz amarillenta.
—¿Qué pasa?
Hasta ese momento, Catalina no se había dado cuenta de que la gente se iba corriendo del parque, se metía en sus casas o comercios y cerraba puertas y ventanas.
—Se acerca un huracán.
—¿Aquí?
Ramón asintió con la cabeza al tiempo que hacía un sonido con la garganta, con la boca cerrada, que a ella le molestaba mucho, pero que significaba que sí. Un huracán se cernía sobre ellos.
Recordó el barco que navegaba hacia La Habana.
No sabía a qué distancia quedaba la capital, pero tenía claro que no estaba cerca.
Ella quería viajar hasta allí y esperar a Juan en el puerto, aunque tal vez debería seguir las instrucciones que el propio Juan le había dado cuando le dijo que, en caso de que se separaran por alguna razón, debía buscar a Ramón y ponerse en sus manos.
También le había asegurado que él encontraría la manera de regresar con Carmen, y Catalina quería creer, necesitaba creer, que él le devolvería a su hija.
No sabía cómo iba a lograrlo, pero Juan nunca le había fallado.
Miró a Ramón, que aguardaba frente a ella en silencio.
—Pues esperaremos —le dijo—. Juan nos encontrará.
Justo en ese momento, una gran gota de agua le cayó en el hombro, y Catalina tuvo la sensación de que una rana había caído sobre ella, húmeda y sólida. Alarmada, miró hacia el cielo. El sol había desaparecido por completo detrás de los oscuros nubarrones. Cayó otra gota, y luego otra...
—Será mejor que corramos. —Ramón la agarró del brazo.
Catalina apartó la cara para que él no se diera cuenta del miedo que sentía. Se persignó y salió corriendo con él bajo la tormenta. A su espalda, la lluvia que caía a cántaros formó lo que parecían cortinas impenetrables que se desprendían de las ramas del gigantesco árbol.