CATALINA #2
Pero Catalina no le había hecho caso y había perdido el control de lo que le pasaba por la cabeza.
No fue hasta que vio a su hija, la tomó en brazos y ella extendió la manita sobre su pecho, que el corazón le dio un brinco de emoción.
Cuando abrió la boca para pronunciar el nombre de su hija por primera vez y prometió amarla y protegerla, su corazón se había inundado de un amor tan profundo que a veces le dolía.
En esas ocasiones, Catalina tenía que sujetarse el pecho, tragar saliva y susurrarle a su corazón desbocado que regresara a su ritmo normal, porque tenía la sensación de que iba a escapársele por la boca, como si fuera un simple sollozo.
Un poco más calmada, paseó la vista por la sencilla habitación del hotel, que casi no tenía muebles.
Las paredes estaban pintadas de color verde aguacate.
Había un aguamanil con un espejo y una palangana de porcelana; una mesita junto a una silla de madera y varios ganchos en la pared de los que colgar la ropa o el sombrero.
En la pared de enfrente de la cama había un cuadro del Sagrado Corazón, en el que Jesús se señalaba el corazón rodeado de llamas y espinas en el centro del pecho.
Así era como se sentía ella: con el corazón herido que le abrasaba el pecho, pero, al mismo tiempo, protegida por una inexplicable sensación de esperanza.
En ese instante le hizo una promesa a Dios: «Por favor, devuélveme a mi hija y tendré siempre una imagen tuya en mi hogar, no importa adónde me lleve la vida.
Te honraré con flores y velas y con mi gratitud eterna».
No esperaba respuesta, ya que sabía que los milagros —de producirse— no siempre se manifestaban al instante. Lo único que oyó fue el sonido de Ramón desperezándose en el suelo, mientras se protegía los ojos de un tímido rayo de sol que se filtraba por las rendijas de la persiana.
Despertarse juntos fue una experiencia incómoda para ambos, pero Catalina ya no estaba para formalidades. Tenía una misión que cumplir, y Ramón era la única persona que conocía en aquella isla. No tenía dinero ni equipaje, y tampoco zapatos; no tenía más que el vestido que llevaba puesto.
—Buenos días —lo saludó.
Ramón le devolvió el saludo, murmurando y con la cabeza baja. Ella estaba sentada en el borde de la cama, como una muñeca rota. Él se lavó la cara y se peinó como pudo, y luego se acercó a la puerta.
—Volveré pronto, con zapatos y billetes —le aseguró, y se marchó sin mirarla en ningún momento.
Catalina se quedó a solas en la habitación, que se iba recalentando por minutos. Abrió la ventana para dejar entrar la brisa que llegaba desde el puerto, y bajo la luz del sol que ya castigaba la ciudad, empezó a comprender cuán lejos estaba de casa.
El modesto hotel en el que se alojaban estaba situado en lo que parecía ser la calle mayor de un floreciente distrito comercial.
Desde su ventana en la primera planta, vio una catedral que se cernía sobre las calles como un manto y ofrecía un respiro de sombra a los trabajadores que caminaban junto a sus mulas cargadas, a los carros tirados por bueyes donde se desplazaban familias enteras, y a los hombres, mujeres y niños a caballo.
La calle ascendía por una suave colina y, un poco más arriba, le pareció ver el brillo de algún automóvil y de un trenecito —luego supo que se trataba de un tranvía eléctrico—.
Ella nunca había visto algo así en La Palma. Allí no había ni coches ni trenes.
Las calles eran ruidosas y desprendían un olor intenso. Olfateó el aire, buscando en vano algún rastro de pino, lavanda o cebolla en la brisa marina —los olores a los que estaba acostumbrada—, pero solo le llegó la peste a basura mezclada con algo más, algo grasiento que olía como a ajo.
Catalina sintió que se le revolvía el estómago.
Recordó que llevaba más de un día sin comer, pero no tenía hambre.
Permaneció junto a la ventana y se entretuvo contemplando los edificios estucados y adornados con columnas y cornisas.
Algunos tenían pórticos, donde personas de todos los colores buscaban la sombra.
Estaba tan inmersa en la contemplación que, cuando Ramón llamó a la puerta, ni siquiera lo oyó.
Al final él tuvo que llamarla por su nombre.
Catalina abrió la puerta y vio a Ramón con un par de zapatos en la mano.
Tenían hebillas forradas de terciopelo negro en los costados, y a ella le parecieron más adecuados para un baile que para recorrer el país.
Aun así, le iban bastante bien; podría caminar con ellos.
Habría sido preferible acompañarlo a la tienda para poder probárselos, pero ambos sabían que no era buena idea andar descalza por las calles de Santiago de Cuba, de modo que la noche anterior le habían pedido al recepcionista del hotel papel y lápiz para hacer un molde.
En cuanto llegaron a la habitación, ella había apoyado el pie en el papel mientras se levantaba la falda por encima de los tobillos, y Ramón le había dibujado el contorno del pie en un momento que había resultado ser más íntimo de lo esperado y que los había hecho ruborizar a ambos.
Ya calzada, Catalina se sintió más preparada para afrontar el día, y lo primero que hizo fue volverse hacia Ramón para preguntarle por los billetes de tren.
En vez de responder, él bajó la mirada y sugirió que comieran algo antes, pero Catalina seguía sin tener hambre.
No sabía a qué distancia quedaba Santiago de La Habana, y sentía que ya habían perdido mucho tiempo esperando a que se hiciera de día y comprando zapatos.
Cuando Juan bajara del barco con Carmen en brazos, quería estar allí, esperándolos.
Ramón parecía nervioso y sujetaba el borde del sombrero de paja como si fueran las bridas de un caballo salvaje.
—El problema, Catalina, es que no me llega el dinero para los billetes —admitió finalmente.