CATALINA
C ATALINA
Se despertó entre los brazos de un hombre que le resultó familiar. Él la estaba llamando por su nombre cuando abrió los ojos.
—Gracias a Dios. ¿Puedes levantarte, Catalina?
Catalina trató de enfocar la cara del hombre que tenía delante. Su mirada era amable, y tenía la nariz larga y el pelo rizado, de color castaño claro.
—Soy Ramón Fernández Cueto, el mejor amigo de Juan —se presentó—. ¿No te acuerdas de mí?
Aunque habían ido al mismo colegio de pequeños, Catalina llevaba años sin verlo.
La última vez, ella era más alta que él, pero ahora él era más alto que Juan y llevaba una espesa barba.
Sus rasgos endurecidos se parecían poco a los del niño que recordaba.
El sol implacable le había oscurecido la piel y tenía una profunda arruga en la frente que le echaba años encima, pero sus ojos, de color azul oscuro, no habían perdido el brillo travieso que recordaba. Al instante, confió en él.
Al darse cuenta de que lo había reconocido, él le apretó la mano.
—Ramón... —susurró ella con un amago de sonrisa.
—Sí. —Él asintió con la cabeza y, de manera inexplicable, se ruborizó al oír su nombre en sus labios—. ¿Cómo te encuentras?
Catalina miró a su alrededor en la penumbra, como si buscara algo o a alguien. Se sentía desorientada, débil y sedienta. Agua, necesitaba agua... Pero entonces recordó lo que había pasado y qué estaba buscando.
—¡Carmen! —gritó. Al principio se le quebró la voz, pero luego recuperó toda su firmeza y claridad—: ¡Mi hija! ¿Dónde está mi hija?
Ramón parecía confuso.
—¡El barco! ¿Dónde está el barco? —insistió mientras lo agarraba con fuerza por la gastada solapa de la americana de color marrón—. Debo de haberme quedado dormida...
—El barco zarpó hace horas, Catalina. Pero, por favor, cuéntame lo que ha pasado. ¿Dónde está Juan? Lo he estado esperando mucho rato.
—¿Juan no bajó del barco? —Catalina tragó saliva con dificultad. Tenía la garganta cada vez más seca.
—No, al menos yo no lo he visto.
—¿Estás seguro? —insistió ella sin soltarle la chaqueta.
—Sí, no me he movido de aquí desde que llegué. Lo habría visto... —Dudó un instante—. A menos que se fuera antes de que yo llegara...
—¿Qué quieres decir? —Esta vez fue Catalina la que lo miró extrañada.
—He llegado un poco tarde... —Ramón volvió a ruborizarse, antes de añadir—: Pero muy poco, y desde entonces no me he movido de aquí. Te vi en el suelo, y pensé que eras...
Ramón dejó la frase a medias para no decir que la había tomado por una de esas mujeres que recorren los muelles en busca de marineros.
—Lo que quiero decir es que no me he percatado de que eras tú hasta que me he acercado a echar un vistazo. Te estabas quejando en sueños...
—¡Tenemos que encontrarlo! —gritó ella mientras trataba de levantarse—. Por favor, llévame con él y con mi hija... ¡Mi hija viaja en ese barco!
—¿Tu hija? ¿Juan y tú tenéis una hija? Pero...
—Te lo explicaré en otro momento —lo interrumpió Catalina—. Pero no, no es hija suya. Es difícil de explicar. Por favor, vamos a buscarlos —logró decir antes de echarse a llorar.
—¿Qué ha pasado, Catalina?
Ramón la ayudó a levantarse y, entre sollozos, ella le contó que pensaba que Juan seguía en el barco, igual que su hija y Antonio, su marido.
Ante la mención de su marido, Ramón bajó la vista al suelo, como si aquello le resultara embarazoso.
Catalina había estado tan sumida en su aventura amorosa con Juan que había perdido la noción de lo que era decente y lo que no, pero ante la reacción de Ramón se sintió muy avergonzada.
Se apartó de sus brazos con brusquedad, y trató de pensar por sí misma y olvidarse de los prejuicios de los demás.
Pero no tuvo que hacerlo, porque Ramón le preguntó:
—¿Qué quieres hacer, Catalina?
Sus palabras la tomaron por sorpresa. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie se lo preguntaba.
Ni siquiera Juan le había pedido su opinión cuando ideó el espantoso plan de abandonar juntos el barco.
Sus padres nunca le preguntaron si quería casarse con Antonio.
Solo el sacerdote se lo preguntó durante la ceremonia, aunque no fue más que una formalidad.
¿Qué podía haber dicho ella delante de su padre y de todos los demás?
En ese preciso instante, Catalina solo deseaba una cosa.
—Quiero encontrarlos, estén donde estén.
Ramón la sujetó por los hombros. Catalina tenía los ojos llenos de lágrimas, iba despeinada y su rostro era una mueca de agonía.
—Escúchame, Catalina. El barco ha zarpado hacia La Habana y tardará unos días en llegar. Creo que...
—Pues vamos para allá. —Catalina volvió a apartarse—. Por favor, llévame allí o dime cómo llegar.
Ramón miró a su alrededor buscando su equipaje, pero no vio nada. Bajó la vista hacia los pies descalzos y sucios de Catalina y palpó los pocos pesos que llevaba en el bolsillo, y no tardó en llegar a la conclusión de que era una mala idea. Aun así, no sabía cómo negarse.
—De acuerdo —accedió—, pero antes hemos de conseguirte unos zapatos.
Ramón no le aclaró que, si le compraba los zapatos, no tendrían dinero para el tren que llevaba a La Habana. Apenas podía pagar un hotel para pasar la noche. Todavía no sabía cómo, pero tenía claro que lo conseguiría. En Cuba todo se resolvía de una manera u otra.
Catalina vio a dos chicos muy jóvenes, descalzos igual que ella, que vendían bebidas embotelladas. Por un momento se había olvidado de la sed que tenía.
—¿Podríais darme un poco de agua, por favor? —les rogó con una voz tan ronca que le costó reconocerla.
Los chicos, sin embargo, no tenían agua, solo un colorido mejunje casero que Ramón le prohibió beber. Tras mirar a su alrededor, le dijo que le conseguiría agua, pero que tenía que quedarse allí sin moverse hasta que volviera. No quería perderla en aquel puerto tan concurrido.
Ramón no tenía que preocuparse por eso. Estaba tan agotada que no habría podido irse a ningún lado aunque hubiera querido.
Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la sucia pared del muelle.
Se sentía exhausta y sin fuerzas, y sus párpados empezaban ya a cerrarse de nuevo cuando Ramón regresó con una taza rebosante de agua fresca.
—Toma, bebe. —Se arrodilló a su lado.
Ella se la bebió de un trago.
—Hace tanto calor... —comentó—. ¿Siempre es así?
Él sonrió y ladeó la cabeza de un modo que, con los años, a Catalina llegó a parecerle encantador, aunque en ese momento lo interpretó como un gesto de burla, como si su pregunta le hubiera parecido un poco infantil.
—En esta parte de la isla a veces es peor, mucho peor —respondió al fin.
Ramón se ofreció a abanicarla con su sombrero de paja, pero ella rechazó el gesto.
Su rostro se ensombreció cuando él le contó que había preguntado y que no había ningún tren que partiera esa noche en dirección a La Habana y que, además, todas las tiendas estaban ya cerradas.
Le dijo que tendrían que esperar a la mañana siguiente para comprar los zapatos y los billetes, pero que había hoteles cerca y que deberían buscar alojamiento antes de que cerraran la recepción. Además, tenían que cruzar la aduana...
—¡No! —Catalina reaccionó de manera intuitiva—. Nadie debe saber que estoy aquí; no sin mi hija Carmen.
Ramón hundió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete.
—Muy bien, pues sígueme. —La tomó del brazo y se dirigió hacia el primer agente que encontraron—. Me la llevo a casa —le dijo en tono hastiado, como si fuera un marido harto de una situación recurrente. Le ofreció el dinero al oficial, que hizo un gesto con la mano para dejarlos pasar.
Y así fue como Catalina pasó su primera noche en Cuba, de manera anónima, en un hotelito cercano al puerto de Santiago y compartiendo habitación con un hombre que no era ni su esposo ni su amante, pero que en aquel momento era la única persona en toda la isla que conocía su identidad.
Los sonidos de la ciudad que se desperezaba los despertaron antes del alba. Ramón había dormido en el suelo, sobre una manta doblada, y Catalina había pasado la noche como había podido, en un camastro metálico pegado a la pared, lo más lejos posible de él.
Durante la noche, mientras Ramón roncaba con suavidad y la luz de la luna entraba por la ventana abierta, Catalina tuvo varias horas para reflexionar sobre su situación.
Revisó una y otra vez lo sucedido el día anterior, pero seguía sin entender por qué no había podido encontrar a Carmen en el último momento.
Supuso que Antonio se había olido algo y que tomó medidas, sabiendo que ella nunca abandonaría a su hija.
Pero, al final, eso era lo que había hecho, ¿no?
Catalina se negaba a aceptarlo. Le daba vueltas y más vueltas, como cuando te rascas una herida que te pica y no le das oportunidad de que cicatrice.
Llegó a pensar que, si se torturaba lo suficiente con sus incesantes preguntas, Dios y todos sus santos se apiadarían de ella y le permitirían recuperar a su hija.
Solo había pasado un día sin verla, pero le parecía una eternidad.
Desde que Carmen nació, cuatro meses atrás, no se habían separado ni un momento, hasta que embarcó y apareció María en sus vidas.
En casa, Catalina la contemplaba incluso mientras dormía, por miedo a que dejara de respirar como castigo por haber pensado al principio del embarazo que no podría querer a su bebé.
¿Cómo podía haber sido tan irresponsable con sus pensamientos?
Sabía perfectamente que eran tan importantes como las palabras.
El cura del pueblo lo predicaba a menudo, igual que su padre, que solía decirles: «Tened siempre buenos pensamientos, porque estos acaban convirtiéndose en realidad».