CATALINA #3
En cuanto puso un pie en el pasillo, percibió que estaba en un lugar nuevo, distinto.
El aire era más denso, cargado. Movida por la curiosidad, se acercó a la galería de cubierta a echar un vistazo.
El sol cubría un buen trozo de la galería.
En el muelle se había reunido una multitud de gente que venía a recibir a los viajeros, que empezaban a desembarcar a cuentagotas.
Los pájaros cantaban y vio decenas de palmeras, tanto cerca como en la distancia.
Una luz amarillenta y difusa que Catalina no había visto nunca parecía envolverlo todo, como si fuera una manta cálida, mientras a lo lejos las montañas, verdes y elevadas, se alzaban contra el cielo azul, como las de su isla, con la diferencia de que aquí no había niebla.
Los bordes de todos los objetos parecían desdibujarse por el calor que emanaba del suelo.
A regañadientes, admitió que Antonio tenía razón. Podría ser feliz aquí, siempre y cuando...
Alguien la agarró del brazo con fuerza.
—¿Qué haces aquí todavía?
Era Juan. ¡Juan!
Catalina no podía creer lo que estaba viendo. Juan estaba a salvo y había venido a por ella. Sintió un alivio tan grande que se olvidó de las precauciones y del miedo y le echó los brazos al cuello. Él le devolvió el abrazo, pero enseguida se soltó para recordarle que se apresurara.
—¡Vamos, ven conmigo!
Tiró de ella en dirección a la pasarela, llena de familias felices que desembarcaban, pero Catalina se resistió.
—No, Juan. No puedo irme sin Carmen.
—¿Dónde está?
—Con María. Ahora iba a buscarla.
—Pues no te entretengas; vamos.
Juan echó a andar hacia el interior del barco.
—No, ¡iré yo!
Catalina echó a correr, pero Juan la alcanzó enseguida.
—Catalina, el barco está a punto de zarpar otra vez. Si no nos vamos ya, perderemos la oportunidad. Baja a tierra y espérame. Yo iré más deprisa y te llevaré a Carmen.
—Juan, ten cuidado —le rogó, recordando el arma que había visto en la mesilla de noche—. Antonio tiene una pistola.
Como respuesta, él la besó en los labios.
—¿Y si el barco zarpa antes de que puedas bajar? —susurró Catalina, y sus palabras parecieron salir tropezando, enredadas, como hojas al viento, mientras se aferraba a la burda tela de su camisa de trabajo, resistiéndose a separarse de él.
—Si eso llega a pasar, no te preocupes: encontraré la forma de volver y de reunirme contigo. Busca a Ramón, nos está esperando. ¡Búscalo!
La abrazó con fiereza y la empujó en dirección a la pasarela, que quedaba en el extremo opuesto del barco.
Catalina lo vio doblar una esquina y desaparecer, pero entonces se dio cuenta de que iba hacia la derecha, en dirección contraria.
Gritó y fue tras él, pero Juan se había perdido en los pasillos del barco.
Catalina corrió hasta el camarote de María.
La puerta estaba cerrada y nadie respondió.
Buscó en su propio camarote, pero María tampoco estaba allí y el moisés estaba vacío.
¿Dónde estaba su hija? Antonio debía de habérsela llevado para castigarla.
Estaba empezando a desesperarse. Sabía que se les acababa el tiempo, pero se obligó a detenerse y respiró hondo para calmarse y elaborar un plan.
Decidió esperar a Antonio y, cuando lo viera, le arrebataría a su hija, aunque tuviera que usar la fuerza.
En el silencio que la envolvía, los sonidos se amplificaban.
Podía oír el crujido de la madera al resistir los pasos apurados de los pasajeros.
Alguien gritaba órdenes y otra persona respondía enfadada.
Una niña lloraba por su muñeca y su madre trataba de hacerla callar.
El anciano que viajaba en el camarote que quedaba frente al suyo —y que siempre parecía estar de buen humor— reía como de costumbre, y su risa resonaba por el pasillo.
El incesante tictac del reloj de la mesilla de noche le recordaba que los segundos se estaban transformando en minutos.
De repente, se dio cuenta de que su plan era absurdo.
Nunca lograría imponerse a su marido por la fuerza, ni siquiera pillándolo por sorpresa.
Se llevó una mano al pecho para calmar el martilleo de su corazón.
La necesidad de estar junto a su hija superaba cualquier emoción que hubiera sentido hasta ese momento.
Era incluso más fuerte que su amor prohibido.
Sin su pequeña, sentía los brazos como dos apéndices inútiles a lado y lado, como los remos de un bote sin marineros.
—Encuéntrala, encuéntrala, encuéntrala... —se dijo a sí misma antes de abrir la puerta con cautela y salir del camarote como un leopardo en busca de presas.
Echó a correr por los pasillos estrechos y desiertos con los brazos extendidos, controlando a duras penas las ganas de gritar.
¿Dónde estaban? Sintió la calidez del suelo de madera bajo los pies y fue consciente de que no se había puesto los zapatos.
Enfiló pasillos y más pasillos hasta regresar al punto de partida.
Se asomó al camarote, pero todo seguía igual.
Estaba vacío. Volvió a salir y trató de abrir las puertas de otros camarotes cercanos en primera clase.
Todas estaban cerradas. Al parecer, todos los ocupantes de esta selecta cubierta habían desembarcado.
Pensó en regresar a su camarote para coger la maleta o, al menos, ponerse los zapatos, pero en ese momento sintió un movimiento y se dio cuenta de que el barco se estaba apartando del muelle.
—¡Esperen! —gritó mientras corría pasillo abajo en dirección a la proa.
Sin aliento, alcanzó la pasarela y bajó corriendo a tierra un segundo antes de que un miembro de la tripulación empezara a levantarla.
El reflejo del sol la cegaba y el calor del suelo le quemaba las plantas de los pies mientras buscaba el rostro familiar de su marido, que no logró encontrar. A su alrededor, la gente se movía apresuradamente, tirando de niños y maletas, al tiempo que formaban una cola para cruzar la aduana.
El llanto de un bebé le atravesó el corazón.
Se abalanzó sobre un hombre para arrebatárselo, y en el último instante se dio cuenta de que no se trataba de su Carmen.
Tenía unas inmensas ganas de llorar, pero se contuvo.
Nadie la ayudaría si perdía la compostura.
Se dirigió de regreso al barco, despacio, respirando pausadamente, como le había enseñado su madre, y contando hasta diez para calmarse y evitar volverse loca.
El ambiente era bochornoso, sofocante. A esas alturas del año, en su isla el calor ya empezaba a aflojar.
Aquí, sin embargo, notó que el sudor se acumulaba en las axilas y bajo los pechos.
El aire olía a pescado podrido y restos de comida en descomposición.
Había vendedores ambulantes que gritaban palabras incomprensibles para atraer clientes.
También llegaba música de alguna parte. Sonaba muy fuerte, demasiado.
¿Cómo había podido creer que iba a ser feliz en un sitio como este?
Miró hacia el barco y vio que el casco viraba hacia mar abierto.
Desde la cubierta, hombres y mujeres saludaban agitando pañuelos blancos.
El sonido de la sirena del barco la ensordeció.
Una niña que llevaba una chaqueta verde lanzó rosas blancas y rosadas a las aguas aceitosas del puerto, y estas empezaron a cabecear sobre la estela espumosa de la embarcación, como si la persiguieran.
Catalina llamó a gritos a su amante y luego a su marido, hasta quedarse sin voz y sin aliento.
A su hija no la llamó porque, en lo más hondo de su corazón, sabía que ya la había perdido.
Sus gritos atrajeron la atención de varios pasajeros y de al menos un guardia, por lo que se dio la vuelta y buscó una vía de escape.
No tenía la menor intención de cruzar el umbral de entrada a este nuevo país sin su hija.
Volvió una esquina y, a salvo de la curiosidad de desconocidos, se apoyó en un muro y trató de controlar una oleada de náuseas.
Un perro famélico y solitario le olfateó los pies, pero siguió su camino.
Su cuerpo ya no la obedecía; ignoraba sus órdenes y su voluntad.
El último sonido que oyó fue la lánguida sirena del barco al abandonar la amplia bahía.
Con el pulso martilleándole en las sienes, se desplomó en el suelo, exhausta, y el vaporoso vestido de gasa color malva se arremolinó a su alrededor como los pétalos de una flor.
Allí la encontró Ramón. Bañada por la tenue luz de la luna llena, que empezaba a asomarse sobre el puerto de Santiago de Cuba.