CATALINA #2
A partir de ese momento, la vida a bordo adquirió una especie de rutina.
Catalina salía a pasear cada mañana por cubierta, acompañada de María, para tomar el aire.
Durante uno de esos paseos, se enteró de que la joven nodriza había dejado en casa a su hijo de cuatro años para amamantar a Carmen.
Era el tercer viaje que hacía a Cuba acompañando a una familia.
A veces, si tenía la oportunidad de sacarse un dinerillo extra, se quedaba unos meses más en la isla caribeña, pero en esta ocasión le había prometido a su hijo que regresaría pronto.
Ya no era un bebé como para dejarlo con la abuela.
Le dijo también que le estaba muy agradecida a Antonio por haberle sacado pasaje en primera clase.
Por costumbre y política de la naviera, las doncellas se alojaban en tercera, pero Antonio no la consideraba una doncella, y tampoco Catalina, que nunca había tenido servicio ni había conocido a nadie que lo tuviera hasta ese viaje.
Por las tardes, Catalina jugaba a las cartas con otras mujeres que había conocido durante las comidas o trataba de leer, aunque la lectura le resultaba tan aburrida y difícil como siempre, y lamentó no haber traído aguja e hilo para bordar.
Con tan pocas cosas que hacer a bordo hasta que se reunía con Juan por las noches, dormía largas siestas y escribía cartas a su familia con la idea de enviarlas una vez que llegaran a Cuba. Los días se le hacían eternos.
Cada noche cenaba con su marido en la mesa del capitán y luego, cuando él se retiraba al bar con los hombres, ella se entregaba a sus reuniones clandestinas con Juan bajo el hueco de la escalera.
En una de esas noches, hacia el final del viaje, se encontró con que Antonio ya estaba en la habitación cuando regresó de su cita.
Acostumbrada a sus ausencias empapadas en alcohol, Catalina ni se molestaba en arreglarse el pelo antes de volver al camarote.
Como era habitual, las luces estaban apagadas.
Al encender la araña del techo, Catalina vio que Antonio estaba sentado en el sillón, con un vaso de whisky en la mano.
Iba despeinado y la camisa no estaba bien remetida en los pantalones, pero la corbata seguía en su sitio, aunque un poco torcida.
Esta vez no rehuyó su mirada: la miró a los ojos y se limitó a preguntarle dónde había estado.
—Dando un paseo —respondió ella mientras se peinaba con los dedos los rizos rebeldes.
—No, déjatelos sueltos. Te favorecen.
Antonio se levantó del sillón y se acercó a ella.
Cogió un rizo, se lo enredó en el dedo y tiró de él levemente.
Catalina hizo una mueca y se estremeció.
Antonio estaba muy cerca; tanto que notaba su calor y ese extraño olor que emanaba de su cuerpo.
También notó que vibraba, aunque no sabía si de deseo o de rabia.
Lo que sí tenía claro era que quería alejarse de él.
Cuando trató de apartarse, Antonio la retuvo, sujetándola por la melena.
Le acercó los labios al cuello y Catalina pensó que iba a besarla, pero en vez de eso, le susurró:
—Ten cuidado con quién te relacionas; en este barco hay gente de todo tipo.
Luego le colocó el rizo con delicadeza detrás de la oreja y le dio un beso en la sien, como de costumbre.
—Me voy a acostar —anunció con calma. Pero a su espalda, en la mesilla de noche, Catalina percibió por primera vez el brillo metálico de una pistola.
Durante las dos últimas noches de la travesía, Catalina no pudo verse con Juan porque Antonio no se apartó de su lado, así que no tuvo ocasión de avisarlo de que su marido llevaba un arma.
No sabía cómo había conseguido subirla a bordo.
En un folleto que leyó antes de embarcar, decía que todas las armas debían dejarse a cargo del capitán durante el trayecto, pero si algo estaba claro era que Antonio y el capitán eran buenos amigos.
Mientras hacía el equipaje la noche antes de llegar a Cuba, Catalina pensaba en cómo podría ponerse en contacto con Juan para avisarle de que su plan había fallado.
Iba a tener que irse solo, y ella tendría que continuar el viaje con su marido después de todo.
Tendrían que encontrar la manera de reunirse más adelante.
¿O tal vez olvidarse de su amor? No, eso no era posible.
Su amor era lo único que permanecía inalterable en la vida de Catalina.
Ahora que su padre había muerto y que su madre y sus hermanas estaban lejos, ¿quién era ella sin el amor de los que la conocían de toda la vida?
Tal vez su hija llegaría algún día a quererla así, pero, en el mejor de los casos, Carmen solo conocería una parte de ella: la Catalina que era madre, no la que había sido de niña, ni la adolescente o la mujer joven en que se había convertido.
Solo Juan la había conocido en todas esas facetas de manera cercana e íntima.
No se veía capaz de renunciar a él; sería como arrojar al mar una parte de sí misma.
Sin él, tendría que transformarse en otra persona, en alguien que no sabía lo que era el amor o la felicidad, en alguien en quien no quería convertirse.
Tras cerrar la última maleta con una fuerza que no era consciente de poseer, se apartó de la cama.
Se dirigió a la ventana y contempló la vista.
De repente, se sintió triste y muy cansada.
Una vez más se preguntó por qué su padre, al que quería tanto, había insistido en separarla de Juan.
Fue su decisión de obligarla a casarse con Antonio la que desató la serie de calamidades que habían destruido la granja, la familia y su propia vida.
Y seguía poniendo en peligro la vida de Catalina, de Carmen y del hombre al que amaba.
La luna llena se asomó entre las nubes y creó una estela de luz sobre las oscuras aguas del océano. Pequeñas olas, coronadas por espuma blanca, chocaban contra el casco del barco. Catalina permanecía inmóvil, preguntándose qué hacer.
Necesitaba encontrar a Juan. No podía dejar su futuro en manos del destino, tenía que salir a su encuentro.
Se puso el vestido que tenía preparado para el día siguiente.
Había elegido uno que Antonio no había visto nunca todavía, para que no la reconociera cuando bajara del barco.
Como estaba acostumbrado a verla casi siempre de luto desde la muerte de su padre, se puso un vestido de gasa color malva que su madre le había confeccionado pensando en el clima tropical de Cuba.
Le sentaba como un guante y hacía destacar los reflejos dorados de su pelirroja melena.
Se puso unos zapatos negros y cómodos, y se guardó en el corpiño el pañuelo con los nombres de sus hermanas que había bordado su madre y que le había dado como regalo de despedida.
En los pliegues del pañuelo, guardadas como un secreto, había puesto tres semillas de morera.
Antonio le había dicho que se iba a jugar al bridge un rato, y María estaba con Carmen en su camarote.
Catalina lo había planeado así para tener una excusa y poder ir a buscar a la niña por la mañana.
Esperaba que ese pretexto le permitiera poder escapar con Juan sin despertar las sospechas de Antonio.
Salió del camarote y se dirigió a la derecha.
Luchando contra el impulso de echar a correr hacia la escalerilla, se forzó a caminar a paso lento.
Tragó saliva. El corazón le palpitaba con tanta fuerza que podía oír sus latidos.
¿Y si ya era tarde? ¿Y si Antonio había descubierto a Juan y habían llegado a las manos?
¿Y si Antonio le había contado sus sospechas al capitán y este había ordenado apresar a Juan?
¿Seguía la pistola en la habitación? No estaba segura.
Cerró los ojos con fuerza para borrar todas esas imágenes y, con la respiración agitada, llegó por fin a la escalerilla y miró hacia abajo, donde distinguió una sombra a sus pies.
¡Juan! Bajó los escalones a toda prisa y, cuando estaba a punto de echarse en sus brazos, las nubes se abrieron y la luna iluminó el rostro de Antonio.
Catalina se detuvo tan abruptamente que estuvo a punto de perder el equilibrio, pero Antonio la sujetó por el brazo.
—¿Qué haces aquí? —tartamudeó, pero al instante supo que había cometido un error al preguntar.
—Iba a fumarme un puro. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿Me estabas buscando?
Ella asintió mientras trataba en vano de liberarse.
—Ya me lo parecía. Bueno, pues ya me has encontrado. Será mejor que volvamos.
Antonio tiró de ella por los escalones, como quien lleva a rastras a un niño travieso. Mientras caminaban por el pasillo en silencio, a Catalina le pareció oír un silbido lejano que llegaba desde el piso inferior.
«Demasiado tarde, mi amor», pensó, y dejó que Antonio la condujera hasta el camarote.
Esa noche no pegó ojo y estaba segura de que Antonio tampoco durmió, pero ambos permanecieron en sus camas, en silencio, hasta que por la mañana notaron que el barco atracaba en Santiago de Cuba con un golpe seco. Era el 5 de septiembre de 1919.
—¿Qué es ese ruido? —le preguntó a Antonio.
—La gente que desembarca —respondió él con aspereza. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde su encuentro de la noche anterior.
—¿Y baja tanta gente? Pensaba que la mayoría irían a La Habana, como nosotros.
Antonio, que al igual que ella aún llevaba la ropa de la noche anterior, se sentó y pareció ponderar su comentario.
—No lo sé. Será mejor que vaya a informarme; tal vez haya pasado algo.
Se levantó, se lavó la cara y se peinó con esmero, asegurándose de que la raya al lado con la que se peinaba siempre le quedara bien recta. Cogió el sombrero que guardaba junto a la puerta y, sin despedirse de ella, salió del camarote.
Catalina estaba segura de que Juan se encontraba entre los pasajeros que se estaban preparando para desembarcar. Tenía que localizarlo, pero antes necesitaba recoger a su hija, que seguía en el camarote de María. Llevaba horas sin verla.