La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Catalina cerró los ojos y aspiró el familiar aroma a cebollas, sudor, lavanda y pino que parecía emanar de todos los poros del cuerpo de Juan.

Reclinó la cabeza en su pecho cuando él empezó a besarla en el cuello, el pelo, los hombros.

Él le soltó la mano para abrazarla por la cintura.

Ella sujetó su hermoso rostro entre las dos manos y lo besó con ansia en la boca, como si fuera la primera vez que lo besaba.

Fue como la primera vez, un beso infinito y apasionado.

¡Había pasado tanto tiempo desde su último beso y había sufrido tanto pensando que Juan se había quedado en la isla!

Sin pronunciar una sola palabra, Juan la tomó de la mano y empezó a bajar la escalerilla. Ella lo siguió en silencio. Lo habría seguido a cualquier parte. Finalmente, llegaron a un rincón oscuro donde, por fin, mirándolo a los ojos, susurró su nombre.

Al regresar a su camarote, sofocada y preocupada, se alegró mucho al ver que la niña estaba en el moisés y que María daba cabezadas a su lado, sentada en el sillón. Con delicadeza, Catalina le tocó el brazo y le dijo que podía volver a su camarote.

Se alegró también al comprobar que Antonio no había regresado todavía y que Carmen dormía profundamente. Ansiaba quedarse a solas con sus pensamientos para repasar, minuto por minuto, su fugaz encuentro con Juan.

Al principio había creído que encontrar a Juan había sido un golpe de suerte, pero él le aclaró que la suerte no había tenido nada que ver.

Había logrado colarse en el barco cuando aún estaba en el puerto y, de momento, seguía sin ser descubierto entre los que habían pagado setenta y cinco pesetas por el pasaje más barato en la clase inferior, la llamada «categoría emigrante», un espacio de carga sin ventilación ni privacidad donde los pasajeros más pobres dormían en camastros metálicos como sardinas en lata.

Catalina se había mostrado horrorizada.

—¿Y si te descubren?

—No me descubrirán —respondió él, aunque ella se dio cuenta de que lo decía con más aplomo del que sentía en realidad.

Juan también le contó que, con el poco dinero que había logrado ahorrar, había sobornado a un joven oficial de bajo rango, que se encargaba de la lista de pasajeros y que le indicó dónde tenía más probabilidades de encontrarse a solas con Catalina.

—Las escalas de popa —le dijo—. Nadie las usa después de que anochezca. Son demasiado estrechas y oscuras.

Y así fue como, noche tras noche, desde el día en que zarparon de Santa Cruz, Juan se había dedicado a recorrer esa escalerilla silbando hasta que, al fin, ella había acudido a su llamada.

Catalina aún podía sentir el tacto de las manos y la boca de Juan sobre su cuerpo y su respiración entrecortada mientras le repetía sin cesar lo mucho que la amaba y que siempre estarían juntos.

Ella no se había atrevido a preguntarle cómo pensaba conseguirlo, pero estaba segura de que él se lo contaría pronto.

Antes de despedirse, quedaron en verse al día siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora, si Antonio volvía a dejarla sola.

Esa noche, por primera vez desde que salieron del puerto, Catalina durmió a pierna suelta en la mullida cama de su camarote.

El balanceo de las olas del mar, en vez de enfermarla, la acunó hasta que se quedó dormida.

En sus sueños volvía a estar en su casa, con su madre y sus hermanas, recolectando hojas de morera para alimentar a los gusanos.

Todavía era una niña y sus hermanas eran aún más pequeñas que ella.

Su padre seguía con vida y todos trabajaban unidos bajo el sol.

Su madre cantaba, pero no logró entender la letra porque un bebé lloraba en alguna parte.

Fueron los gritos hambrientos de su hija los que la despertaron.

Por instinto, se llevó a la niña al pecho y trató de dormirla otra vez, pero entonces recordó que sus pechos ya estaban secos.

Sin hacer caso del dolor que le causaba esa situación, se levantó para ir en busca de María, y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que la cama de Antonio seguía sin deshacer.

Todavía no había vuelto al camarote. Al mirar de reojo hacia la mesilla de noche, vio que eran las cinco de la mañana.

Demasiado temprano para que Antonio se hubiese levantado ya, pensó.

Olfateó la habitación como si fuera un perro.

Su olfato nunca le fallaba y no detectó ni rastro de su olor intenso, una mezcla de tabaco y colonia.

Tras envolver a Carmen en una mantita, salió en busca de María, y de camino a su camarote vio a Antonio al fondo del pasillo.

Su marido se dirigía tambaleándose hacia ella; llevaba la corbata torcida y se había dejado los zapatos en alguna parte.

Tenía la chaqueta colgando del brazo y se palpaba el bolsillo del pantalón, buscando algo.

Abochornada al verlo en ese estado, Catalina llamó de inmediato a la puerta de María, que debía de estar esperando a Carmen, porque extendió los brazos hacia ella en cuanto las vio en el umbral.

—Lo siento —se disculpó—. Debí habérmela traído conmigo para que pudiera descansar.

Catalina le quitó importancia al descuido y esperó unos instantes antes de regresar de puntillas a su camarote.

Antonio ya estaba en la cama, roncando, con un brazo que le colgaba casi hasta el suelo, como si tratara de acariciar la moqueta con los dedos índice y corazón.

En el olor que desprendía su cuerpo, Catalina detectó whisky —el licor favorito de su marido— y otra cosa, un olor agrio y repulsivo que no supo identificar.

Esa mañana se dedicó a pasear por cubierta para dejar pasar las horas y charló con algunas de las personas que había conocido en la mesa del capitán, entre ellas la pareja que tenía seis hijos.

Estaban tratando de calmar a una de las niñas, que debía de tener seis o siete años.

La pequeña lloraba sin dejar de repetir: «El barco se va a hundir, el barco se va a hundir, el barco se va a hundir».

Sus padres, que no sabían dónde meterse, miraban a su alrededor y dirigían sonrisas de disculpa al resto de los pasajeros, pero, aparte de ella, nadie pareció hacerle caso a la pequeña.

A toda prisa, Catalina volvió por donde había venido y se metió en el camarote.

¿Acababa de presenciar un aviso o una premonición?

Se le había quitado el hambre de golpe, así que decidió saltarse la comida.

Mientras Antonio se arreglaba para ir a cenar, usó como excusa un dolor de cabeza para no tener que acompañarlo.

No tuvo que inventárselo, porque el dolor era real.

Las palabras de la niña seguían martilleándole las sienes, como si trataran de escapar a empujones.

Abrió la boca para pronunciarlas y compartir su miedo con Antonio, pero volvió a cerrarla enseguida y se las tragó.

No quería parecer supersticiosa ni ingenua.

Antonio le había dicho muchas veces que el barco era seguro.

—Como quieras —dijo él mientras se anudaba la corbata, sin volverse hacia ella—. Si luego te encuentras mejor, ya sabes dónde estaré —añadió antes de salir y cerrar la puerta con delicadeza.

Y fue entonces cuando Catalina entendió que el nuevo olor que había detectado en su marido era el que despide la vergüenza.

—Antonio lo sabe —le dijo Catalina a Juan cuando volvieron a verse a solas bajo la escalerilla.

—¿Cómo lo sabes? —Juan le tomó la cara entre las manos.

—Ya no me mira a los ojos y anoche no vino a dormir. Lo vi volver de madrugada, muy borracho.

Juan la abrazó con más fuerza y le dijo que no se preocupara más por Antonio; que en cuanto llegaran a Cuba, huirían con Carmen y nunca los encontraría.

—Es una isla grande, no como la nuestra. Me han contado que hay ciudades por todas partes, donde siempre buscan gente para trabajar, hombres jóvenes y fuertes, como yo.

Catalina le apoyó la cabeza en el pecho. ¿Cómo iban a escaparse de Antonio? Era imposible. Estaban todos atrapados dentro del mismo barco.

—Hay una manera —dijo Juan, como si pudiera leerle los pensamientos.

Ella se mantuvo en silencio para animarlo a darle más detalles, y Juan le contó que le había escrito una carta a Ramón Fernández, su mejor amigo de la infancia.

Catalina lo recordaba del colegio. Ramón había emigrado a Cuba un par de años antes, en un barco parecido al Valbanera , y trabajaba para un amigo de su tío en un bar de un pueblo cercano al mar.

No cobraba demasiado, pero estaba seguro de que podría conseguirle trabajo en el bar o en alguna de las plantaciones cercanas, donde se cultivaba tabaco.

En la carta, Juan le había pedido a Ramón que los esperara a él y a Catalina el 5 de septiembre en Santiago de Cuba, la primera parada que el Valbanera haría en la isla.

—Pero no voy a Santiago —lo interrumpió Catalina—. Vamos a La Habana.

El barco tenía previsto continuar navegando hacia La Habana, que era el destino de Catalina y Antonio, porque él quería que su esposa viera por primera vez una gran capital, con sus amplias avenidas y tiendas elegantes, edificios modernos y mansiones señoriales, antes de instalarse en su casa, en el centro de la isla.

Juan ignoró las objeciones de Catalina. Su plan, le explicó, era desembarcar en Santiago de Cuba con Catalina y Carmen, y dejar a Antonio a bordo.

—¿Es que no te das cuenta? Nunca nos encontrará —le aseguró entusiasmado.

A Catalina le pareció que el plan era un poco endeble. Estaba segura de que Antonio las encontraría y, además, ¿cómo iba a escaparse sin que Antonio se percatara de lo que estaba sucediendo?

—No te preocupes por nada; déjamelo a mí —le dijo él, antes de empezar a besarla con tanta pasión que las preocupaciones de Catalina se esfumaron en la oscuridad.