MARA
M ARA
Me había quedado sin habla y no tenía tiempo de ponerme a psicoanalizar el miedo de mi madre a perder a su hija. Me despedí de ella sin rodeos y regresé al edificio. El funcionario educado que me había atendido antes me aguardaba en la puerta, mirando a lado y lado con nerviosismo.
—Señora Denis, la estaba esperando —me dijo en inglés, antes de presentarse con una inclinación de cabeza—: Soy Fernando Suárez Jiménez, a su disposición.
Oh, oh. Debía de haberme buscado en Google.
—Encantada de conocerlo. —Le estreché la mano con fuerza sin apartar la mirada de sus ojos, tal como me había enseñado mi padre años atrás.
—Pase, por favor. Podemos hablar en mi despacho. —Me invitó a entrar haciendo un gesto galante con el brazo.
Se lo agradecí, pero dejé que pasara delante, mientras me planteaba en qué momento debería aclararle que mi consulta era por un tema personal, que no tenía nada que ver con mi trabajo ni con el periódico para el que trabajaba.
Decidí dejar que hablara él primero. Al llegar a su despacho, apartó una silla para que me sentara y luego ocupó su lugar tras un impresionante escritorio de madera.
Me dijo que era un honor tenerme en La Palma, mientras pestañeaba muy deprisa y golpeaba el escritorio con el bolígrafo, como si estuviera enviando un mensaje en morse.
Hice lo posible para que la situación fuera menos incómoda:
—¿Podría ofrecerme un vaso de agua, por favor?
—Sí, por supuesto. —Se incorporó de un salto de la silla acolchada y me preguntó—: ¿Le apetece también un café?
Estuve a punto de rechazarlo, pero en ese momento me di cuenta de que sí, me apetecía mucho. De hecho, tenía hambre, pero me conformaría con un café.
—Sí, gracias. Con un poco de leche, si es posible.
—¿Un cortado?
—Sí, por favor.
No tardó en regresar y retomar su sitio.
—Debo decirle que soy un gran admirador de su trabajo. —Volvía a tener el bolígrafo en la mano, pero, por suerte, ya no daba golpecitos con él—. Leo su periódico siempre que puedo para practicar el inglés.
—Gracias. Siempre es agradable oír ese tipo de elogios. Es muy amable por su parte, pero...
Me interrumpió antes de que pudiera decirle que no estaba ahí por trabajo.
—Y me gustaría hacer lo que esté en mi mano para ayudarla. Por el momento, he encontrado lo que nos ha pedido e incluso algo más. Con su permiso... —Deslizó hacia mí un sobre blanco de tamaño mediano.
Intrigada, lo abrí de inmediato. Dentro encontré un documento desgastado y amarillento, protegido por una funda de plástico: el certificado de nacimiento de mi bisabuela.
¡Por fin! Su nombre completo era Catalina de la Candelaria Quintana Cabazas, lo que coincidía con la información que me había dado mi madre, pero su nacimiento estaba inscrito con fecha del 29 de mayo de 1900, un mes más tarde de lo que me había dicho Mima, en una aldea llamada La Peña que formaba parte de El Paso, un municipio de La Palma.
El funcionario mencionó que El Paso era el único municipio de la isla sin acceso al mar.
—Aunque estoy seguro de que el olor del océano llega hasta allí —añadió.
Ladeé la cabeza, porque no entendí la referencia.
Él carraspeó antes de aclarármelo.
—Se dice que la isla es tan pequeña que se ve el mar desde todos sus rincones, por muy remotos que sean, y que, si no se ve, al menos puede olerse.
El señor Suárez siguió hablando, pero yo ya había dejado de escuchar.
No podía apartar los ojos del documento que sostenía entre mis manos temblorosas: el registro del nacimiento de una mujer insignificante para la historia, pero no para mi familia; un documento que tenía casi ciento veinte años de antigüedad.
—Muchas gracias por conservarlo en tan buen estado y por su rapidez en encontrarlo —logré decir, a pesar del nudo que tenía en la garganta.
Me había invadido una necesidad urgente de salir de allí y quedarme a solas con mis pensamientos.
Uno de ellos no dejaba de dar vueltas por mi cabeza, buscando un lugar donde aposentarse.
«Vivía lejos del mar...». Era como tratar de encajar la pieza de un puzle en una imagen a medio pintar.
Pero ¿una imagen de qué? Hice ademán de incorporarme.
—No se merecen, señora Denis, pero ¿por qué no le echa un vistazo al otro documento que hemos encontrado?
Volví a sentarme y saqué el segundo papel del sobre. Al principio no sabía qué era lo que estaba viendo, y él debió de darse cuenta de mi confusión.
—Es un certificado de matrimonio —me aclaró, sin poder ocultar su entusiasmo—. Llevamos registrando matrimonios aquí desde hace poco más de un siglo. El suyo es uno de los primeros.
—¿Su matrimonio?
Se me cayó el alma a los pies al percatarme de que se trataba de un error. No era de extrañar que no cuadraran las fechas. Era imposible que el certificado de matrimonio de mi bisabuela estuviera aquí. Estaba segura de que Catalina había conocido a mi bisabuelo —y se había casado con él— en Cuba.
Se levantó y rodeó el escritorio para señalar la casilla en la que estaba escrito el nombre del novio:
—¡Ahí lo pone! —exclamó triunfal—. Se casó con Antonio López González.
Sentí ganas de explicarle que era imposible, pero algo me dijo que no era prudente revelar detalles de mi búsqueda personal a un desconocido. En vez de eso, le pregunté cómo podía estar seguro de que se trataba de la persona que buscaba, a pesar de las distintas fechas de nacimiento.
—En aquella época era muy habitual —explicó él, con el tono de alguien que ha tenido que repetir esas mismas palabras muchas veces—.
La gente no se daba prisa en registrar los nacimientos y, cuando el funcionario anotaba la fecha, no se fijaban demasiado en que la hubiera escrito bien.
Si no le parece una pregunta impertinente, ¿podría saber por qué es tan importante esta mujer para su periódico después de tantos años?
Ya era demasiado tarde para darle explicaciones, así que preferí cambiar de tema.
Me levanté y le pregunté si podía hacer copias de los documentos.
Respondió que claro, que por supuesto, y me entregó las copias que ya tenía preparadas.
Las guardé en mi enorme bolso, le estreché la mano y me marché antes de que se diera cuenta de mi confusión y vergüenza.
Me sentía muy mal por no haberle dicho de entrada que Catalina de la Candelaria Quintana Cabazas era una persona muy importante, pero solo porque era mi bisabuela.
Llamé a mi madre en cuanto volví a la plazoleta.
—¡Lo tengo!
—¿Lo tienes?
—¡Sí, lo tengo! Aunque hay algo que no acabo de entender. La fecha de nacimiento no coincide y... —me quedé dudando un instante, y mi madre se dio cuenta.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —me preguntó con impaciencia.
—También me han dado su certificado de matrimonio. Al parecer se casó a los dieciocho años con un hombre llamado Antonio. Antonio López. Pone que se casó en un pueblo llamado La Peña, no muy lejos de aquí... creo.
—¿Casada? No, no puede ser..., se han equivocado de persona. Mi abuela se casó en Cuba. ¿Con quién dices que se casó?
—Con un hombre llamado Antonio López González —repetí despacio, al notar que la información la había dejado preocupada y decepcionada.
—Y ese hombre... ¿quién es?
—No tengo ni idea, Mima.
—Pues mira, aquí la periodista eres tú, así que ve a averiguarlo.
Y dicho esto, colgó. O se perdió la conexión. Con mi madre, una nunca lo tenía claro.
No sabía qué hacer con la nueva información que había obtenido, pero decidí no darle muchas vueltas. Ya tenía lo que había venido a buscar, por lo que podía volver a casa, o al menos relajarme un poco.
Alentada por el progreso que había conseguido en media jornada, comí temprano y después me fui de compras.
En una preciosa tienda que se llamaba Berlín me compré un vestido, algo que no había hecho en años.
Nada sofisticado, un vestido sencillo, de lino color verde botella, fresco y vaporoso, para ir a juego con el verdor que me rodeaba por todas partes.
Lo combiné con unas sandalias doradas y un fular naranja.
Y como no tenía nada mejor que hacer y necesitaba un buen corte de pelo, crucé la calle y entré en una peluquería.
Dos horas más tarde, me sentía una mujer nueva.
El color no me lo había tocado, seguía con mis canas naturales, pero el nuevo corte y el nuevo peinado me hacían sentir más joven y ligera.
Incluso me habían hecho la manicura y la pedicura.
Estuve tentada de hacerme un selfi para enviárselo a Nina, pero sabía que sería motivo de burla por los siglos de los siglos.
Al atardecer fui a la inauguración de la exposición sobre el Valbanera , parecida a la que había visto en Asturias, pero más detallada.
Qué sensación tan maravillosa visitar una galería de arte con mi nuevo corte de pelo y el vestido recién estrenado, ¡y sin tener que pensar ni en el trabajo ni en el encargo de mi madre!
Siempre me ha encantado la sensación de estar sola en un sitio nuevo, donde nadie me conoce, donde poder observar sin ser observada.
Sin expectativas, sin exigencias. Nadie me esperaba en casa, y esa idea —que aterrorizaba a muchas de mis amigas casadas— me resultaba liberadora.
Podía perderme entre la multitud; podía ser la misma de siempre o una nueva versión de mí misma.
El caso es que nunca me sentía sola. Al haber perdido tantas cosas al inicio de la vida —mi hogar, mis amigos, mi país, mi esposo, mi padre—, había aprendido a llevar en mi interior todo lo que necesitaba.
Las cosas a las que me anclaba estaban en mí.
Podía cambiar de casa y de vecindario, eso era lo de menos, porque mi hogar y las personas a las que amaba siempre estaban conmigo.
Como en aquel momento, caminando a mi lado en esa galería de un blanco cegador, donde docenas de hombres y mujeres, vestidos con ropa adecuada para veranear en una isla, se agolpaban alrededor de fotografías que yo ya había visto en un lugar lejano, con un clima distinto, apenas un año y medio atrás.
«Menuda casualidad —me dije— toparme con la misma exposición en dos lugares tan distintos».
En la entrada leí que los actos conmemorativos del centenario del naufragio del Valbanera habían empezado meses atrás en Las Palmas de Gran Canaria, la primera escala que hizo el vapor para recoger pasajeros en las islas Canarias.
De ahí pasó a Tenerife y, después, a Santa Cruz de La Palma, la última escala antes de zarpar hacia Cuba.
En total, iban a bordo mil ciento cuarenta y dos pasajeros —y ochenta y ocho tripulantes— cuando el barco puso rumbo a Puerto Rico, Cuba, Texas y Luisiana el 21 de agosto de 1919.
Al final de una pared, un grupo de personas leía con atención una lista, con ayuda de una lupa.
—¿Qué buscan ahí? —le pregunté a una mujer que se marchaba.
—Oh, es la lista de esa pobre gente que se ahogó en el naufragio. Están todos los nombres, los cuatrocientos ochenta y ocho.
—Pero las letras son diminutas —protesté.
—Sí, es cierto, aunque no hace falta que lo haga como yo. Yo quería ver el formato original, pero puede verlo aquí también —me señaló un extraño aparato que leía los nombres en la pantalla de un ordenador—. ¿Qué nombre busca?
—Ninguno en concreto. Es curiosidad.
—Pues ahí los tiene, van por orden alfabético —añadió antes de marcharse y dejarme a solas con los nombres.
La pantalla del ordenador no me resultaba cómoda, así que al final acabé usando la lupa que colgaba de una cuerda fijada a la pared y empecé a leer el facsímil de las páginas del antiguo periódico, igual que los demás.
Movía la lupa arriba y abajo, como un detective en un tebeo.
De repente, un nombre me llamó la atención: Antonio López González.
«Imposible», pensé, pero luego me dije que Antonio era un nombre muy común, igual que López y González, y me lo tomé como una coincidencia.
Unos instantes después, sin embargo, como si estuviera en trance, solté la lupa y me dirigí al ordenador.
Fui descendiendo por la lista hasta llegar a la letra «Q».
Y seguí descendiendo. La «U», la «I», la «N»...
Y ahí estaba. Catalina Quintana Cabazas.
El nombre de mi bisabuela entre los muertos.