La memoria de las olas CATALINA #2
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CATALINA #2

Corrió hacia la cubierta para echarle una última ojeada a su isla.

La ciudad de Santa Cruz de La Palma parecía tumbada sobre una ladera verde, con sus casas blancas de terrados planos arracimadas al pie de la montaña.

Al irse alejando de la costa, las casas se convirtieron en puntitos lejanos, pero el verde siguió siendo visible, como una cortina impenetrable que envolviera la isla.

De pronto, el temor a no regresar jamás a su tierra natal se apoderó de ella.

Sintió náuseas y se agarró a la barandilla con la cabeza gacha, esperando a que se le pasara el mareo, pero el movimiento del barco era demencial.

Desde la ventana del camarote, el mar le había parecido tan plano y calmado que no se le había pasado por la cabeza tener miedo.

Ahora, sin embargo, sentía que todo giraba a su alrededor y no sabía cómo detener el movimiento.

Trató de recobrar el control de su cuerpo, pero sus miembros parecían haberse vuelto líquidos y resbaladizos, y acabó deslizándose hacia la cubierta.

Un hombre impidió que llegara al suelo y, sujetándola por los brazos, la llevó de vuelta al pasillo, donde ella le indicó cuál era su camarote.

Tras darle las gracias, entró y vomitó sobre la alfombra.

Aunque se sentía avergonzada, no había podido evitarlo.

Todo seguía dándole vueltas, necesitaba tumbarse.

Durante dos días y dos noches, Catalina perdió la noción del tiempo y de sí misma.

Sabía que María se ocupaba tanto de ella como del bebé, pero no podía comer ni incorporarse.

La cara de su marido aparecía desenfocada ante sus ojos de vez en cuando, aunque ella no entendía lo que le decía.

Vino un médico a verla y le recetó un remedio en polvo que se tomaba mezclado con agua hervida.

Cuando despertó al amanecer del tercer día, supo que lo peor ya había pasado.

Levantó la cabeza de la almohada con cautela y trató de fijar la vista, pero era demasiado pronto y volvió a marearse.

Cerró los ojos de nuevo y, a ciegas, alargó la mano hacia el moisés, pero lo encontró vacío. ¿Dónde estaba su hija?

En ese momento, alguien abrió la puerta. Era María, que llevaba a Carmen en brazos. Catalina sintió una oleada de gratitud hacia ella. ¿Qué habría pasado si María no hubiera viajado con ellos? ¿Quién se habría ocupado de Carmen?

—¿Dónde está Antonio? —le preguntó.

—¿Antonio? Ha estado llamando a otro —respondió María, con su característica sonrisa burlona.

Esa noche, Catalina se sintió con fuerzas para ponerse su mejor vestido —uno de seda negra con corpiño de encaje y volantes en la cintura— y acompañar a su marido a cenar en la mesa del capitán.

La mesa ocupaba la posición central de un gran salón enmoquetado, de techos altos.

La zona reservada a la primera clase estaba rodeada de amplios ventanales con parteluces que la envolvían como si fuera una corona y, a la luz de los candelabros, la cubertería y las copas de vino brillaban como joyas.

La comida era extraordinaria. Les ofrecieron carne de venado asada, pasta italiana y fabada, todo ello acompañado de pan crujiente y vinos deliciosos.

Luego les sirvieron una tabla de quesos, té y café, además de una suculenta tarta de chocolate adornada con una vela blanca hecha de crema de almendras.

Catalina, que llevaba casi tres días sin comer, estaba hambrienta.

El capitán, que ocupaba el cargo en el Valbanera por primera vez, entretenía a sus invitados con detalles sobre la embarcación —como el tamaño, la potencia, la elegancia de su porte y sus orígenes—, aunque no ocultó el hecho de que se trataba de un buque mixto que transportaba no solo pasajeros, sino también mercancías hacia América.

A Catalina todo eso le resultaba irrelevante, pero los demás parecían impresionados con las historias del joven capitán.

Antonio se mostraba distante y preocupado, y Catalina no dejaba de mortificarse.

Si era cierto que había llamado a Juan en sus delirios, como le había dicho María, imaginaba que Antonio debía de estar disgustado.

Incluso era posible que empezara a sospechar de ella.

Sin saber qué decir ni qué hacer, las sabias palabras de su madre vinieron en su ayuda: «A veces, lo mejor es no hacer nada».

Era uno de sus dichos favoritos y Catalina pensó que esta era una de esas veces.

Quizá lo mejor sería fingir que María no había dicho nada.

Quería creer que Antonio se olvidaría pronto.

Al fin y al cabo, ¿cuánto tiempo podría seguir enojado con ella?

Trató de entablar conversación con otros comensales de su mesa: un médico de Madrid que viajaba a Cuba con su esposa para visitar a su hija, que acababa de dar a luz a su primer nieto; una pareja de Tenerife acompañada por sus seis hijos, el mayor de los cuales estaba sentado a la mesa, callado, con modales impecables, como si fuera un adulto en miniatura...

Cuando la conversación se fue apagando, Catalina bostezó con delicadeza un par de veces, cubriéndose la boca con la mano.

Antonio se levantó y anunció que esa noche se retirarían pronto.

Los hombres protestaron con vehemencia, ya que llegaba la hora de encender los puros habanos y esperaban que Antonio se uniera a ellos.

Tras prometerles que regresaría después, acompañó a su esposa al camarote en silencio, la besó en la sien como tenía por costumbre y le dijo que volvería en unas horas.

Ella asintió, agradecida ante la posibilidad de estar a solas, y entró en el camarote, que estaba vacío.

Supuso que María estaría amamantando a Carmen en el suyo.

Con la espalda apoyada en la puerta, se preguntó qué podía hacer.

Llevaban ya tres o cuatro días de navegación —había perdido la cuenta— y todavía no sabía si Juan se encontraba a bordo.

Probablemente no, porque si estuviera tan cerca de ella, respirando el mismo aire en el mismo espacio, estaba segura de que habría notado su presencia.

Pero lo único que había sentido hasta ahora eran náuseas constantes que, por suerte, el médico había logrado erradicar.

O eso o su estómago había acabado por acostumbrarse al movimiento del barco.

Había llegado el momento de buscar a Juan.

Despacio, como si tuviera miedo de despertar a alguien, abrió la puerta y salió al pasillo.

¿Hacia dónde ir, a la derecha o a la izquierda?

Decidió caminar en dirección contraria al comedor.

Al final del pasillo, encontró lo que parecía una escalerilla estrecha y solitaria.

Miró hacia abajo y vio que conducía a un nivel inferior.

Descendió con cuidado, agarrándose a la barandilla.

Casi al instante oyó unos pasos que subían rápidamente hacia ella.

El corazón empezó a latirle con furia. La escalerilla estaba a oscuras.

Oyó el sonido distante de una orquesta que tocaba un vals y... otra cosa, algo que creyó reconocer.

Catalina se detuvo, dudando, pero entonces volvió a oírlo: un silbido discreto. ¿Sería su imaginación? Volvió a oírlo, más cerca esta vez. ¿De dónde venía? Empezó a darse la vuelta, confusa, pero no llegó ni siquiera a girar la cabeza porque alguien le agarró la mano en la oscuridad.