CATALINA
C ATALINA
Catalina temblaba mientras se dirigía hacia el barco con Carmen en brazos.
Su mirada iba de un lado a otro. Buscaba a Juan, sin perder de vista el equipaje y tratando de ver el mar, aunque desde donde se encontraba era casi imposible, ya que el barco era tan grande que ocupaba todo su campo de visión.
Había tanta gente moviéndose a su alrededor que empezó a marearse. Antonio la sujetó por el codo.
—¿Estás buscando a la nodriza? —le preguntó—. Ya está a bordo. Te la presentaré en cuanto embarquemos.
Catalina se dio cuenta de que Antonio estaba más atento a sus gestos de lo que ella pensaba. Iba a tener que andarse con cuidado.
—No, no. Es que no puedo dejar de observar todo lo que veo... —Se apoyó en su brazo—. Todo es tan nuevo para mí.
Antes de subir por la rampa, un fotógrafo contratado por la compañía naviera les pidió que posaran para un retrato.
Catalina, con el bebé en brazos, posó junto a Antonio, que la sujetaba por el codo.
Llevaba un vestido negro con corpiño de encaje que su madre le había hecho para el viaje, y Catalina ladeó un poco la cabeza hacia la derecha, en un gesto típico de Inés María, porque el sol le daba en los ojos.
Carmen se despertó y alzó un puño por encima de la mantita de punto de color blanco.
Antonio, que se sujetaba el sombrero de lana marrón a la altura del pecho, se dio cuenta de que su esposa no llevaba la flor de hibisco amarilla en el pelo.
Cuando se inclinó hacia ella para preguntarle dónde estaba y ella se volvió hacia él para responderle, oyeron el clic de la cámara.
A su espalda, en grandes letras rojas sobre fondo blanco, el fotógrafo se había asegurado de captar el nombre de la embarcación: VALBANERA .
Durante años, su padre le había prometido que un día la llevaría a ver el mar.
Estaba tan cerca de su casa que Catalina podía oler su frescor salado cuando la niebla se levantaba y el viento soplaba en dirección contraria a las montañas que le impedían ver el océano.
Pero el trabajo en la granja era duro y no se acababa nunca, y siempre terminaban posponiendo el viaje.
Había que cuidar de los gusanos de seda, podar las moreras, arrancar las malas hierbas del huerto, cuidar de los animales...
Y ahora, aquí estaba ella, a bordo de un barco, rodeada de más gente de la que había visto en toda su vida y a punto de embarcarse en un viaje que la alejaría de todo lo que conocía y de todos sus seres queridos.
«Bueno, no todos», se dijo mientras abrazaba a su hija con más fuerza.
De no ser por Carmen, Catalina habría dado media vuelta, habría bajado del barco y se habría montado en el carro tirado por mulas que la había traído hasta el puerto de Santa Cruz.
Pero su preciosa hijita dormía en sus brazos.
Su encantadora y dulce Carmen, con sus grandes ojos azules y pelo oscuro, se merecía crecer junto a su padre y sentir su amor, igual que Catalina había disfrutado del amor del suyo.
No tenía ninguna duda de que Antonio quería muchísimo a su hija.
Recordaba muy bien el día en que, al entrar en el dormitorio, poco después del parto, se había encontrado a su marido inclinado sobre el moisés, acariciándole los piececitos a Carmen.
Al oír los pasos de Catalina sobre el suelo de madera, Antonio sostuvo los piececitos en la palma de su mano y buscó la mirada de su esposa.
—Increíble, ¿verdad?
Catalina se encogió de hombros y frunció el ceño, sin entender.
—Sus pies —aclaró él en voz baja—. Me maravillan sus pies. Son tan diminutos que cuesta creer que pronto llevará zapatos y que tal vez algún día serán más grandes que los míos.
Catalina se había echado a reír ante aquel comentario tan extraño, y en ese momento, al recordarlo, sonrió. Antonio se dio cuenta y lo interpretó como un gesto de alegría.
—Sabía que te impresionaría —comentó antes de besarla con delicadeza en la frente—. Espera a ver el camarote. Elegí el mejor para nosotros, estoy seguro de que te encantará.
Catalina no replicó porque, ¿qué iba a decir?
Nunca sabía cómo reaccionar cuando Antonio hacía esos alardes de riqueza y estatus.
¿Sería su forma de demostrarle amor? Con él, nunca le quedaba claro.
Quizá le costaba aceptar que un hombre que no fuera Juan pudiera amarla, aunque ella no lo amara a él.
Sabía que su objetivo era complacerla, pero, en el fondo, en todos sus comentarios presumía de tener más que los demás.
A veces Catalina sentía incluso vergüenza, como cuando deleitó a sus hermanas y al prometido de Simona con historias sobre su negocio en Cuba y la gran casa que poseía en el centro de una próspera ciudad.
—¿Grande como la nuestra? —le preguntó Lucía.
Antonio había carraspeado y se había ruborizado un poco. Tomó la mano de Catalina y jugueteó con sus dedos mientras buscaba una respuesta adecuada. Al final, dijo:
—En realidad, no pueden compararse; los estilos no tienen nada que ver.
Y así quedó la cosa. Las hermanas de Catalina la miraron con una mezcla de lástima y vergüenza.
Ahora, a bordo del gran trasatlántico, Catalina se sintió muy sola.
Ya no podría contar con su familia cuando necesitara apoyo.
Solo podía sonreír y seguir al mayordomo que los guiaba hacia su camarote de lujo por un pasillo engalanado, dejando atrás el bullicio del puerto.
Las paredes estaban empapeladas con motivos florales en tonos amarillo y rosa pálido que le recordaban a su hogar.
Trató de no pensar en ello y siguió andando.
El suelo de tarima estaba tan reluciente que casi se deslizaba sobre él.
Cuando el mayordomo se detuvo al fin frente a una de las puertas, Antonio le dio la mano y se la apretó con suavidad.
El hombre abrió la puerta y se hizo a un lado, y Catalina comprobó que su marido no había exagerado: el camarote era más grande que la habitación donde dormía en su casa.
Una gruesa alfombra de color azul oscuro cubría el suelo de la estancia, bañada por la cálida luz que desprendía la lámpara de cristal que colgaba del techo.
Había dos camas con cabeceros de madera reluciente a ambos lados y un elegante palanganero con un lavamanos de mármol.
El sillón y el tocador con espejo y banqueta tapizada daban un toque de elegancia sin perder funcionalidad.
Todo estaba en su sitio, incluido un moisés de mimbre.
En la pared opuesta a la puerta, las cortinas de terciopelo, del mismo color que la alfombra, impedían que se colara el sol.
Su marido la animó a entrar con un empujoncito. Su equipaje los aguardaba ya en una mesa baja junto al armario de cedro. Antonio se dirigió a la ventana y corrió las cortinas. El sol que entró a raudales la cegó momentáneamente.
Cuando sus ojos se adaptaron a la luz, no vio más que verde.
A lo lejos distinguió la línea donde el mar se encontraba con el cielo.
Su padre le había contado que se llamaba horizonte y que se trataba de una ilusión.
Cuando uno navegaba hacia él y al fin alcanzaba esa línea que parecía tan lejana e inalcanzable, aparecía otra en su lugar, y luego otra y otra...
La posibilidad de un horizonte en continua expansión le pareció un buen augurio.
Recordó las palabras de Juan: «Mi amor por ti es más alto que el cielo y más profundo que el océano», y sintió una punzada tan intensa en el corazón que tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no tumbarse en la cama.
¿Estaría a bordo, tal como le había prometido?
Esperaba que no, pero, al mismo tiempo, ansiaba que sí.
El sonido de una bocina la sobresaltó, y Antonio, solícito como siempre, la abrazó y la besó en la sien.
—Significa que zarparemos pronto —le aclaró—. Te gustará la vida a bordo, te lo prometo.
Antes de que pudieran deshacer el equipaje, alguien llamó a la puerta con prudencia.
—Esa debe de ser María —dijo Antonio mientras abría la puerta.
María, la nodriza contratada para cuidar y amamantar a Carmen, era una mujer menuda, con los ojos oscuros y brillantes y una melena de color castaño claro que llevaba recogida en un moño tirante.
Su sonrisa era burlona, incluso un tanto sarcástica.
Elevaba solo una comisura de los labios, pero no acababa de sonreír nunca con calidez.
Permaneció ante ellos, vestida de blanco, alternando la mirada entre los dos.
Ninguno de los tres supo qué decir tras las presentaciones.
—¿Es hora de dar de comer al bebé, doña Catalina? —preguntó María al fin.
En realidad, era buena hora, ya que Carmen había empezado a inquietarse y a buscar un pezón a su alrededor, y Catalina sentía los pechos vacíos e inútiles.
Antonio salió con la excusa de ir a saludar al capitán, y las mujeres se quedaron solas en el camarote.
Catalina desenredó al bebé del nudo de sus brazos doloridos y se lo entregó a María, y contempló fascinada cómo su hija se enganchaba a un pezón que no había visto nunca antes y succionaba con avidez.
Estaba convencida de que le resultaría difícil ver cómo su hija se alimentaba del pecho de otra mujer, pero no fue así.
Al contrario, sintió un gran alivio al pensar que su supervivencia ya no dependía solo de ella.
Mientras la pequeña Carmen mamaba, Catalina deshizo el equipaje y organizó la habitación.
Era tan liberador que otra mujer se ocupara de su hija que la asaltó una sensación muy parecida a la felicidad.
Estaba a punto de dejar atrás todo lo que conocía, pero ante ella se abría una nueva vida.
¿Cómo sería? Justo en ese momento, como si el capitán hubiera leído sus pensamientos, sintió que el barco se separaba del embarcadero con una sacudida.