MARA #3
En la última planta, en una torre con vistas al pueblo, había una exposición temporal dedicada a los naufragios ligados a la emigración.
Y ahí fue donde leí por primera vez el nombre de Valbanera .
No recordaba los detalles, pero sí que el buque se había hundido cerca de La Habana...
¿O era de Cayo Hueso? También me parecía recordar que había un misterio asociado a ese naufragio en concreto, porque habían muerto cientos de personas, pero no se había recuperado ningún cadáver.
Recuerdo haber estado un buen rato frente a las vitrinas, observando las fotografías de los fallecidos y los supervivientes.
Me extrañó que nunca hubiera oído hablar de esa historia, a pesar de haber visitado muchas veces Cayo Hueso, donde incluso estuve de luna de miel con Nelson.
En cualquier caso, tras visitar la exposición no volví a pensar en ello.
Hasta ese momento. De hecho, aquella pincelada de texto y color que me llamó la atención en el lateral del autobús de Tenerife mientras caminaba contra el vendaval debía de referirse también a esto.
Fue un instante, pero me dio tiempo a leer la palabra «naufragio».
Un escalofrío me recorrió la espalda y estuve tentada de llamar a mi hijo y rogarle que reconsiderara su decisión de alistarse en la Marina.
Pero no lo hice, porque recordé la multitud de ocasiones en las que había iniciado un proyecto con gran entusiasmo, para olvidarse de él pasados unos meses.
Estaba segura de que esta vez sería igual, y aun así se me hacía muy difícil imaginarme a mi hijo en las Fuerzas Armadas.
Además, sabía que si Nelson siguiera con nosotros, trataría de hacerle cambiar de opinión.
Una brisa cálida agitó las hojas del periódico que tenía en las manos. Seguí leyendo, guardando los pensamientos sobre Nelson en el lugar donde vivían: en lo más hondo de mi mente y en el centro de mi corazón.
Al parecer, en las islas se habían programado todo tipo de eventos para conmemorar el hundimiento del Valbanera : conciertos, una obra de teatro, una lectura conjunta y una conferencia, la inauguración de una exposición que tenía lugar esa misma noche con objetos rescatados del vapor...
Intrigada, arranqué la página del periódico, la doblé y la guardé en el bolso.
No pensaba faltar a la inauguración. Con suerte, podría cumplir el encargo de mi madre en cuestión de minutos, tomarme el resto del día libre y volver a Santander al día siguiente, vía Madrid.
Necesitaba recuperar mi vida y mi rutina y centrarme en el próximo reportaje.
Necesitaba dedicarme a temas que me permitieran salir de este círculo vicioso de sueños sofocados por un mar embravecido, y alejarme de las tragedias de la emigración durante una temporada.
Otra persona iba a tener que cubrirlas. Necesitaba un descanso.
El sol empezaba a quemarme la espalda, más me valía ir a otro sitio. Justo en ese instante, mi móvil empezó a sonar con aquel trino tan familiar como desagradable.
—¿Hola? —saludé a mi madre en tono neutro, aunque estaba deseando contarle todo lo que había visto hasta ese momento en La Palma.
—¿Tienes ya el certificado?
—Buenos días a ti también. Estoy bien, gracias. ¿Y tú? —repliqué, devolviéndole las palabras que ella me había dirigido en el pasado más de una vez.
Mi madre ni siquiera se disculpó y siguió hablando sobre cómo el plazo para solicitar la nacionalidad española vencía en seis meses.
Me pareció tiempo de sobra, pero no se lo dije.
En vez de eso, me entretuve en contarle lo bonita que era La Palma, lo bien que se comía aquí y, al final, como quien no quiere la cosa, mencioné que estaba frente al Registro Civil, donde, si todo iba bien, me entregarían el certificado de nacimiento de su abuela antes de las dos de la tarde.
Ella reaccionó con alegría, pero enseguida pasó a hablarme de sus dolencias y de otras quejas en general. Al llegar a ese punto la interrumpí.
—Me gustaría hablarte de los sueños que he estado teniendo.
—¿Qué?
—¡Pesadillas! —exclamé.
—¡No grites!
—Pensaba que no me oías. Últimamente tengo pesadillas.
Le conté que, en mis sueños, siempre estoy buscando a un bebé; una niña, al parecer.
Ella guardó silencio un buen rato.
—Yo también tenía esas pesadillas —admitió al fin en voz baja, como si hablara consigo misma.
—¿En serio? Nunca me lo habías contado.
Volvió a guardar silencio unos instantes.
—Tal vez sea como lo de las fobias... —comentó, reflexiva.
—¿Qué quieres decir?
—Que tal vez te haya transmitido las pesadillas, igual que la buena dentadura o el miedo al agua.
Volvimos a quedarnos en silencio. Recordé una frase de un poeta armenio que aseguraba que se dedicaba a trenzar filamentos de trauma para alimentar a su musa. ¿Sería este otro de mis traumas heredados?
—Siempre tenía miedo de perderte —admitió mi madre.
Al momento, se me llenaron los ojos de lágrimas y tragué saliva para controlarme.
A mi madre no se le daba muy bien expresar su amor, pero cuando lo hacía, sus palabras o sus gestos llegaban a lo más profundo de mi ser.
Cuando era pequeña y estaba enferma, solo necesitaba apoyarme la mano en la frente para que me bajara la fiebre, y oír su voz era suficiente para apaciguar mis miedos.
—¿Perderme? Pero si sigo aquí —dije soltando una risita para aligerar el ambiente.
—Lo sé —admitió en un tono de voz tan bajo que seguía pareciendo que hablaba consigo misma. Me presioné el móvil contra la oreja para concentrarme en sus palabras—. Pero he vivido con ese miedo durante mucho tiempo.