MARA #2
Y, en efecto, se trataba de Alicia. Cuando le pregunté sobre la inscripción de la acera, me invitó a entrar y me contó la historia de su vida.
Había llegado de Cuba con sus padres cuando tenía veinte años, en 1957, porque sus padres temían, con razón, que la revolución que se estaba fraguando en las montañas acabara apoderándose del Gobierno para instalar una dictadura comunista.
También habían querido mantenerla apartada de cierto tipo melenudo que les parecía muy radical para su hija.
Aun así, aquel joven, un tal Carlos, la siguió a Miami y trató de convencerla de que regresara a Cuba con él.
La tentación fue grande, me confesó Alicia, pero al final se quedó en casa con sus padres y se negó a abrirle la puerta a pesar de sus ruegos.
Cuando al fin se marchó, Alicia se encontró la pequeña carta de amor escrita en el cemento con el que acababan de pavimentar las aceras de la calle.
Sus padres habían querido borrarlo, pero tenían miedo de dañar una propiedad municipal, por lo que el mensaje siguió donde estaba.
Alicia no volvió a saber nada de Carlos, pero cada día, al pasar por la acera, el mensaje le recordaba el amor de Carlos y su cobardía. Nunca llegó a casarse.
Desde aquel día, he sido testigo de las tragedias y los triunfos de la historia más antigua de la humanidad. Más antigua que la propia historia o que el propio lenguaje: el impulso que lleva al ser humano a migrar para sobrevivir.
Y una vez más me encontraba ante una nueva historia de emigración, aunque en este caso la protagonista me resultaba más cercana que nunca, porque mi madre había logrado mantener viva la memoria de la bisabuela que no llegué a conocer.
Su forma de hablar se había conservado en el lenguaje familiar y sazonaba el vocabulario de mi madre, que también era el mío.
Lo mismo pasaba con sus miedos y sus tormentos, que mi madre llevaba en su ADN y, por supuesto, también yo.
Claude, mi anfitrión del hotel, me había dado instrucciones precisas.
Tenía que caminar en línea recta unas cuantas calles, tomar la avenida Marítima, girar a la izquierda en el restaurante La placeta y, al final de la callejuela, dirigirme a la derecha.
Allí, a mi izquierda, encontraría el edificio de los juzgados.
Y una vez dentro, también debía girar a la izquierda para encontrar el Registro Civil. Parecía fácil.
Hacía un día ideal para pasear, aunque, por desgracia para mí, la amplia avenida estaba encarada al mar.
Mantuve la vista apartada de la playa de arena negra y me centré en la avenida, salpicada de preciosas casas antiguas con galerías de madera, un tipo de arquitectura que no se parece en nada a lo que me he encontrado en otras partes de España.
Poco después me hallaba al final de una cola no muy larga en el vestíbulo de un edificio blanco y anodino, encajado entre una tienda donde lo tenían todo rebajado al cincuenta por ciento y una casa particular de dos plantas, cuyo remate ornamentado me recordó al glaseado de un pastel de boda.
Cuando llegó mi turno, me costó hablar. Parecía absurdo buscar un certificado de nacimiento expedido hacía más de un siglo, y más cuando lo único que tenía era un nombre, una fecha y una idea aproximada del lugar de nacimiento.
Saqué el cuaderno que usaba para mis reportajes y fingí revisar las anotaciones.
El simple hecho de tener la libretita en las manos me dio fuerza y determinación, pero el entusiasmo no duró mucho.
La funcionaria que me atendió empezó a negar con la cabeza en cuanto oyó lo que le pedía. Me devolvió la nota que le había pasado, en la que constaba el nombre de mi bisabuela y la fecha de nacimiento, y me dijo que era imposible porque se trataba de una fecha demasiado antigua.
Pocas cosas me incentivan tanto como que alguien me diga que algo es imposible. Me entra un impulso irrefrenable de demostrarle que se equivoca. Mi madre lo llama mi «gen rebelde», pero yo lo llamo mi «gen de haber vivido en un régimen comunista y estar cabreada todo el rato».
—¿Hay alguien con quien pueda hablar? —Acompañé la pregunta con mi mejor sonrisa.
Sin responderme, miró por encima del hombro y llamó a un hombre, más joven que ella, que se acercó al mostrador rápidamente. Noté que mi petición le intrigaba, pero también que no quería dejar en mal lugar a su colega.
—Necesito un poco de tiempo —dijo con cautela—. ¿Podría volver dentro de una hora?
Pensé que podría esperar allí mismo, pero no me pareció prudente mostrarme hostil.
Tras anotar su nombre, salí a la calle y me senté en un banco de una minúscula placita sombreada, donde por fin abrí el periódico local que llevaba en el bolso desde el desayuno.
El titular en el extremo inferior derecho de la portada me llamó la atención de inmediato, porque mencionaba algo que creía haber visto antes...
¿O tal vez lo había soñado? No es que fuera un titular original, pero cumplía su función: RECORDANDO EL VALBANERA .
Estaba escrito en mayúscula y negrita, y bajo el titular había un pequeño destacado:
En el centenario del naufragio del barco frente a las costas de Cuba, invitamos a todos a unirse al acto donde recordaremos a las almas perdidas en la tragedia.
Se añadía una dirección y detalles sobre una exposición, pero no pude seguir leyendo, porque la mente me iba a toda velocidad.
¿Dónde había visto ese nombre antes? No tengo buena memoria para nada, excepto para las palabras.
Me concentré y traté de encontrar ese nombre en mi memoria, como si estuviera haciendo girar una de esas viejas agendas Rolodex.
Estaba segura de que no solo había visto el nombre, sino que también había leído algo sobre la embarcación...
Y de pronto, ¡lo recordé!
Unos meses atrás, durante un fin de semana en una casa rural en una villa de Asturias, visité el Museo de la Emigración de la Fundación Archivo de Indianos.
Cada planta estaba dedicada a un país o una región a la que los españoles habían emigrado.
Cuba y Tampa estaban en la primera planta.
Quedé fascinada por las fotografías de los barcos y de los miles de personas que viajaban en ellos.
La esperanza y la tristeza que se veían en sus ojos no eran muy distintas de las que observaba en las caras de los inmigrantes cada vez que documentaba alguna de sus historias.
Era la misma expresión que había presenciado en las imágenes que colgaban del muro de la isla de Ellis: una mezcla de miedo, nostalgia e ilusión.
Las siguientes plantas giraban en torno a los que emigraron a México, Chile y Argentina.