La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

Bajé del avión en una terminal abarrotada de turistas europeos rojos como gambas.

Al no llevar más equipaje que mi mochila, pronto los dejé a todos atrás.

Por supuesto, nadie me esperaba en el aeropuerto.

A estas alturas, ya debería estar acostumbrada, pero no lo estaba.

Cuando se abren las puertas y veo todos aquellos rostros emocionados y expectantes, siempre albergo la esperanza de que alguien me reconozca y se acerque a mí con una sonrisa, pero eso solo sucede cuando he tenido la previsión de reservar taxi.

En esos casos, me espera un hombre de aspecto solitario —suele ser un hombre—, con un cartel que dice SRA.

DENIS o SR. DENNIS o cualquier otra variante de mi género y mi apellido.

Suelen sonreír al verme, pero sé que no es una sonrisa de felicidad; es parte de su trabajo.

Ese día no me había molestado en reservar un taxi.

Miré a mi alrededor y me pregunté qué probabilidades habría de que alguna de esas caras felices estuviera emparentada conmigo.

Todas las personas que veía me resultaban vagamente familiares.

Usaban las manos para enfatizar lo que decían, a la manera cubana, y hablaban con la misma cadencia que nos hace aspirar en vez de pronunciar todas las letras de las palabras.

Esta gente era bulliciosa, ruidosa, alegre.

Incluso sus rasgos me recordaban a los de los cubanos que había conocido en Estados Unidos o a los que conocí antes de salir de la isla.

Las mujeres de mi edad llevaban vestidos de verano, sin mangas, y mostraban los brazos flácidos sin pudor.

No recuerdo la última vez que me atreví a salir de casa sin mangas o un chal que me cubriera los brazos, que dejaron de estar firmes y torneados hace tiempo.

A estas mujeres, sin embargo, no parecía importarles.

Los hombres lucían sus buenas barrigas, pero caminaban deprisa, al ritmo que usan muchos hombres jóvenes en Miami o incluso en Nueva York.

Algunas personas se saludaban con palmadas en la espalda, pero otras se daban besos y largos abrazos.

Estaba fascinada y no acababa de entender la razón.

Era una escena que había visto cientos de veces, aunque nunca en Europa.

Parpadeé y me sorprendió sentir que una lágrima me caía por la mejilla.

¡Oh, no! Esto ya era demasiado. Tenía que controlarme.

Cogí la mochila, que había dejado en el suelo para descansar un poco la espalda, y salí de la terminal a buen paso en busca de un taxi.

Ahí mismo, al otro lado de las puertas, estaba el mar, como si el aeropuerto fuera un hotel de lujo.

Aparté la vista con decisión y entré en el primer taxi de la cola.

Para mi disgusto, el taxista estaba escuchando música a toda pastilla. El coche olía a Navidad y a cigarrillos rancios, por mucho que el pino de cartón que colgaba del retrovisor tratara de disimularlo. De pronto, me salió el cansancio acumulado. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.

—¿Quiere dormir?

Me sobresalté al oír la pregunta del taxista. Sin esperar respuesta, bajó el volumen de la radio y me dijo que estábamos a un cuarto de hora de distancia del hotel.

Creo que le di las gracias, no me acuerdo.

Lo último que vi antes de quedarme dormida fue el reflejo color aguamarina del océano al dar una curva cerrada a la salida del aeropuerto, y me asaltó la zozobra al tratar de imaginar cómo iba a esquivar el mar en una isla como aquella.

Por el momento, prefería mantener los ojos cerrados.

Me levanté descansada, como nueva. Me puse la última camiseta gris que me quedaba limpia —tengo diez, el gris es un color perfecto para viajar— y le entregué la ropa sucia a una mujer muy amable en el bed-and-breakfast donde me alojaba.

Me dijo que por la noche ya lo tendría todo listo.

Me sentí tan agradecida que me vinieron ganas de darle un beso, pero me contuve y tomé nota mental de dejar una buena propina.

Ya sé que no es muy habitual dar propina en España, pero para algunas cosas soy muy estadounidense.

Tenía que aclararme las ideas y sabía que, para conseguirlo, lo primero era desayunar.

La gracia de los bed-and-breakfast es que suelen esmerarse en los desayunos, y este no fue una excepción.

La noche anterior, la mujer que me atendió en recepción me preguntó a qué hora pensaba bajar a desayunar.

Al responderle que no estaba segura, me dijo: «Cuando lo sepa, avísenos.

Así podremos prepararle los huevos a su gusto».

En ese momento supe que había elegido bien.

No había tomado huevos para desayunar desde que salí de Estados Unidos.

Gladys y Claude, una pareja de franceses que se habían mudado a La Palma para disfrutar de su jubilación como maestros mientras aún eran jóvenes, eran los dueños de la casa donde había reservado habitación para un par de noches, y tenían su propio apartamento al lado de la cocina.

Al jubilarse tan pronto, al cabo de unos años echaron de menos un poco de actividad y decidieron convertir su casa en un oasis para viajeros.

La casa entera olía a fresas. No sé cómo, pero, de alguna manera, Gladys y Claude habían logrado cultivar sus propias fresas y, cuando llegué por la tarde, estaban preparando mermelada.

El delicioso aroma era el mejor recibimiento para los huéspedes que regresaban de sus excursiones por la noche.

Por la mañana, disfruté del fruto de su esfuerzo en el jardín, rodeada de macetas rebosantes de flores. Los huevos venían acompañados de pan crujiente, un vaso grande de zumo de naranja recién exprimido, jamón ibérico y la mermelada casera.

La bonita y acogedora casa de dos plantas se alzaba a mis espaldas, y por un instante sentí que podría vivir en un sitio como aquel.

Sí, ¿por qué no? Esta era siempre la primera señal de que me encontraba a gusto en un lugar.

Si podía imaginarme viviendo allí, estaba claro que podía disfrutar de unas vacaciones.

Aunque en realidad no estaba de vacaciones, porque el encargo de mi madre pesaba sobre mí.

Cuando Gladys se acercó para servirme más café con leche, aproveché para preguntarle por la casa, y ella me contó que no era muy antigua, como quitándole importancia, algo que los europeos suelen hacer con cualquier cosa que no haya sido construida antes del Renacimiento:

—Aunque tiene doscientos años y fue una de las primeras casas de La Palma en tener electricidad, hacia finales del siglo diecinueve —añadió con orgullo.

Sorprendida, traté de imaginarme cómo debió de ser para mi bisabuela pasar de tener electricidad y calles pavimentadas en La Palma a vivir en el campo en Cuba.

La electricidad aún no había llegado a casa de mi abuelo cuando yo me fui en 1979, casi un siglo después de la llegada de «los isleños», como se llamaba en Cuba a los venidos de las Canarias.

Eché un vistazo al reloj: ya era casi mediodía. Si no llegaba al Registro pronto, podría dar la jornada laboral por perdida.

El día era claro y soleado, de los que invitan a pasear.

En cuanto eché a andar, sonó una pequeña alarma en mi cerebro y recordé que aún no sabía si el periódico había publicado el reportaje sobre los refugiados rescatados frente a las costas de Tenerife.

Lo encontré en la página cinco. Los editores habían recortado al menos cuatro párrafos, pero lo habían hecho de forma elegante, y yo estaba acostumbrada a los cambios.

A lo que nunca iba a acostumbrarme era a las desgarradoras historias de los inmigrantes y los refugiados, y me alegraba de que fuera así.

¿Qué clase de reportera sería si me hubiera olvidado ya de la niñita de la morgue?

Supongo que es como ser médico y trabajar en Urgencias.

Vas a ver al siguiente paciente porque es tu trabajo, pero eso no significa que te olvides del paciente al que no has podido salvar.

La primera vez que escribí un artículo sobre temas migratorios, en 1987, no fue algo intencionado.

Había salido a dar un paseo un viernes por la mañana, día de recogida de trastos viejos, en busca de algo que me llamara la atención.

En mi barrio de Miami, la gente tiraba cosas increíbles.

Yo era joven, recién casada y pobre. Nelson y yo ganábamos cuarenta y dos mil dólares entre los dos, así que apenas teníamos dinero para comprar muebles nuevos para nuestro primer apartamento, pequeño pero muy mono.

Y yo necesitaba un escritorio con urgencia.

Al ir mirando hacia el suelo, me fijé en unas letras grabadas en un trozo de acera quebrada por las raíces de un gigantesco roble, cuya copa cubría media calle.

La inscripción rezaba: TE QUIERO ALICIA 1957 .

¿Quién sería Alicia? ¿Quién la habría amado tanto como para dejar grabados sus sentimientos a la vista de todo el mundo?

Levanté la cabeza hacia la casa que había frente a la inscripción y me pregunté si Alicia seguiría viviendo allí.

Solo había un modo de averiguarlo. Llamé a la puerta y me abrió una mujer elegante que parecía rondar los cincuenta.

Una melena negra enmarcaba su rostro, que mantenía su aspecto juvenil.

Llevaba vaqueros oscuros y una camisa de manga larga de popelina blanca, todo impecablemente planchado.

Parecía una modelo de un anuncio de Carolina Herrera.

—¿Sí? —me preguntó sin acabar de abrir la puerta.

—¿Es usted Alicia? —le pregunté con la osadía que acompaña al que lleva un carnet de prensa y un cuaderno de notas, sin los cuales nunca salía de casa.