CATALINA #4
El canto lejano de un gallo, seguido de la respuesta de su propio gallo, la despertó unas horas después.
Luego oyó balar a las cabras y distinguió el sonido inconfundible de la leche al caer en el cubo.
Su hermana Lucía debía de estar ordeñándolas.
Durante toda su vida esos habían sido los sonidos que la habían despertado cada mañana, pero hoy le sonaban distintos: amplificados y más valiosos.
Guardó silencio, esperando oír más. Quería atesorar cada uno de esos sonidos para no olvidar nunca de dónde venía y, tal vez algún día, poder regresar.
Un leve aroma a café y de pan caliente hizo que se diera cuenta de que tenía hambre.
Miró hacia el otro lado de la cama, pero su madre ya se había levantado.
Carmen empezó a quejarse en el moisés y Catalina trató de darle el pecho.
Se abrió el camisón y colocó un pezón en la boca hambrienta de su hija, pero la pequeña lo rechazó.
Catalina pensó que su leche se habría agriado por la angustia.
Era inútil, su pequeña no quería mamar. Con resignación y algo de tristeza, Catalina volvió a guardarse los pechos.
Besó a su hija en la frente, se vistió y bajó la escalera para poner a hervir un poco de leche de cabra.
Las maletas ya estaban preparadas junto a la puerta.
Antonio le había rogado que llevara poco equipaje y le prometió que podría comprarse todos los vestidos que quisiera en Caibarién, su destino en Cuba.
Le gustaba el nombre del pueblo. No tenía ningún significado para ella, pero su marido lo había descrito con tanto amor y detalle que, a pesar de las pocas ganas que tenía de marcharse, sentía cierta ilusión por ver la casa.
Antonio la había descrito como amplia, soleada y situada junto a la iglesia en la plaza del pueblo, y ella se imaginaba cómo sería la vida junto al mar.
No podía evitar sentir un poco de emoción, aunque fuera a vivir esa vida con Antonio y no con Juan.
Pensar en él volvió a ponerla nerviosa. Le parecía maravilloso ser amada con tanta pasión y poder devolver ese amor de la misma manera, pero al mismo tiempo le daba miedo porque no sabía hasta dónde sería capaz de llegar. Él no tenía nada que perder, no como ella, que podía perder mucho.
Pero ¿y si no perdía nada? ¿Y si ganaba? ¿Y si al final podía vivir en Cuba con él y con Carmen y ser felices para siempre?
Sus hermanas la apartaron de sus pensamientos al acercarse para ayudarla con la niña, de modo que pudiera terminar de arreglarse.
Pero Catalina ya estaba lista o, al menos, vestida para el viaje.
En ese momento, Antonio entró en la cocina con una flor de hibisco amarilla que había cortado en el jardín.
—Quiero que te la pongas en el pelo. Te quedará muy bien.
Catalina se ruborizó y le dio las gracias.
A pesar de sus salidas de tono ocasionales, era un hombre amable.
¿Por qué entonces no podía amarlo? Llevaba el mismo traje marrón que se había puesto para pedir su mano y el día de la boda, y jugueteaba con el borde del sombrero, nervioso.
Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente.
—¿Has dormido bien?
Ella no respondió, porque, ¿qué iba a decirle? Empezaba a entender que a veces era preferible el silencio a una palabra desagradable.
La familia al completo se reunió para el desayuno de despedida.
Debería haber sido una ocasión triste, pero las hermanas de Catalina se aseguraron de que no lo fuera.
Mantuvieron la conversación viva y ligera y no dejaron de bromear, así que, cuando llegó la hora de irse, Catalina se sintió casi aliviada.
Una vez fuera de casa, ya no tendría que disimular que se sentía morir por dentro.
Catalina las abrazó una por una, aunque a Simona, con la que tenía más trato y confianza, la abrazó con más fuerza.
Fue incapaz de decirle ni una palabra. Para sorpresa de Catalina, al llegar el turno de su madre vio que tenía las mejillas empapadas.
Solo la había visto llorar una vez, cuando murió su marido.
Inés María dibujó la señal de la cruz en la frente de su hija, pero cuando trató de hacer lo mismo con Carmen, el bebé no se dejó.
—Que Dios y todos los santos os protejan y os guíen —las bendijo igualmente.
—Cuida de madre —le dijo a Lucía, que pronto sería la única que quedaría en la casa junto a Inés María.
Catalina se quitó del cabello la flor que Antonio le había regalado y se la puso a Lucía detrás de la oreja. Sin decir más, se dio la vuelta y subió al carro tirado por mulas donde la aguardaba su marido. Antonio había contratado a un mozo de la zona para que los llevara al puerto.
Sus hermanas los despidieron con la mano durante un buen rato, pero su madre permaneció inmóvil, con una expresión de tristeza y temor en el rostro.
Catalina iba mirando hacia atrás, contemplando a su familia, los campos que antaño estaban llenos de vida, el lugar donde se alzaba el cobertizo, detrás de la casa y, en la distancia, el bosque donde había conocido el amor.
Pasaron frente a la escuela en la que había visto a Juan por primera vez y por la iglesia donde lo vio por última vez.
Y también divisó al pasar el rincón sombrío del cementerio donde su padre reposaba eternamente bajo un abedul.
Su familia ya era solo un punto en la distancia.
A su espalda, a través de las lágrimas, distinguió el camino que llevaba a la cabaña de Juan, empequeñecida por la siempre imponente presencia de la Roca.