CATALINA #3
Las lágrimas le caían sobre el pecho cuando Catalina volvió a coger a su hija de los brazos de Juan.
Le secó la carita con un pañuelo y le alisó los faldones.
Intentó decir algo, pero el nudo en su garganta, oprimida por las emociones, era tan doloroso que no se atrevió a abrir la boca.
Observó a Juan con detenimiento, como si quisiera memorizar cada detalle: el modo en que sus rizos oscuros caían sobre los ojos, que se le empequeñecían al sonreír; la nariz delineada a la perfección; los labios que tanto deseaba...
La frente, amplia y marcada por dos profundas arrugas que aportaban carácter a su rostro aniñado.
El torso, duro y fuerte, igual que los brazos, donde tantas veces había encontrado calidez y consuelo...
Se dio media vuelta, con los ojos cuajados de lágrimas, pero Juan la sujetó por el hombro e hizo que volviera a mirarlo.
—Esto no es una despedida, Catalina. Te veré a bordo dentro de unos días —le aseguró.
Catalina iba a decirle que estaba loco, o que era una imprudencia, o que no debería hacerlo, pero no quería que esas fueran las últimas palabras que le dirigiera.
Por eso no dijo nada y se alejó a toda prisa, segura de que no volvería a verlo nunca más, pero sin perder la esperanza de estar equivocada.
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad y emociones.
Catalina preparaba el equipaje, preocupada por la travesía.
Sus hermanas iban de aquí para allá y su madre se entretenía en la cocina, preparando platos elaborados y, en especial, el postre favorito de su hija mayor: buñuelos de gofio.
La casa entera olía a azúcar, canela y almendras tostadas, pero también a lágrimas, tristeza y desesperación.
Lucía se ocupaba de las tareas de la granja, mientras Simona se entregaba a los preparativos de su boda con Ramiro.
Durante la última comida que compartieron, Catalina estuvo casi todo el rato ausente de la mesa ocupándose de Carmen, que no se calmaba ni de noche ni de día. No hacía más que llorar, como si sintiera que estaba a punto de ser desarraigada.
La última noche, tumbada en su cama, Catalina fue incapaz de dormir.
En unas horas abandonaría el único hogar que había conocido, quizá para no volver nunca más.
El cuerpo le dolía de tanto permanecer quieta, pero su mente no dejaba de ordenarle que se levantara de la cama y echara a correr, correr, correr.
Inés María seguía durmiendo a su lado, como llevaba haciendo desde que nació Carmen.
Catalina contempló con cariño cómo dormía su madre, con la cara cubierta por un brazo.
Quería tocarla, pero no se atrevió por miedo a despertarla.
Se preguntó si volvería a verla alguna vez, y rápidamente apartó la mirada. Era una idea demasiado dolorosa.
No solo le preocupaba el viaje, sino también lo que la aguardaba en Cuba, la isla mítica sobre la que había oído tantas historias.
Y su vida junto a Antonio, que se mostraba menos paciente con ella desde el nacimiento de Carmen.
No podía evitar preguntarse cómo se comportaría cuando estuvieran en otro país, lejos de su familia.
Aunque lo que más la inquietaba era el loco plan de Juan de viajar con ellos.
¿Cómo pensaba hacerlo? ¿De dónde sacaría el dinero para comprar el pasaje y cómo se las iba a arreglar para que Antonio no lo descubriera?
En ese momento, se dio cuenta de que Antonio no conocía a Juan. Sin duda eso facilitaría las cosas, pero ¿cómo reaccionaría ella si se topaba con él en el barco? Catalina sacudió la cabeza como si quisiera arrancarse esos pensamientos de la mente.
Echó un vistazo al moisés que tenía al lado y sonrió.
Su hija había dejado de quejarse por fin y ahora dormía profundamente, como solo pueden hacerlo los bebés que se han agotado de tanto llorar.
A estas alturas, el simple hecho de pensar que sería incapaz de amar a un hijo de Antonio le parecía inconcebible.
Su hija era suya, un trozo de su carne, de su cuerpo, su corazón y su alma.
La alimentaba y se ocupaba de todas sus necesidades.
Era gracias a ella que tenía esos mofletes rechonchitos y las muñecas rollizas.
Ella era la única responsable de su supervivencia, y pensaba hacer todo lo que estuviera en su mano para que las cosas siguieran así.
Y, sin embargo, durante las dos últimas semanas, cada vez que trataba de darle el pecho a su hija, ella la rechazaba.
Cuanto menos mamaba, menos leche producía Catalina y, cuanta menos producía, más hambrienta estaba Carmen.
Era un círculo vicioso que no sabía cómo romper.
Doña Inés había empezado a alimentar a su nieta con un paño mojado en leche de cabra.
Era un proceso laborioso, ya que primero había que hervir el paño para asegurarse de que estaba impoluto.
Luego lo sumergía en leche y, gota a gota, lo iba escurriendo en la boca del bebé, como si fuera un pajarillo.
Pero Carmen era ya un poco mayor para eso y su apetito no se saciaba con tan poca cosa.
Quería más y lo quería con urgencia. Así que habían recurrido a alimentarla con plátanos chafados con leche de cabra enriquecida con gofio, y parecía que a la niña le gustaba, porque lo había aceptado bien.
Catalina no tenía intención de contratar a una nodriza, pero tuvo que admitir a su pesar que tal vez la necesitaría.
Y quizá necesitaría ayuda con otras cosas una vez se instalara en Cuba.
Suspiró casi sin darse cuenta. Iba a echar de menos a su madre, pero a sus hermanas todavía más.
Ellas eran sus confidentes y las guardianas de sus recuerdos.
Cuando las miraba, veía su propia vida desplegarse ante sus ojos.
Recordaba el día en que se cayó en una zanja y nadie la veía ni la oía, pero Simona la encontró.
Dijo que la había localizado por el olfato, y desde ese día la familia había bromeado sobre los apestosos pies de Catalina, que le habían salvado la vida.
También recordaba el primer día de clase, muchos años atrás, cuando Juan entró acompañado de su hermana Ana.
Pero, sin duda alguna, el recuerdo más valioso que guardaba era el del día en que Juan la besó por primera vez.
Catalina se estremeció. Daba igual en qué pensara; sus pensamientos siempre acababan yendo a parar a Juan. Su madre se movió a su lado y, en un instante, estaba lista para encarar el día, como siempre.
—¿Es la hora ya? ¿Qué hora es?
—No, madre. Todavía es noche cerrada. Sigue durmiendo.
Su madre tiró de ella y la envolvió en un abrazo, cálido e íntimo. Catalina no recordaba la última vez que la había abrazado así.
—Sé que no quieres irte —susurró—, pero eres una mujer casada y tu marido es un buen hombre.
Tendrás una buena vida. Mejor que la de tus hermanas, ahora que la finca está hecha un desastre y sin tu padre que ponga orden.
Algún día vendrás a visitarnos y, quién sabe, tal vez vaya a verte yo alguna vez.
Inés María no era una mujer que hablara mucho, solo lo hacía cuando era necesario.
La calidez de sus palabras y de su abrazo tomó a Catalina por sorpresa y derribó sus defensas.
En brazos de su madre, lloró durante un buen rato.
Lo último que oyó antes de quedarse dormida fue el sonido tranquilizador de la voz de Inés María animándola a ser valiente y asegurándole que Dios y la Virgen de la Candelaria la protegerían siempre.
Con el contacto de la cálida mano de su madre en la frente, Catalina cayó por fin en un sueño profundo.