La memoria de las olas CATALINA #2
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CATALINA #2

Al entender lo que su hermana le estaba diciendo, Catalina enderezó la espalda de inmediato.

—¿Todo el mundo? —repitió de manera retórica.

—Sí —confirmó Simona—. Esta mañana, en la iglesia, todo el mundo hablaba del tema. El padre Jacinto quiere verte antes de que te marches.

—Ah, ¿sí?

—Y también quiere ver al bebé. Lleva meses sin verla —recalcó Simona con toda intención.

A Lucía se le escapó un ruidito, como si se aclarara la garganta.

—Quiere decir desde el bautismo, claro —agregó enseguida.

—¿Y cuándo quiere verme el padre Jacinto? —Catalina esperaba estar entendiendo bien el mensaje de sus hermanas.

—Mañana, después de la misa —respondieron al mismo tiempo.

—Vale. Decidle al padre Jacinto que ahí estaré.

—Con el bebé —insistió Lucía—. No te olvides de Carmen.

Como si la hubiera oído, la pequeña se despertó y empezó a llorar de hambre.

—Oh, se me olvidaba —añadió Lucía—. El barco no lleva el nombre de la patrona de La Rioja.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Simona, aunque se arrepintió al instante; no quería que la conversación volviera a ese barco y a la maldición que parecía perseguirlo.

—Porque no se escribe así. El nombre de la Virgen lleva dos uves, pero el del barco una uve y una be. Está mal escrito, es obvio.

—Ya veo. —Catalina se llevó a la pequeña al pecho con una mano y con la otra guio el pezón oscuro e hinchado hacia su boquita—. ¿Y eso importa?

—No —respondió Lucía con despreocupación—, a menos que seas supersticiosa...

Simona la sacó de la habitación a empujones y cerró la puerta a su espalda. Desde la cama, Catalina las oyó discutir en el pasillo y llegó a la conclusión de que sí, ella era supersticiosa.

Por la mañana, Catalina se arregló un poco más de lo habitual.

Se puso uno de sus vestidos negros y envolvió el cuerpecito de Carmen con la mantita más cálida que tenía.

Era verano, pero el tiempo era tan imprevisible en la isla que había que salir preparado para cualquier cosa.

Cuando bajó la escalera, se alegró al ver que Antonio se había marchado ya a la capital para una de sus reuniones de negocios.

—¿Adónde vas? —le preguntó su madre desde la cocina.

—Voy a la iglesia, madre. El padre Jacinto quiere vernos a la niña y a mí antes de que nos vayamos.

—Sí, eso me dijeron tus hermanas. —Inés entró en el salón secándose las manos en el delantal—. ¿Quieres que os acompañe?

—Oh, no, no, no.

Su respuesta fue tan enfática que doña Inés empezó a desatarse el delantal. Catalina necesitaba pensar en una excusa, y tenía que hacerlo con rapidez.

—Quería decir que no hace falta. La verdad es que tengo que empezar a acostumbrarme a hacer las cosas sola. Pronto estaré lejos de ti y entonces no me quedará más remedio.

Su madre había acabado de quitarse el delantal y permanecía inmóvil y erguida frente a ella.

—De acuerdo, pero os acompañaré de todos modos hasta la iglesia. Necesito varias cosas del mercado y hoy todavía no he ido a visitar a tu padre.

Ante eso, Catalina no supo qué decir.

Madre e hija salieron de la casa juntas y cerraron la puerta antes de alejarse.

El día era espectacular. Probablemente la temperatura subiría a medida que avanzara la mañana, pero en esos momentos el sol estaba medio escondido y su luz apenas atravesaba las enormes nubes, aunque sus bordes brillaban como si hubiera un incendio en la distancia.

La noche anterior había llovido y el aire estaba limpio, como recién estrenado.

La brisa balanceaba las ramas de los pinos en lo alto de las montañas, antes de emprender el descenso hacia el minúsculo valle.

Las flores silvestres salpicaban los campos de amarillo, azul y blanco hasta donde alcanzaba la vista, y detrás de todo ello, como un ancla que fijara no solo su finca, sino todo su universo, se alzaba la Roca, tan silenciosa e imperturbable como siempre.

Los pájaros se daban serenatas unos a otros en lo alto de los árboles, y la grava crujía como un murmullo bajo sus pies mientras ascendían la ligera cuesta que llevaba a la iglesia.

Inés María rompió el silencio.

—¿Estás preocupada por el viaje?

—Un poco —admitió Catalina—, pero también me hace ilusión.

—A tu padre le habría gustado acompañarte hasta el barco, verte dar los primeros pasos de tu nueva vida.

Inés María se esforzó por contener las lágrimas que asomaban a sus ojos cada vez que mencionaba a su difunto marido.

—¿Qué se siente al estar en alta mar? ¿Te acuerdas? —le preguntó Catalina para zanjar el tema, mientras se cambiaba al bebé de brazo.

—Oh, sí, claro que me acuerdo. Es inmenso. Tan grande e infinito que ni te lo imaginas. El agua está fría, incluso en verano, muy salada y trasparente, pero solo de cerca. Desde lejos a veces se ve azul, verde, gris o incluso negra, dependiendo del tiempo...

Inés María le estaba describiendo el mar de su Cantabria natal, no el que las rodeaba.

—Ya estamos aquí. —Catalina la interrumpió y se quedó inmóvil frente a la iglesia de piedra.

Su madre le dirigió una mirada inquisitoria, pero mantuvo los labios sellados. Se inclinó y acarició la frente de su nieta con cariño, sin apartar la vista de su hija.

—Sí, aquí estamos —subrayó—. Nos vemos luego en casa.

Apretó la mano de su hija antes de alejarse.

Catalina cerró los ojos para concentrarse en el momento. Si había interpretado bien el mensaje de sus hermanas, el hombre al que amaba se encontraba tras las puertas de la iglesia.

Empujó la pesada puerta, que, como siempre, estaba abierta, y cruzó el umbral de madera.

Dentro se estaba fresco, casi a oscuras, y Catalina detectó de inmediato la mezcla de olores: sudor, incienso, gladiolos medio marchitos...

Aguardó unos instantes a que su vista se acostumbrara a la oscuridad.

Unas cuantas mujeres rezaban cerca del altar, con las cabezas inclinadas y cubiertas por mantillas.

Ella también llevaba la suya, pero no era fácil mantenerla en su sitio con un bebé en brazos.

Avanzó unos pasos, sin saber hacia dónde dirigirse.

A mitad de la nave oyó un silbido casi imperceptible a su espalda, a la derecha. Provenía de una capillita.

Catalina volvió sobre sus pasos, haciendo un gran esfuerzo para no echar a correr hacia Juan. El eco de la nave amplificaba el taconeo de sus pasos impacientes.

No necesitó abrir la puerta. Él la abrió y tiró de ella en cuanto estuvo a su alcance.

La abrazó con fuerza, tanta que el bebé se despertó y se puso a llorar.

Juan liberó a Catalina, pero siguió sujetándola por los antebrazos.

Al bajar la vista hacia el bebé, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Catalina le acarició la mejilla mientras lo observaba con atención.

Le pareció que estaba más triste y que iba más desaliñado de lo habitual.

Llevaba el pelo muy alborotado y tenía la mirada cansada y febril, pero sus manos seguían siendo cálidas.

—Siempre pensé que algún día llevaría a tu hijo en mi vientre... —le dijo ella, pero no siguió hablando porque le pareció imprudente rendirse a sus deseos cuando su destino ya estaba sellado.

Juan, sin embargo, se mostró impertérrito.

—Y así será. —Acarició la cabecita de Carmen—. Es preciosa, igual que tú.

La pequeña dejó de llorar y fijó la mirada en Juan, como si quisiera aprenderse su rostro de memoria. Catalina y él compartieron una sonrisa.

—Le gustas —afirmó ella.

—Eso está bien, porque pronto estaremos juntos y yo seré el único padre que conozca.

A Catalina se le aceleró el corazón.

—¿Qué quieres decir, Juan? ¿Qué te propones? Por favor, cuéntamelo...

—Me voy a Cuba contigo —respondió él con calma.

Catalina retrocedió como si la hubiera golpeado con un atizador al rojo vivo.

—Pero... ¡no puedes hacer eso!

—Lo que no puedo es vivir sin ti ni obligarte a quedarte aquí, así que no queda otro remedio. Te lo dije, siempre estaré a tu lado, Catalina.

—Pero, Juan, no puedes dejar sola a tu hermana... Además, ahora soy una mujer casada, soy madre. ¿Qué le diremos a Antonio si te ve? ¿Y si...?

Juan no la dejó seguir hablando. La atrajo hacia él y acarició sus rizos, aspirando el aroma de su pelo.

—Ana me ha dado su bendición. Se irá a vivir con una pariente lejana que necesita ayuda. Y no olvides que podré enviarle dinero desde Cuba cuando empiece a trabajar. Por lo demás, no te preocupes. Sé cuidarme solo.

La acercó más a él y la besó con pasión.

Cuando profundizó el beso, Catalina le entregó el deseo que llevaba meses reprimiendo.

Juan bajó las manos hacia su espalda y siguió descendiendo hasta palpar las curvas de sus caderas bajo el vestido veraniego.

Catalina pensó que se desvanecería de placer, pero la pequeña Carmen se revolvió, inquieta entre sus brazos.

—Tengo que irme, Juan... —Catalina se liberó del abrazo—. Le toca comer y mi madre se preguntará por qué tardo tanto. Se supone que he venido a hablar con el padre Jacinto.

—¿Puedo? —Juan señaló a la niña.

—¿Quieres cargarla?

Él asintió, y ella la depositó en sus brazos con delicadeza. La sonrisa que se dibujó en el rostro de Juan fue tan amplia que sus ojos se le llenaron de arruguitas, y Catalina volvió a ver en él al niño travieso del que se enamoró.

—¡Qué ligera es!

No dijo nada más, pero a Catalina no se le escapó lo mucho que se esforzaba por controlar sus emociones. Ella también se sentía desconcertada. Quería apartar la vista, pero no podía dejar de mirar a su hija en brazos de Juan. ¡Cómo le habría gustado que esa fuera su familia!

—Voy a quererla siempre como si fuera mía, ya lo verás —dijo con la voz ronca, sin dejar de contemplar a la pequeña. Parecía estar prometiéndoselo a la propia Carmen en vez de a Catalina—. Porque es parte de ti —añadió alzando la vista hacia ella.