La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Catalina estaba de pie, en silencio, con la espalda apoyada en la pared de la cocina.

Su madre, sentada enfrente, ladeaba la cabeza —como siempre que escuchaba con atención— mientras se arrancaba hilos de la raída falda negra de manera mecánica.

Catalina forzaba el oído tratando de descifrar la conversación susurrada que tenía lugar al otro lado de la pared, pero solo distinguía algunas frases salpicadas sobre hectáreas de terreno, préstamos, la demanda creciente de plátanos y algo sobre café que no logró entender.

Tampoco necesitaba comprenderlo todo para saber que Antonio y el otro hombre, un comerciante venido de Cuba, estaban hablando sobre su futuro, un futuro del que no formarían parte ni su madre ni sus hermanas ni su hogar ni, por descontado, Juan.

Inspiró hondo, tal como le había enseñado a hacer su madre en momentos difíciles, y miró por la ventana en dirección a la tierra baldía y la gran roca que se alzaba al fondo.

A pesar de la promesa que su padre le había arrancado en su lecho de muerte, no quería irse a Cuba con Antonio, eso lo tenía muy claro.

Su corazón, joven pero lastimado, le pertenecía a otro hombre.

Y aunque había permitido que Antonio le hiciera el amor durante unos meses tras la boda, la noche que pasó con Juan en el bosque lo cambió todo; no había vuelto a ser la misma.

Al principio el médico le prescribió reposo absoluto para salvar al bebé, por lo que Antonio no se había atrevido a acariciarle nada más que la frente o la mano.

Después de que Carmen llegara al mundo sana, pero delgada y hambrienta, Catalina se volcó en alimentarla y en cuidar de su hija en exclusiva, hasta el punto de pedirle a Antonio que se cambiara de habitación con su madre, para que la ayudara también por las noches.

Dolido, pero de naturaleza optimista, Antonio accedió, en parte porque era evidente que doña Inés era la única capaz de ayudar con el bebé.

A solas con su madre y su hija, Catalina se permitía pensar en Juan, recordar su cuerpo en la oscuridad e imaginarse que trazaba el contorno de su espalda.

Sus besos no eran como los de Antonio, que la tocaba con cuidado y quería estar siempre seguro de que sus caricias la complacían.

Antonio la trataba con mucho tacto y con amor, como si estuviera hecha de porcelana y se pudiera romper entre sus manos rudas.

Juan, en cambio, usaba sus poderosos brazos y manos para hacerla sentir deseada.

Su impetuosidad encendía la pasión de Catalina, y el deseo que sentía por él no dejaba de crecer.

Algunas noches, mientras amamantaba a su bebé, le parecía oír su silbido desde su escondite. ¿Sería posible que siguiera esperándola? Sin duda sabía que no podía acudir a su llamada, ¿cómo iba a dejar sola a su hija?

Cuando el comerciante de Cuba se marchó, Antonio entró en la cocina.

—Ya está todo arreglado —comentó.

Catalina alzó las cejas para animarlo a seguir hablando.

—Un magnífico barco sale del puerto el veintiuno de agosto, lo que significa que ni siquiera tendremos que desplazarnos a otra isla.

Catalina sintió que se le cerraba la garganta y no podía hablar. Aunque, de haber podido, tampoco habría dicho nada que a Antonio le gustara escuchar.

—¿Tan pronto? —intervino Inés—. La niña es muy pequeña. ¿No podéis esperar a otro barco?

—Ya he comprado los billetes —replicó él con brusquedad, aunque a Catalina le pareció que era su modo de ocultar lo incómodo que se sentía.

Doña Inés, dolida, salió de la cocina a toda prisa.

—A mi madre no le falta razón —soltó Catalina tras aclararse la garganta.

—Catalina, Carmen tiene casi cuatro meses, edad suficiente para viajar. Como he dicho, los billetes ya están comprados, así que, por favor, prepara las cosas. Nos vamos con nuestra hija en dos semanas.

La miró a los ojos de un modo extraño, que a Catalina le resultó difícil de descifrar.

—Menos de dos semanas —se atrevió a replicar ella, antes de seguir el ejemplo de su madre y salir de la cocina.

Ese domingo, durante la cena, Antonio compartió sus planes con el resto de la familia y con el prometido de Simona, un joven amable llamado Ramiro Pérez a quien todos conocían y apreciaban desde que era un niño.

Antonio anunció que viajarían a bordo del Valbanera , un barco llamado así en honor a la patrona de La Rioja, la Virgen de Valvanera.

Llegaría a La Palma tras hacer escala en Málaga, Cádiz y otros puertos de las islas.

La Palma era su última parada antes de zarpar hacia Cuba.

—No hay duda de que el Valbanera es el buque más cómodo de la flota de la familia Pinillos —comentó Antonio mientras abría los brazos, como si quisiera abarcar la totalidad de su ego—.

La embarcación tiene distinciones de clase muy estrictas en sus camarotes.

Incluso la primera clase se divide en lujo, preferente y primera.

He reservado dos camarotes de lujo, uno para nosotros y otro más pequeño para el bebé y la nodriza que viajará con nosotros.

Catalina trató de hablar, pero una vez más no le salió la voz. Empezó a sudar. Le temblaban las manos y el corazón le latía desbocado.

«¿Una nodriza?».

—Ya me he ocupado de todo. —Antonio le tomó la mano.

Simona y Lucía se volvieron hacia su hermana para ver su reacción, mientras su madre permanecía con la vista clavada en el plato. Ella tampoco entendía lo de la nodriza; en su familia las cosas no se hacían así. Inés María había alimentado a sus hijas, igual que su madre había hecho con ella.

Sin darse cuenta de la incomodidad que sus palabras estaban generando, Antonio siguió detallando las características más destacadas de la nave, como que la construyeron en unos astilleros escoceses y que, con sus ciento veintidós metros de eslora, podía cargar más del doble de su peso, es decir, doce toneladas y media de mercancías y mil doscientos pasajeros.

Las hermanas de Catalina parecían fascinadas por los detalles de la embarcación, pero su madre no se dejaba impresionar con tanta facilidad.

—¿El Valbanera no es el barco donde murió toda aquella gente que venía de Cuba? —preguntó en voz baja, sin apartar la vista de la comida que no había probado.

Alrededor de la mesa se hizo un silencio más denso que la niebla que descendía montañas abajo.

Antonio hizo una pausa, pero finalmente siguió hablando, impertérrito.

—Bueno, sí, pero eso no fue culpa del barco, sino del capitán, y ya lo han sustituido por otro. Y no solo a él, casi toda la tripulación es nueva. Lo sé de buena tinta.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —Catalina se sorprendió al hacer esa pregunta, convencida de que a su marido le parecería muy inoportuna.

—¿Disculpa?

Lucía decidió intervenir:

—Salió en los periódicos —dijo interrumpiendo a su cuñado, y siguió hablando.

Les contó que la familia Pinillos había impulsado una campaña de relaciones públicas para restablecer la confianza de los clientes en el Valbanera , después de que el buque regresara de La Habana un mes atrás cargado de enfermos contagiados por la pandemia de gripe.

Llevaba mil seiscientos pasajeros, cuatrocientos más de los estipulados por ley.

Al menos treinta personas murieron a bordo, incluidos los cinco hijos de una mujer cuya triste historia había sido recogida por la prensa en todos los rincones de España.

Los supervivientes contaron que las condiciones a bordo habían sido infames, que habían viajado como sardinas en lata y que no había suficiente comida para todos.

Mientras escuchaba, muy seria, Catalina pensó en la terrible muerte de su padre, así como en la de la madre y el hermano de Juan. ¿Sería posible que sus muertes se debieran también a la epidemia de gripe? ¿Habría llegado a la isla sin que se enteraran?

—¿Qué pasó con los cuerpos de los que murieron durante el viaje? —preguntó Catalina.

—Los lanzaron por la borda —respondió Lucía.

Al oírla, doña Inés, que nunca les había contado que el cuerpo de su padre también fue lanzado al mar, se levantó de la mesa y empezó a recoger los platos.

Sus hijas siguieron su ejemplo y la ayudaron, excepto Catalina, que permaneció sentada junto a Antonio, al que se veía dolido por la franqueza de Lucía.

El prometido de Simona, sentado frente a ellos, se encendió un puro y le ofreció otro a Antonio, que lo aceptó encantado.

—No me encuentro bien —anunció Catalina antes de levantarse.

Las papas arrugadas que tanto le gustaban le habían caído en el estómago como piedras. La carne, que ni siquiera había probado, estaba fría y sanguinolenta en el plato, y la grasa de los dos trocitos que había llegado a cortar parecía gelatina.

Cuando la asaltaron las náuseas, se excusó.

Antonio hizo ademán de seguirla, pero ella lo impidió sujetándole el brazo con decisión.

—No hace falta —le aseguró antes de subir a su habitación a toda prisa.

Tras echarse agua en la cara, se sentó en la cama y contempló a Carmen, que dormía tranquila en un capazo, sobre la cama, con el pulgar en la boca. Catalina apoyó la frente en el cabecero y cerró los ojos.

Simona llamó a la puerta con cuidado de no despertar al bebé y entró en la habitación. Se sentó junto a su hermana y le rodeó los hombros con el brazo.

—No le hagas caso a Lucía. No habrá problemas con el barco; Antonio hace bien las cosas.

Pero a Catalina no le preocupaba la reputación del barco. Lo que le disgustaba era saber que los acompañaría una nodriza.

—Estoy segura de que su intención es pasar más tiempo contigo. Puede que te siente bien. —Esa era Simona, siempre conciliadora.

—¿En qué crees que va a ayudarme estar lejos de mi hija? —Catalina seguía herida—. Da igual, no tengo elección...

En ese momento, Lucía también entró en la habitación con la cabeza gacha, un poco triste por haber enrarecido el ambiente con sus historias de tragedias en el mar. Abrazó a Catalina desde atrás y le apoyó la cabeza en la espalda.

—Todo el mundo sabe ya que te marchas —dijo en voz baja.