MARA #2
Alzó una ceja, un gesto que ella usa a menudo para invitarte a seguir hablando sin pronunciar palabra.
Así que le conté que la funcionaria del Registro Civil me había llamado para decirme que no había encontrado nada con la información que le había facilitado, y que luego me había sugerido que lo intentara en la otra Santa Cruz, la capital de La Palma.
—Por eso he decidido quedarme y averiguar de dónde era mi bisabuela. Necesito encontrar su certificado de nacimiento y llevárselo a mi madre.
—Tu madre y tú sois tal para cual —sentenció mientras atacaba el postre que acababan de servirle.
Con los ojos entornados, clavé el tenedor en el bienmesabe de mi amiga, un mejunje de almendra dulce que estaba demasiado bueno para que se lo tomara ella sola.
Yo no lo había pedido porque, una vez más, estaba a dieta.
Riendo, Nina me dio su postre para que me lo acabara y se pidió otro para ella sola, porque no soportaba compartir la comida.
Al día siguiente fuimos en taxi al aeropuerto.
Nina regresó a Madrid, pero yo embarqué en un avión pequeño que me llevó a La Palma, situada al oeste del archipiélago.
En una guía había leído que La Palma no era de las islas más conocidas por los turistas, que solían decantarse por las más grandes, como Tenerife y Gran Canaria.
A pesar de ello, el autor de la guía no escatimaba elogios hacia la belleza natural de La Palma y recomendaba recorrerla a pie para conocerla mejor.
Me llamó la atención que mencionara también el Museo de la Seda.
¿Coincidencia? Probablemente no. Tampoco era mucho, pero era un comienzo.
Además, la guía señalaba que La Palma tiene una ley muy peculiar —llamada «el derecho al cielo»— en defensa del cielo nocturno, donde se recogen una serie de normas para moderar la luz artificial en la isla con el objetivo de que todo el mundo pueda disfrutar de las estrellas.
Me pareció una idea maravillosa y mi interés por la isla aumentó al instante.
Cuando el avión despegó del aeropuerto de Tenerife, miré por la ventana.
Desde el cielo no sentí miedo, sino admiración.
Tenerife me recordó a Cuba, verde y exuberante, pero con espacios desérticos y montañas que parecían brotar directamente del océano.
Ese es el mayor atractivo de las islas: la forma en que los límites entre el mar y la tierra se desdibujan constantemente, haciendo que los isleños estemos en constante movimiento.
¿Vamos o venimos? ¿Nos vamos o llegamos?
En una isla no hay estabilidad, y eso es justo lo que la convierte en un lugar peligroso pero atractivo.
Sentí una punzada en el corazón y me pregunté si no habría llegado el momento de regresar a Cuba de visita.
Tras cuatro décadas de ausencia, estas islas me estaban recordando a la mía, lo que despertó en mí el dolor por haber tenido que abandonar el único lugar que, hasta hoy, he considerado mi hogar.
Antes de poder acomodarme en el avión, el capitán anunció que íbamos a aterrizar.
Solo había pasado media hora; creo que fue el vuelo más corto de mi vida.
Intenté distinguir algunos de los rasgos de la isla a la que nos acercábamos.
Enseguida entendí por qué la llamaban «la isla bonita».
Su belleza saltaba a la vista, en los riscos que emergían del agua, impetuosos, como los colmillos de un lobo, o en el degradado de verdes que brillaban en la distancia.
No pude evitar pensar en mi madre. Aunque su color favorito es el azul cobalto, siempre ha dicho que el color más intrigante es el verde.
«La gente cree que todos los árboles son del mismo color, pero míralos bien, ¡mira esas hojas!
», solía exclamar. Fue la primera persona que me enseñó a fijarme en los detalles, años antes de que mi editor sureño me inculcara la importancia de percibir bien las cosas.
Y eso estaba haciendo ahora, fijarme en cada detalle.
Las sinuosas carreteras cruzaban la isla como los nervios de las hojas de los árboles.
Cuando una nube rosada se desvaneció a mi derecha, vi la cima del famoso Roque de los Muchachos, donde se encuentra el observatorio astronómico que acoge telescopios de toda Europa con un objetivo común: descifrar los misterios del universo.
Había leído que La Palma era la más verde de las ocho islas principales que forman este misterioso archipiélago, conocido como «las islas afortunadas».
Se cree que sus primeros habitantes, los guanches, están emparentados con los bereberes del norte de África.
Su herencia genética era una mezcla interesante y su color de piel iba desde un aceitunado claro al marrón más oscuro.
Años atrás, mi hijo me había regalado un test de una web de herencia genética.
Tal como se me pedía, escupí en un tubo y lo envié a la dirección que se indicaba en el sobre.
Aunque era un tema en el que nunca había pensado, reconozco que abrí los resultados con ilusión.
Según mi análisis de ADN, tengo un treinta y ocho por ciento de herencia inglesa —tal vez eso justificaba mi apellido—, un cuarenta y dos por ciento de la península ibérica y un doce por ciento del norte de África, con algunos rastros de sangre judía y senegalesa en la mezcla.
En aquel momento, pensé que la herencia genética del norte de África probablemente me venía de algún antepasado español, teniendo en cuenta la ocupación musulmana de España durante setecientos años.
Pero esta nueva información acerca de las Canarias me estaba haciendo replantear mi acervo genético.
Tal vez mis genes norteafricanos me habían llegado a través de mi bisabuela.
Por lo poco que sabía de ella, no podía descartar que fuera descendiente directa de los habitantes originales de las islas.
¿Me revelaría La Palma algo más sobre ella?
¿O tal vez sobre mí? Esa posibilidad me resultaba más intrigante todavía.
Lo cierto es que cada vez me preocupaba menos lo de conseguir el certificado de nacimiento que me había pedido mi madre.
Lo que me llamaba la atención en realidad era descubrir qué conexión tenía mi familia con estas islas.
Por supuesto, si lograba las dos cosas, mejor que mejor.
Cuanto más leía sobre las Canarias, más me preguntaba qué habría impulsado a mi bisabuela a abandonar un lugar tan idílico en dirección a un lugar desconocido al otro lado del océano.
¿Sería el miedo o el hambre? Esos son los dos principales motivos que impulsan a emigrar, al menos en mi experiencia, pero quizá en vez de huir de algo había perseguido alguna cosa, como la promesa de un amor...
Eso sería interesante. Recordé que había leído en alguna parte una descripción de La Palma como la isla en forma de corazón que palpitaba con el fuego que le corría por las venas.