La memoria de las olas MARA
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MARA

M ARA

La preocupación que sentía por los planes de Dylan condujo mis pensamientos hasta mi madre, por esos caminos tortuosos en que nuestra mente salta de un ser querido a otro sin regresar nunca al punto de partida.

Volví a preguntarme por qué quería pedir la nacionalidad en un país que apenas conocía.

Si la memoria no me engañaba, Mima había visitado España un par de veces y le había gustado, pero mudarse a vivir aquí era otra cosa.

¿Habría sentido el impulso de cerrar el círculo regresando a la tierra de sus ancestros?

¿Tan fuerte era la llamada de la sangre y la historia?

Y en caso de ser así, ¿sería esa la causa por la que yo también había acabado en España?

Lo cierto es que nunca había tenido muy presente a la familia de mi madre.

A pesar de que ella mencionaba a menudo a su abuela, estaba segura de que nunca la había visto, ni siquiera en una foto.

Mi progenitora siempre decía que su abuela tenía un miedo ancestral a las máquinas y a todo lo que implicara el uso de la tecnología, ya que lo consideraba «magia negra».

Cuando mi madre era pequeña, había familias que se ponían sus mejores galas para que un fotógrafo les hiciera un retrato, pero su abuela nunca lo permitió.

Le parecía una ordinariez y consideraba que un hombre que se cubría la cabeza con un trozo de tela para manejar un artilugio no era de fiar.

Tampoco entendía la necesidad de dejar una imagen de nuestro paso por la vida si el fin de todos era morir.

¿Por qué cargar con el peso de la memoria a los que vendrían después?

En la única foto que tengo de mi madre antes de que conociera a mi padre, se la ve sentada bajo las ramas de un mango mientras le da el biberón a una cabrita huérfana.

Lleva unas zapatillas de lona sorprendentemente blancas y un vestido claro, que podría ser blanco, con el cuello alto.

Lo que más me sorprende de esa imagen es que la tierra del lugar donde mi madre nació era roja como la arcilla.

Mi madre debía de tener unos trece años en esa foto.

Está mirando a la cámara con una tímida sonrisa que empezaba a adivinarse en el lado derecho de la cara, pero al lado izquierdo no le dio tiempo de ponerse al día antes de que se disparara el obturador.

Me dijo que no se acordaba de quién había sacado la foto, pero que su abuela trató de impedirlo.

De hecho, en el extremo izquierdo de la imagen en blanco y negro hay una zona borrosa.

Mi madre me dijo que se trataba de la mano de su abuela, que había tratado de interponerse entre su nieta y la lente de la cámara.

Como la mayoría de las fotos antiguas, esta se ha difuminado un poco.

Mi madre la guarda en su habitación, en un marco de plata.

La sombra borrosa de la esquina es la única imagen que conserva de la mujer que la crio, la abuela cuya lejana existencia podría ser la clave para que mi madre obtenga la nacionalidad de un país donde no ha vivido nunca, pero que debe de llevar consigo en el tuétano de sus huesos, como quien lleva la huella de un amor perdido.

Me levanté de la cama del hotel donde me había refugiado, saqué del bolso los mapas y libros que había comprado para la investigación y me instalé en el pequeño escritorio que había bajo la ventana.

Tenía que tomarme la petición de mi madre en serio, como si fuera un encargo del periódico, o no la llevaría a cabo nunca.

Abrí un libro sobre las islas Canarias para aprender un poco más sobre la variedad geográfica del archipiélago.

Leí que había más de treinta volcanes latentes debajo de cada isla, como un cúmulo de venas hinchadas, repletas de polvo, fuego y cenizas.

En el siguiente libro que abrí, una especie de memorias de un famoso periodista español, me encontré con esta frase: «El mar es nuestro punto de encuentro, nos rodea y nos define, nos asusta y nos advierte. Nos hace ser lo que somos».

Sus palabras me hicieron pensar en Cuba y en la relación que tengo con mi isla.

Ser cubana nunca ha sido fácil, y las dificultades empezaron ya con mi nombre.

Mara no es un nombre común en Cuba, y mi apellido, Denis, no es precisamente un altavoz de mi nacionalidad.

Aunque es obvio que no tiene origen español, no soy consciente de tener antepasados ingleses ni franceses.

En cualquier caso, más allá de las dificultades de mi nombre, no es fácil ser cubano, aunque tal vez debería decir que no es fácil vivir en Cuba, y lo sé porque pasé allí los primeros quince años de mi vida.

La represión era tan brutal y la escasez tan generalizada que los cubanos acabaron resumiendo la situación en tres palabras: «No es fácil», una manera optimista de manifestar que la vida en la isla es muy pero que muy difícil.

A día de hoy no sé qué es lo que pasa en mi país.

Desde mi posición actual en España, estoy más interesada en los refugiados africanos que en los balseros cubanos, pero mi madre comenta a menudo que los años difíciles que pasamos en Cuba —a finales de los sesenta y toda la década de los setenta— se consideran ahora «los años buenos», que las cosas empeoraron cada vez más y que actualmente están peor que nunca.

No recuerdo ni un momento durante mis años en Cuba en que no supiera que algún día nos iríamos de allí.

No me resultó fácil crear vínculos sabiendo que todo era temporal, pero lo hice.

Fui una niña normal, supongo, si puede considerarse normal crecer en un entorno de miedo y secretos.

Tenía instrucciones de no admitir nunca que queríamos irnos de la isla, porque hacerlo nos habría convertido en «gusanos», que era como el Gobierno denominaba a los que querían salir del país o no estaban lo suficientemente involucrados con el «proceso revolucionario».

En cuanto se le presentó la oportunidad, mi padre nos consiguió sitio en una barca y escapamos.

Los marineros dicen que en la oscuridad de alta mar puedes ver todas las estrellas, pero no recuerdo haber visto ninguna.

Mi madre y yo íbamos abrazadas, luchando contra el desquiciante balanceo de la barca, mientras mi padre y los demás hombres remaban, porque el viejo motor no aguantó mucho rato.

El hedor a vómito y a orina habría sido insoportable de no ser por las olas que barrían la cubierta sin cesar, empapándolo todo, ocupantes incluidos.

Milagrosamente, una patrullera del servicio de guardacostas de Estados Unidos nos rescató de madrugada y nos llevó a Cayo Hueso.

Le he contado esta historia a varios médicos y a mi terapeuta, que considera que esa es razón más que suficiente para tenerle fobia al mar.

Yo no lo tengo tan claro, porque siento que es un miedo primitivo, cultural.

Los cubanos vivimos rodeados de agua, pero tememos a la lluvia.

Cada vez que cae un chaparrón de verano —de esos en los que el cielo se abre y parece que va a caer un nuevo diluvio universal—, echamos a correr como si nuestras vidas dependieran de alcanzar un lugar resguardado.

Si hacemos caso de nuestras madres y abuelas, es literalmente así.

Las historias sobre huracanes devastadores pasan de generación en generación, del mismo modo que en otras culturas se transmiten leyendas o recetas.

Nosotros heredamos tragedias y recopilamos historias sobre desgracias, mientras que otros disfrutan con relatos de épocas felices.

Crecemos temiendo lo peor, pero ese miedo no está exento de cierta dosis de emoción, y todos sabemos que lo peor suele ir ligado a fenómenos naturales.

En Cuba es muy fácil resfriarse por el relente de las madrugadas, por un chaparrón traicionero o por bañarte en el mar en invierno.

De niña iba a menudo a la playa, pero solo en verano, cuando el calor resultaba insoportable.

Los cubanos no suelen pisar la playa de noviembre a marzo, aunque tendría mucho más sentido ir en esa época en la que el sol te acaricia la piel, en vez de achicharrarla como hace en los meses de verano.

En realidad, somos isleños que vivimos de espaldas al mar. Cuando nos sentamos en el famoso malecón de La Habana, casi nunca lo hacemos de cara al mar, sino mirando a la ciudad que se alza ante nosotros en todo su desmoronado esplendor. A veces me pregunto si se debe al miedo o a la nostalgia.

Oí que alguien llamaba a la puerta, rompiendo el hilo de mis pensamientos.

Era Nina, que llegaba hambrienta. Aunque apenas alcanzaba los cincuenta kilos de peso, no perdonaba ni una comida; era un tema que se tomaba muy en serio.

—¿Estás lista? —preguntó por preguntar, ya que un simple vistazo le había bastado para llegar a la conclusión de que no lo estaba. Seguía llevando la misma ropa que por la mañana.

—Todo lo lista que voy a estar.

Dejé el libro sobre la cama y saqué un fular de color teja de la mochila que me ha acompañado en mis viajes desde que me hice reportera.

Hay pocas cosas que un fular bien puesto no pueda arreglar, y suelen decirme que me los coloco con gracia.

Me recogí el pelo, cogí el bolso, que cada vez pesaba más, y me lo colgué del hombro.

—Ese hombro tuyo se merece un Pulitzer —ironizó Nina.

Su comentario me hizo reír, el primer sonido feliz que salía de mi boca en bastante tiempo.

Nos quedamos a cenar en el hotel, aunque las opciones del menú no eran las mejores.

Opté por una ensalada y tuve que suplicar para que me trajeran un vaso de agua con hielo.

En los restaurantes españoles es más fácil —y a menudo más barato— tomar el vino de la casa que conseguir un vaso de agua bien fría.

—No voy a volver a Madrid —le dije a Nina cuando se llevaron los platos y esperábamos a que nos trajeran los postres.