CATALINA #3
Ella permitió que la desvistiera por primera vez. No fue lento, como Antonio, que se tomaba su tiempo para amarla, sino que se apoderó de su cuerpo con ansia, como un lobo hambriento, como si temiera que se volatilizara entre sus brazos.
Aquella noche ella recuperó su cuerpo. No hubo mariposas aleteando en su vientre, advirtiéndole que había otro corazón latiendo en su interior.
Era ella la que estaba presente, viviendo el momento, desnuda, libre de culpa y de inhibiciones, amando a Juan y dejando que él la amara como siempre había soñado, como nunca se había atrevido a esperar.
Se perdió en su cuerpo y entre sus brazos encontró un hogar. Logró hacerla sentir especial y, al mismo tiempo, una mujer normal y corriente.
Al amanecer, la despertó y la besó con delicadeza.
—Da igual lo que hagas o adónde vayas, te seguiré —le aseguró mientras le tomaba la cabeza y la acercaba hacia él hasta que sus frentes se tocaron—. Siempre estaré donde tú estés.
Con la vista nublada por las lágrimas, Catalina sintió que el bebé se despertaba y le daba una patada. El golpe le causó un dolor tan fuerte en la espalda que la dobló por la mitad.
—¿Qué pasa? —Juan la atrajo hacia él como si quisiera consolarla con su cuerpo.
—No lo sé. —Catalina le apoyó la cabeza en el hombro mientras el dolor la recorría de arriba abajo—. Serán los nervios... Ya estoy mejor.
Caminaron abrazados hasta la linde del bosque de pinos.
—Te encontraré allí donde estés —repitió Juan, y se marchó en dirección a su casa sin que aún el sol asomara sobre la línea montañosa de color violeta del horizonte.
Ella lo observó mientras se alejaba, y poco después entró en la casa antes de que las demás se despertaran.
Tenía los muslos pegajosos, pero pensó que se trataba de sudor o de los restos de la pasión compartida que abandonaban su cuerpo.
Solo cuando se plantó frente al espejo para comprobar si los cambios que había sentido eran visibles, se percató de que el vestido negro estaba húmedo y de que un hilo de sangre le recorría las piernas hasta llegar a sus pies.
Se despertó en la habitación de su madre. Con los ojos entreabiertos vio que estaba cubierta con una sábana blanca y rodeada por sus hermanas. Su madre estaba hablando con el médico.
—Gracias, doctor. Lo acompaño a la salida.
Catalina mantuvo los ojos cerrados. No quería conocer los detalles.
Recordaba la sangre... lo recordaba todo.
La noche junto a Juan, la pálida luna creciente, los pinchazos de la hierba en su piel desnuda.
¡Oh, no! ¿Quién la había desnudado? ¡Debían de haberlo visto todo!
Habrían notado los cambios en su cuerpo.
Tenía que haberles resultado obvio lo que había estado haciendo.
Y a pesar de todo, no se sentía culpable, seguía embargada de felicidad.
Abrió los ojos.
—Gracias a Dios y a todos los santos... te has despertado —dijo Simona—. ¿Cómo te encuentras?
—Creo que bien. ¿Cómo es que mamá se ha levantado y está hablando? ¿Qué ha pasado?
—Estaba preocupada por ti —respondió Simona—. Hemos intentado que descanse, pero se ha negado en redondo.
—¿Qué ha pasado? —Catalina trató de incorporarse.
—No, no, no te muevas. —Lucía la sujetó con sus fuertes brazos y volvió a tumbarla en la cama—. El doctor ha dicho que tienes que hacer reposo hasta el final del embarazo para salvar al bebé.
—¿El bebé?
Catalina se dio cuenta de que había dado por hecho que se había interrumpido el embarazo. Y no solo eso: se había sentido aliviada por la idea.
Sus hermanas cruzaron una mirada antes de volver a observarla como si hubiera perdido el juicio.
—Tu bebé, sí —dijeron a la vez.
—Has de hacer reposo, en cama —repitió Lucía.
—¿Durante cuánto tiempo? —Catalina solo podía pensar en cuándo podría volver a ver a Juan.
—Hasta el final del embarazo. Si hay suerte, serán cuatro meses. El bebé nacerá en abril, ¿se te había olvidado? —comentó Simona.
A Catalina no le entraba en la cabeza no poder ver a Juan durante cuatro meses. Necesitaba que la dejaran a solas.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres beber algo? —preguntó Lucía.
Catalina dijo que sí, para que tuvieran algo que hacer y la dejaran a solas con sus recuerdos. Iba a tener que idear un plan para salir de esa cama, escaparse al bosque y refugiarse entre los brazos de Juan una vez más.
Antonio regresó de Cuba antes de lo esperado.
Dijo que había tenido el presentimiento de que lo necesitaban y que su intuición no se había equivocado.
Fue él quien cuidó de Catalina y se ocupó de sus necesidades y de la finca.
Era un hombre eficiente, que realizaba todo tipo de labores sin quejarse nunca.
Por la noche, leía en voz alta para entretener a Catalina y por las mañanas le cepillaba el pelo, pero eso no le impidió cerrar tratos con vendedores y contratar a trabajadores para que lo ayudaran a limpiar los restos del incendio.
Se interesó por el negocio familiar. Conocía las historias sobre las moreras y los gusanos de seda y sabía lo orgulloso que se había sentido don José al hacer realidad su sueño, pero Antonio no era un hombre que siguiera las tradiciones sin una razón que lo justificara.
Les dijo que el negocio de la seda se había desplazado a otros lugares y que el futuro de las islas estaba en los plátanos.
Se negó a reconstruir el cobertizo de los gusanos y a gastarse un céntimo en semillas de morera.
En vez de eso, preparó el terreno para plantar bananeras.
Cavó agujeros en el suelo, anchos y profundos, y arrancó las raíces de las moreras.
A pesar de todo, la madre de Catalina, que había vuelto a la vida el día en que ella tuvo que encamarse para salvar el embarazo, se aferraba con determinación al pasado.
—Dentro de unos meses podremos tener al menos un árbol —les dijo a sus hijas una mañana en la cocina, mostrándoles un esqueje que había salvado de entre los restos calcinados. Y, como todas ellas sabían, las hojas de una sola morera podían alimentar a mil gusanos.
El 20 de abril de 1919, Catalina se despertó con un fuerte dolor en la espalda, tan fuerte como el que había sentido cuatro meses antes en el bosque junto a Juan. Abrió los ojos y se aferró a la mano de su marido.
—¡Antonio! ¡Ya viene!
Cuatro horas más tarde, con la ayuda de su madre y de una comadrona, Catalina dio a luz a su hija, una niña, tal como se había imaginado.
El bebé tenía las piernas largas y los dedos delicados, pero apenas había grasa en su cuerpo y su carita arrugada recordaba a una calabaza.
Tenía la nariz chata y las orejas diminutas y traslúcidas como las de un ratón.
Catalina agarró el cuerpecillo desnudo de su bebé y se lo puso sobre el pecho.
En ese instante, su hija abrió los ojos y la miró fijamente.
Ella había oído decir que todos los bebés nacen ciegos, pero al ver cómo la miraba su hija, supo que no era cierto.
El bebé también abrió el puño y apoyó la palma en el pecho de su madre, con todos los dedos abiertos como si fuera una estrella de mar.
Catalina inspiró hondo y sintió que una gran ola de amor se precipitaba hacia su corazón y le inundaba el cuerpo de una fuerza pura y completa que llegó hasta el último rincón de su ser, como un río desbordado por una tormenta que inundara los campos a su paso.
—¡Oh! —exclamó—. Aquí estás, mi Carmen. Tu nombre es Carmen.
Aunque no pronunció el resto en voz alta, supo que su hija la oía igualmente cuando pensó: «Carmen Inés de la Candelaria López Quintana, te amaré siempre. Te querré, te protegeré y no te abandonaré nunca».
Catalina nunca acabó de entender qué la llevó a hacerle esa promesa a su hija, pero se arrepintió de haberlo hecho. Esas palabras la perseguirían hasta el fin de sus días.