La memoria de las olas CATALINA #2
25%

CATALINA #2

Pero al final, a pesar de su sacrificio, Catalina no había logrado hacer feliz a su padre.

Se acercó a la repisa de la chimenea y limpió el polvo de la foto con el bajo del vestido, antes de volver a dejarla en su sitio.

Luego se acarició el vientre distraídamente.

Su madre le había hecho dos vestidos nuevos, ambos de color negro.

El color era el adecuado, reflejaba su luto por algo más que la muerte de su padre y de su abuela; estaba de luto por el fin de su familia tal como la había conocido hasta ese momento.

La muerte prematura de José Ángel había provocado que el resto de la familia se alejara, tambaleándose, en direcciones opuestas. En vez de unirlas, la tristeza las había separado.

Su madre llevaba cinco meses sin salir apenas de su habitación.

Simona, que se había prometido con su primer amor el día después de la boda de Catalina, estaba centrada en los preparativos del enlace, que tendría lugar en primavera.

Y Lucía, como siempre, cuidaba de los campos.

Se reunían a la hora de la comida, que preparaba Simona porque Catalina no soportaba el olor de la carne cruda.

Una de ellas, generalmente Lucía, le subía una bandeja a su madre a la habitación, pero a menudo los platos volvían sin que los hubiera tocado.

Cuando se miraba en el espejo —lo que no era frecuente, porque procuraba no hacerlo—, Catalina no reconocía el rostro que le devolvía la mirada.

Seguía teniendo la cara llena de pecas, pero su melena pelirroja había perdido lustre y ya no se veía tan leonina como antes de la boda.

El médico le había advertido de los numerosos cambios que sufriría su cuerpo, tal vez este era uno de ellos.

Tenía los tobillos hinchados, pero seguía delgada.

Sus hermanas le decían que de espaldas no parecía una mujer embarazada, que parecía la misma de siempre.

Ella deseaba que fuera cierto con todas sus fuerzas, pero no se sentía como la Catalina de siempre; hacía mucho tiempo que no se reconocía.

Se preguntaba qué diría Juan si la viera ahora.

Tenía tanto miedo de reconocer en sus ojos tristeza o desprecio que casi no había salido de casa desde la boda.

Antonio había regresado a Cuba a ocuparse de sus negocios en cuanto se enteró de que estaba embarazada, pero le prometió que regresaría después del parto para acompañarlos a las Antillas a ella y al bebé.

Le había asegurado que, desde Cuba, podría serle mucho más útil a su familia.

Catalina no entendía cómo iba a ayudarlas desde tan lejos, pero hacía ya días que había dejado de rebatir sus argumentos.

Tras su partida, se sorprendió al darse cuenta de que lo echaba de menos, como uno echa de menos un olor agradable o un vestido favorito cuando es demasiado viejo para seguir usándolo.

Aun así, se le pasó pronto, porque Antonio le había dado placer a su cuerpo, pero no había logrado entrar en los recovecos de su alma ni de su corazón; esos lugares pertenecían solo a Juan.

Le costaba entender por qué su cuerpo había respondido con tanto entusiasmo a las caricias de su marido.

¿Cómo era posible que, amando tanto a Juan, su cuerpo se rindiera a Antonio en sus momentos de intimidad?

Y lo que más le costaba de entender era que su vientre se hubiera abierto como tierra fértil y le hubiera permitido plantar en ella su semilla. Juntos habían creado una nueva vida.

¡Ahí estaba otra vez! La diminuta mariposa llamándole la atención desde lo más profundo de su cuerpo.

Estaba convencida de que era una niña y eso la entristecía aún más.

¿Cómo iba a querer a un bebé que no era de Juan?

Durante la confesión, le había dicho al cura que tenía miedo de ser una madre indiferente.

Y hasta ahí llegó lo que estaba dispuesta a compartir con el padre Jacinto.

—El amor llegará a su tiempo —la animó él—. Todas las madres quieren a sus hijos. No hacerlo sería contra natura.

Pero Catalina se sintió aún peor después de hablar con el párroco. Ni siquiera rezar el rosario la ayudó. Estaba segura de que sería una mala madre, incapaz de amar a sus propios hijos.

—¡Catalina!

Cuando el grito de Simona la arrancó de sus pensamientos, se dio cuenta de que había estado llorando.

—¡Llevo un buen rato llamándote y no me haces ni caso! —Simona sonaba desesperada.

—Lo siento mucho, no te oía... —Catalina se enjugó las lágrimas con las palmas de las manos antes de volverse hacia su hermana.

—Es una carta de Antonio; acaba de llegar —dijo Simona, muy seca, al entregarle un sobre en blanco sin sello ni remitente.

Su nombre estaba escrito en una caligrafía infantil que reconoció al momento. No pertenecía a Antonio, sino a Juan. El corazón empezó a latirle con fuerza y tuvo que tragar saliva para calmarse un poco.

No le dio tiempo a preguntarle a Simona de dónde había sacado la carta, porque su hermana ya había salido del salón y estaba moviendo ollas de un lado a otro con gran estrépito.

Se escondió la carta a toda prisa en el bolsillo del vestido y corrió a encerrarse en su habitación para leerla a solas. Sentada en el borde de la cama que había pertenecido a su abuela y que ahora compartía con Antonio, leyó:

Mi amor:

Catalina sabía que empezaría así, pero verlo con sus propios ojos la hizo llorar de nuevo, y tuvo que secarse los lagrimones con el ruedo del vestido antes de seguir leyendo.

Llevamos demasiado tiempo sin vernos y han pasado muchas cosas.

Mi hermana me ha dicho que en la iglesia oyó a una de tus hermanas decir que pronto ibas a marcharte a Cuba.

No lo permitiré. Me da igual que estés casada.

Te lo dije una vez y te lo repito: siempre serás mía y yo siempre seré tuyo.

Reúnete conmigo a medianoche, ya sabes dónde. No tengas miedo. Con todo mi amor.

Eso era todo, un texto apasionado pero prudente.

Aunque no había firmado la carta, Catalina no dudaba de que la había escrito Juan.

Estaba tan segura de ello como de que, a medianoche, saldría de casa y se dirigiría a su escondite en la Roca.

Dobló la carta en dos y se la guardó con cuidado en el bolsillo del vestido, cerca del corazón.

Las horas transcurrieron lentas mientras esperaba a que se hiciera de noche.

Comió un plato de la cena que habían preparado sus hermanas y fue a darle las buenas noches a su madre.

Inés María la ignoró, pero Catalina sabía que era importante aferrarse a las rutinas y a las formalidades para mantener a raya la crueldad de este mundo.

Aunque su madre parecía no reconocerla, ella reconocía a su madre.

Cuando estaba a punto de salir de la habitación, Inés María habló:

—Él me conocía mejor que nadie.

Catalina se sobresaltó ante la inesperada confesión.

—¿Quién, madre?

—Tu padre, por supuesto. Supo que lo amaría antes de que yo misma lo supiera. —Se apoyó en un codo y clavó sus ojos oscuros en su hija—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Sí, madre —respondió a pesar de que no era cierto; aún no lo entendía.

—Algún día lo entenderás. La certeza siempre precede al amor verdadero —insistió Inés María antes de volver a reclinar la cabeza en la almohada y de darle la espalda a su hija.

Catalina avanzaba entre los pinos casi a oscuras, a la luz de la luna, cuando oyó el débil silbido que llegaba de un punto algo más allá: al frente, un poco a la izquierda. Otro habría pensado que se trataba de un búho, pero ella sabía muy bien lo que era. Inspiró hondo, muy despacio.

—Juan —dijo en un susurro.

Una sombra salió de detrás de un árbol antes de que ella llegara a la Roca. Le pareció más alto y fornido, más ancho de hombros y con el pelo más largo. Por un instante, incluso temió haberse equivocado de persona, pero al seguir avanzando le llegó su olor a tierra y sudor, a sol y cebollas.

—Ha pasado mucho tiempo... —dijo ella antes de que Juan sellara sus labios con un beso hambriento.

—¡Catalina! —exclamó en voz baja, reclamándola como si no se hubieran separado nunca, como si no se hubiera casado, como si su cuerpo le siguiera perteneciendo a él y solo a él.

Durante unos instantes, Catalina se perdió en ese beso; rodeó con los brazos a Juan e inspiró su olor, pero entonces él quiso acercarla más...

y más, todavía más..., hasta que su vientre redondeado se interpuso entre los dos.

Juan se apartó con brusquedad, le soltó la cara y la palmeó en la oscuridad.

Al llegar a su vientre, lo presionó con delicadeza.

No dijo nada, pero ladeó la cabeza y la miró fijamente, como si no acabara de comprender la situación, como si quisiera preguntarle algo, pero no se atreviera.

Su mirada cambió con el brillo del entendimiento.

Y de pronto pareció comprenderlo todo: el silencio, la distancia, la calma de los días, el frío de las noches...

Ahora entendía por qué ella había dejado de responder a sus silbidos, por qué la luna llena parecía menos brillante y por qué los grajos guardaban silencio y ya no rasgaban el aire con sus graznidos desde las copas de los árboles. Catalina ya no era suya.

Ella también lo entendió y rompió a llorar. Él le dio la espalda y se puso a andar de un lado a otro.

«Se va a marchar», pensó ella, que sintió el fuerte impulso de rogarle que la dejara explicarse, que el embarazo no significaba nada, que seguía amándolo más que a la vida, pero no le había quedado más remedio.

Que tenía que obedecer a su familia, que Antonio las estaba ayudando en todo y que se casó porque se lo debía a su padre después de todo el daño que le había causado por culpa de su amor clandestino.

Al final, sin embargo, no dijo nada porque no fue necesario. Juan la rodeó por detrás con sus fuertes brazos y le dio la vuelta para mirarla a la cara.

—Entrégate a mí. Sé mía una vez más... —susurró con la voz rota de deseo.