CATALINA
C ATALINA
Durante las semanas posteriores a la boda, Catalina solo se movió de la cabecera de su padre para lavarse o tomar algo, aunque lo que se dice comer, comía poco.
Tenía el estómago revuelto y, cuando lograba tragar algo, lo vomitaba de inmediato, por lo que prefería no acercarse a la comida.
No quería preocupar a su madre más de lo que ya estaba, así que no le mencionó a nadie sus problemas digestivos.
La prioridad de todos los habitantes de la casa era lograr que los pulmones de José Ángel quedaran limpios de humo, de modo que pudiera retomar su vida como cabeza de una familia que claramente lo adoraba.
Pero se estaba consumiendo. Una tos del demonio lo mantenía despierto día y noche, y su cuerpo devastado por la fiebre parecía menguar bajo el peso de las mantas que su esposa apilaba sobre él, para que dejara de temblar.
La madre y las hermanas de Catalina se arrodillaban a rezar ante la Virgen, pidiéndole su recuperación.
Incluso el padre Jacinto se unía a ellas en ocasiones.
Y un día, de repente, las plegarias parecieron funcionar al fin.
José Ángel se despertó y dijo que se sentía mejor.
Se sentó en la cama y pidió que le prepararan su plato favorito: estofado de cabra con papas arrugadas.
Aún no tenía fuerzas para sentarse con su familia a la mesa del comedor, pero a nadie le importó.
Subieron la cena a la habitación y lo acompañaron mientras él comía con apetito.
Cuando terminó de comer, Catalina se dispuso a recoger la bandeja para llevarla a la cocina y lavar los platos, pero su padre la sujetó del brazo con una fuerza que la sorprendió.
—Tú quédate —le ordenó.
Catalina miró a su madre, que asintió con la cabeza y salió en silencio de la habitación, acompañada de sus hermanas.
—¿Dónde está tu esposo? —preguntó él en cuanto se cerró la puerta.
—Fuera, en los campos —respondió ella mientras remetía las sábanas y mantas alrededor del cuerpo demacrado de su padre.
—Hija, deja eso un momento. Quiero hablar contigo, siéntate, por favor. —Esta vez le habló en un tono más amable.
Catalina rodeó la cama y se sentó en la silla que había junto al cabecero. Él le buscó las manos y las cubrió con las suyas.
—No me queda mucho tiempo —empezó diciendo.
Catalina trató de protestar, pero él se lo impidió.
—Escúchame, por favor. No hay tiempo... —repitió, y esta vez un acceso de tos lo obligó a detenerse.
A Catalina se le llenaron los ojos de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas cual perlas de un collar roto. Se levantó de un salto y empezó a aporrearle la espalda a su padre, como si quisiera expulsar la enfermedad que le estaba destrozando los pulmones.
Cuando el ataque de tos cesó por fin, Catalina volvió a sentarse, esta vez todavía más cerca de su padre, en el borde de la cama. Posó la mano en su frente para refrescarlo, mientras él se echaba hacia atrás en los almohadones y trataba de recuperar el aliento.
—Quiero que me hagas una promesa... Quiero que me prometas que, pase lo que pase, te irás a Cuba con tu marido, que no te quedarás aquí.
Esta vez fue Catalina quien lo tomó de las manos mientras acallaba un sollozo.
—No puedo, padre, no puedo... —dijo mientras le apretaba las manos con fuerza—. No pienso dejarte...
Él interrumpió sus protestas antes de que pudiera seguir hablando.
—Lo entiendo. No me refiero a ahora, pero cuando llegue el momento te irás a Cuba y te quedarás allí.
Catalina asintió, pero él no lo vio porque tenía los ojos cerrados.
—Prométemelo —repitió—. Quiero oírte decirlo.
—Te lo prometo —dijo ella antes de romper a llorar y salir corriendo de la habitación.
Ninguno de los dos podía imaginarse que esa promesa iba a alterar el rumbo de su vida.
Al día siguiente, cuando José Ángel exhaló su último aliento, Catalina no estaba a su lado.
Estaba en la capital, con Antonio, poniendo sus documentos en regla para viajar a Cuba.
Aunque Catalina le había dejado claro que no pensaba marcharse mientras su padre estuviera enfermo, Antonio la había convencido diciéndole que los papeles siempre tardaban mucho en llegar y que más valía poner el proceso en marcha.
Al volver a la granja, vieron que el médico salía de manera furtiva, como un ladrón, cubriéndose la boca con un pañuelo.
Intentaron detenerlo, pero el hombre negó con la cabeza sin dejar de andar y se marchó sin que pudieran hablar con él.
Catalina entró corriendo en la casa. Su madre y sus hermanas estaban arrodilladas junto a la cama donde yacía su padre con los ojos cerrados, al fin en paz.
Catalina no se podía creer que estuviera muerto.
Esa misma mañana, antes de irse con Antonio, le había servido el desayuno.
¿Cómo podía estar muerto? Se había mostrado lúcido y esperanzado; su energía legendaria parecía haber regresado.
Sus hermanas le contaron que, poco después de que ella se marchara, su padre había pedido agua.
Se sentó, dio un sorbo y volvió a reclinarse en la almohada con los ojos cerrados. No volvió a abrirlos más.
Tuvieron que mandar llamar al doctor para que les asegurara que había dejado de respirar.
Se había marchado de un modo tan dulce que no sabían si estaba dormido.
El médico les comunicó que don José había muerto de «neumonía fulminante» y que había acabado sucumbiendo a la tos implacable, pero en la familia todas culparon al incendio.
Catalina sabía que había muerto por su culpa.
Estaba convencida de que la furia y la angustia que se desataron en su interior, al enterarse de que su padre la había prometido en matrimonio con Antonio, causaron el incendio que destruyó el huerto de moreras.
Sí, estaba convencida de ello, porque, ¿dónde se había visto una tormenta sin lluvia?
Aquella noche no cayó ni una sola gota. Si hubiera llovido, tal vez se habría podido salvar algo.
Antes de irse, el doctor les indicó que debían quemar el cuerpo y las sábanas.
Quemaron las sábanas, pero el cadáver lo dejaron intacto.
Enterraron a don José en la parcela que la familia tenía reservada en el camposanto, junto a la iglesia.
Su esposa iba a visitarlo todos los días, pero Catalina no fue nunca.
No creía que la esencia de su padre estuviera enterrada bajo la hierba, y prefirió guardarla en su corazón.
Fue la primera de muchas muertes por las que guardó luto a lo largo de su vida.
Corría ya diciembre cuando sintió un cosquilleo en el vientre, como el aleteo de una mariposa atrapada, y agachó la cabeza en señal de reconocimiento por el milagro que se había obrado en su cuerpo en contra de su voluntad.
Habían pasado cinco meses desde la boda, y Catalina estaba embarazada de un bebé al que mucho temía que no iba a ser capaz de amar.
Se encontraba apoyada en la ventana que daba a la parte trasera de la casa, y desde allí podía ver el campo donde, no hacía mucho, se alineaban las hileras de moreras que recordaban a exuberantes parasoles verdes y que recorrían una extensión que parecía infinita hasta detenerse bruscamente a los pies de la Roca.
Los tocones de los árboles eran lo único que quedaba en pie de lo que había sido el orgullo de su padre y la principal fuente de sustento de la familia.
La zona que rodeaba la Roca había quedado pelada, y carecía del intenso verdor que aportaba un poco de vida al riguroso gris de la piedra.
Catalina suspiró antes de darse la vuelta.
Miró la sala de estar con atención, como si fuera la primera vez o la última que lo hacía.
Todo en aquella sala le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.
La luz del atardecer que entraba por la ventana pintaba la estancia de un tono amarillento.
Había una fotografía de sus padres sobre la chimenea, tomada el día de su boda.
Su madre estaba seria, como de costumbre.
Su padre sostenía la mano de su esposa y tenía el sombrero apoyado en el muslo.
Él también estaba serio, pero no podía disimular el aire de triunfo y el brillo de felicidad en sus ojos.
Faltaban solo dos días para la Navidad, y el mundo volvía a estar en paz.
Había rumores de que el tráfico comercial entre Europa y América se retomaría en breve y que la economía se recuperaría al fin, pero Catalina dudaba de que los que habían partido hacia América huyendo de la espantosa pobreza de los años de guerra regresaran alguna vez.
Prácticamente todas las familias que conocía habían perdido un hijo o una hija, no en el campo de batalla, sino en las Américas.
Desde donde se encontraba, podía oír la charla de Simona y Lucía, que hacían planes para las fiestas. Se respiraba cierto aire de optimismo dondequiera que mirara; un optimismo que Catalina era incapaz de sentir, porque extrañaba demasiado a su padre.
Don José siempre había sido un hombre feliz; se sentía afortunado, y se había asegurado de que sus hijas lo supieran.
Se consideraba agraciado en el amor y los negocios, y pensaba que las tres hijas sanas que le había dado la vida eran una bendición.
Catalina recordaba su paciencia al enseñarlas a trabajar la tierra, desbrozar las malas hierbas, arrancar las hojas secas y mantener el terreno húmedo y rico en nutrientes.
—La felicidad es como un huerto —solía decirles mientras arrancaba un gusano feo de una hoja a medio comer—. Hay que aprender a cultivarla. Hay que saber qué conservar y qué hay que tirar.