MARA
M ARA
Estaba sentada en la cama del hotel, con la espalda apoyada en los almohadones mientras buscaba en Google imágenes de moreras, cuando el móvil empezó a vibrar.
El nombre que apareció en la pantalla me hizo sonreír.
Era mi hijo, el creativo e impredecible Dylan, que, a los diecinueve años y tras un largo periodo de buscarse a sí mismo, había optado por la carrera de actor y estaba haciendo un curso de verano en la Universidad de Nueva York.
Su idea era conseguir los créditos necesarios para graduarse lo antes posible.
Como siempre, tenía prisa por alcanzar su siguiente meta.
Estaba encantada de que al fin hubiera encontrado su vocación y diera pasos para lograr su objetivo... Al menos por el momento.
Antes de decantarse por la carrera de actor, Dylan había hecho sus pinitos en el periodismo y en el cine cuando todavía estaba en el instituto.
También había contemplado la idea de estudiar Ciencias Políticas y Derecho para llegar a ser algún día presidente de Estados Unidos.
Cada vez que aparecía con una idea nueva yo siempre lo apoyaba.
En parte porque me contagiaba su entusiasmo, pero, para ser del todo franca, también porque sabía que su interés no iba a durar mucho.
De niño se había apuntado a natación, salto de trampolín, fútbol, claqué, béisbol, surf, vela, equitación, baloncesto, teatro, guitarra, batería y fútbol americano; incluso había sido boy scout una temporada, pero nada cuajó.
Probaba unas semanas, quizá meses, alguna vez hasta había durado más de un año, pero al final lo acababa dejando todo.
Durante mucho tiempo pensé que tenía algún tipo de déficit de atención o incapacidad de comprometerse.
Preocupada, me preguntaba si sería capaz de mantener alguna relación, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que, si probaba tantas cosas, era por curiosidad.
No necesitaba dominar ninguna de esas disciplinas, simplemente quería probarlas.
Cuando se interesó por el periodismo me pareció lógico, porque, ¿qué es el periodismo sino curiosidad disciplinada?
Luego, cuando estaba ya en el último año de bachillerato, se apuntó a un curso de producción musical y aseguró que aquel era sin duda su futuro.
Al empezar la universidad volvió a interesarse por el teatro, lo que también me pareció normal.
Al fin y al cabo, los actores siempre estaban tratando de descubrir la «verdad emocional» de sus personajes y no ponían tanto empeño en la suya.
En una ocasión, oí a una actriz decir en una entrevista que tenía muy claro cuáles eran los libros favoritos de los personajes que interpretaba, pero no sabría decir cuáles eran los suyos.
No me costaba imaginarme a mi Dylan diciendo algo parecido algún día.
De hecho, me lo imaginaba diciéndolo ya en la actualidad, así que suponía que había hecho bien en dejar atrás lo del periodismo.
Para ser sincera, me alegré de que lo dejara.
Así no tendría que visitar nunca una morgue para ver el cuerpo de una niñita ni entrevistar a madres que acababan de perder a todos sus hijos.
Sacudí la cabeza para librarme de las imágenes de los últimos días y apreté el botón para aceptar la llamada. La puse en modo manos libres y me tumbé en la cama. La brisa del mar hacía ondear la delicada tela de las cortinas. Inspiré hondo y me pareció detectar aroma de jazmín.
—¿Mamá? ¿Estás ahí?
—Sí, sí, claro.
—¿Estás sola?
—Sí. Disculpa, estos últimos días han sido muy movidos y estoy cansada, nada más. ¿Y tú cómo estás?
Trataba de sonar como debe sonar una madre: siempre disponible y dispuesta a escuchar.
Por alguna razón que no acababa de entender, todavía no quería hablarle de la petición de mi madre y de la búsqueda del fantasma de una mujer que, de alguna manera, había formado parte de mi vida.
No tenía fuerzas para abrirme a Dylan, así que dejé que fuera él quien hablara.
—Cuéntamelo todo.
Usé la frase que he utilizado desde que era pequeño para hacerle saber que, pasara lo que pasara en el trabajo o en mi vida personal, siempre podía contar con toda mi atención.
—Sí, por eso te llamo. Tengo algo que contarte.
«Oh, no —pensé—. ¿Realmente quiero escucharlo todo?».
Su tono era un tanto alarmante, pero traté de mantener una actitud neutra; todo lo neutra que puede permanecer una madre cubana.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo o...?
Él me interrumpió al notar que el pánico iba ganando terreno:
—No, no va de eso, mamá. He tomado una decisión y quería que fueras la primera en saberlo.
«Eso es buena señal —pensé—. ¿O no?». No estaba segura.
—Vale. —Pronuncié la palabra despacio, con cautela y alargando las letras, porque, para ser sincera, ya sospechaba de qué iba la cosa. Lo que no me imaginaba era el alcance del asunto.
—He decidido alistarme en la Marina.
Lo primero que pensé fue que era una buena frase: corta, asertiva, completa. Siempre había sido un buen comunicador, era una de las cosas que más me gustaban de él.
Lo segundo que me vino a la cabeza no fue tan positivo:
—¡¿Te has vuelto loco?! —grité, cogiendo el teléfono con ambas manos, como si así pudiera sujetar a mi hijo por los hombros y darle una buena sacudida.
—Mamá, mamá, cálmate... No es el fin del mundo. Es una buena decisión laboral.
Entonces procedió a contarme que, durante la semana de orientación laboral de final de semestre, había conocido a un reclutador de la Armada que lo había convencido de que la vida en el mar era mucho mejor que un futuro incierto como actor.
Le habló de las ventajas laborales y le aseguró que, mientras estuviera allí, podría estudiar Derecho, por ejemplo, y que las Fuerzas Armadas pagarían sus estudios.
Así podría ser abogado y cumplir algún día su sueño de ser presidente de Estados Unidos.
—Sería una pasada, ¿no crees? Tu hijo, el hijo de una refugiada cubana, ¡en la Casa Blanca! ¿No me digas que no estarías orgullosa de mí?
—¡Ya estoy orgullosa de ti! —exclamé, consciente del frágil ego de los hombres, en especial de los jóvenes—. Y sabes que no tienes que preocuparte por los estudios. Tu padre dejó el tema cubierto.
—Sí, pero... deja que te lo explique bien.
Y eso hizo. Cuando acabamos de hablar, habíamos regresado a los roles de siempre. Yo volvía a ser la madre/animadora que le aseguraba lo buen marinero que iba a ser y la suerte que tendría la Marina de contar con alguien como él. Dylan, por su parte, me dijo que no sería nadie sin mí.
Al colgar, me sentía exhausta. Solo veía ante mí olas y más olas; gigantescas olas en mar abierto que se tragaban un barco.
En la proa, vestido de blanco como un fantasma con gorra, estaba mi hijo, mi precioso hijo, plantándole cara a una tormenta.
El barco no tenía nombre, pero a lo largo del casco se leía claramente su origen: U.S. NAVY .
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Mi hijo sabe desde siempre que no soy una persona especialmente miedosa, pero que los miedos que tengo son profundos y muy reales.
Temo a los ratones y a las motos, y me da miedo la escalada.
Siempre se lo he dicho, igual que le he dicho que lo que más miedo me da en la vida es el mar.
Sin embargo, para que no le pasara como a mí, que no aprendí a nadar hasta la edad adulta, lo apunté a natación cuando todavía llevaba pañales.
Resultó ser un gran nadador, pero, incluso así, cuando íbamos a la playa le rogaba que nadara en paralelo a la costa, no hacia lo hondo.
«Si no tocas el suelo con los pies es que has ido demasiado lejos», solía decirle.
El problema era que aquel niño se había convertido en un joven de metro noventa al que se le había metido en la cabeza adentrarse en lo más profundo del océano, en lugares donde no sería capaz de encontrarlo ni salvarlo.