La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Catalina permanecía sola frente al espejo antiguo que colgaba sobre la cómoda en la habitación de sus padres.

El espejo tenía manchas negras y marrones en los extremos, como pecas que enmarcaran su hermoso rostro.

Le habían peinado su melena pelirroja en un moño tan tenso que el cuero cabelludo le dolía casi tanto como los pies, atrapados en un par de zapatos viejos forrados de seda color marfil para que fueran a juego con el vestido de novia.

Le pareció que el dolor era un complemento muy adecuado para un día como aquel.

El vestido que le había hecho su madre era largo, sencillo, con escote barco alto y ceñido a la cintura con un lazo que se ataba a la espalda.

La seda le envolvía el cuerpo como si fuera una nube, suave y vaporosa, pero Catalina no dejaba de pensar que ya no volvería a haber seda en la familia.

Sacudió la cabeza para librarse de esas ideas.

No quería pensar en el incendio porque, si lo hacía, acabaría pensando en Juan y no podía permitírselo.

No en el día de su boda. Pero ¿cómo evitarlo?

Juan ocupaba sus pensamientos en todo momento, en cualquier lugar.

Catalina suspiró mientras se ponía los pendientes de perlas de su madre, un regalo de su padre que le había prestado para la ocasión. Luego se puso la delicada cadena de plata con una cruz que había pertenecido a su abuela, y la joya le hizo pensar en ella.

Poco después del incendio, doña Elena había sufrido un ataque al corazón y murió mientras dormía.

Ningún miembro de la familia se sorprendió sobremanera, ya que se había debilitado mucho los últimos meses y siempre decía que el corazón se le había roto el día en que murió su marido, treinta años atrás.

Catalina echaba de menos su discreta presencia en la casa.

Sus manos arrugadas pero suaves, los desayunos a base de plátanos maduros chafados con gofio que les preparaba todos los días...

Cuando los preparaba su madre, no sabían igual...

—¡Catalina, abre la puerta! —La voz de Simona interrumpió sus pensamientos. Su hermana parecía harta de esperar, y oyó también la voz de Lucía, que hablaba en susurros igual de impacientes.

—Catalina, ¿estás bien? —preguntaron las dos casi a la vez.

Sin prisa, se dirigió a la puerta y, al abrirla, sus hermanas se abalanzaron sobre ella como si hubieran estado apoyadas en la vieja y pesada tabla de madera, tratando de abrirla a empujones.

—¡Empezaba a pensar que estabas indispuesta! —dijo Lucía mientras se sentaba en la cama de sus padres, cubierta por una colcha que había tejido su abuela e impecablemente hecha, sin una sola arruga, como de costumbre.

Simona también se dejó caer en la cama junto a Lucía, que había empezado a juguetear con el delicado velo de la novia.

Catalina habría preferido rescatar el velo de las manazas de Lucía, echar a sus hermanas de la habitación y alisar las arrugas que habían dejado en la cama, pero permaneció paralizada frente al espejo.

—Madre se está poniendo nerviosa —comentó Simona, que se parecía tanto a Catalina en los rasgos, la edad y el temperamento que a menudo la gente las tomaba por gemelas.

Las hermanas de Catalina habían querido ayudarla a vestirse en una fecha tan especial, pero ella se había negado. Prefirió pasar a solas sus últimas horas de soltera y vestirse sin ayuda de nadie. El resto de su existencia escapaba ya a su control, pero al menos esa decisión era suya.

—No nos demoremos más —le aconsejó Simona con cariño, levantándose y abrazándola por el hombro.

Recogió el velo y empezó a sujetarlo con horquillas en la coronilla de su hermana.

—Qué preciosa estás —suspiró Lucía, soñadora, sin levantarse de la cama. Aún no había cumplido los quince, pero le brillaban los ojos como si fuera ella la que estuviera a punto de casarse—. Vas a hacer muy feliz a Antonio.

Catalina se volvió hacia ella con tanta brusquedad que a Simona se le cayó la horquilla al suelo.

Al ver que a la novia se le llenaban los ojos de lágrimas, Simona —que era la que mejor entendía a su hermana mayor— se sacó un pañuelo de debajo del cinturón y se los secó.

—¿Qué he hecho ahora? —protestó Lucía.

—No te enteras de nada —la riñó Simona, que nunca perdía la oportunidad de ponerla en su sitio—. Eres una cría. Ve a decirle a madre que estaremos listas enseguida.

Lucía miró a su alrededor, confusa. Una vez más, sus hermanas se amotinaban contra ella. Se levantó en silencio y salió de la habitación. Mientras se alejaba, el sonido de los zapatos de tacón que había heredado de sus hermanas mayores se oía por toda la casa.

—Catalina, mírame. —Simona la sujetó por los hombros—. No tienes por qué seguir con esto...

—Oh, sí. Claro que tengo que hacerlo. El padre Jacinto me está esperando en la iglesia y Antonio ha venido desde Cuba por mí. ¡Por mí! Claro que debo hacerlo.

—Pero ¿crees que lograrás ser feliz? —insistió Simona.

Catalina se quedó mirando a su hermana mientras reflexionaba.

¿Tenía sentido decirle que aquel era el peor día de su vida?

A los dieciocho años, sentía que su existencia llegaba a su fin.

Estaba a punto de casarse con un desconocido al que no amaba, un hombre doce años mayor que ella al que había conocido apenas un mes atrás, cuando se presentó en la casa para decirle que la había elegido como esposa.

Pero ¿por qué ella? Seguía sin entenderlo.

«Porque eres especial», le había dicho su madre cuando Catalina se lo preguntó. Pero es que su madre siempre le decía lo mismo.

—Sí —respondió finalmente.

Simona entornó los ojos, no muy convencida, pero no dijo nada más, era hora de marcharse.

Poco después, Catalina estaba en el salón, vestida de novia, del brazo de su padre y en una especie de limbo: ya no era una niña, pero aún no era una mujer. El velo resultaba demasiado grande para su rostro, pero no le importaba, porque así se notaba menos que había estado llorando.

Inés María, vestida de luto riguroso por la muerte de su madre, se persignó y apartó la vista, sin poder quitarse de encima la sensación de que estaban cometiendo un pecado.

Su padre le dio unas palmaditas en la mano y se inclinó para darle un beso en la frente. Parecía tener mucha fiebre.

—Estás preciosa, mi hijita querida —logró decir sin toser.

—Gracias, padre —murmuró ella.

Incapaz de devolverle la mirada, Catalina buscó a su madre, pero Inés María apartó la vista de nuevo.

—¿Nos vamos ya? —preguntó Lucía, siempre tan práctica—. El padre Jacinto debe de estar preocupado.

Catalina le dirigió una sonrisa lánguida.

Bajó la vista y fue dando un paso tras otro.

Despacio, en silencio, salieron de la casa y se dirigieron a la iglesia, donde todo el mundo se había reunido para presenciar la boda.

Los niños dejaron de jugar y se levantaron del suelo, impresionados al ver a la novia.

Las parejas que habían ido a pasear por el polvoriento parque sonreían y saludaban a la pequeña procesión.

Catalina buscó a Juan y a Ana entre la gente. Para su disgusto, pero también alivio, no estaban allí. Juan, Juan, Juan... ¿Dónde se habría metido?

La joven novia y su padre llegaron por fin a la puerta abierta de la pequeña iglesia de piedra, seguidos de la madre y las hermanas.

Desde el umbral, Catalina pudo ver a Antonio, que la esperaba solo en el altar.

Iba vestido con el mismo traje marrón que llevaba el día en que fue a pedir su mano.

Se fijó en que la amplia frente le brillaba de sudor y en que las manos le temblaban un poco.

Por un momento, Catalina sintió el impulso de soltarse del brazo de su padre, darse la vuelta y salir huyendo de la iglesia, de Antonio y de su familia, para ir en busca de Juan y fugarse con él.

No sería la primera en hacerlo; había oído historias similares, pero también había oído el desprecio con que sus parientes hablaban de «esas chicas».

Era consciente de la vergüenza que suponía huir con un hombre, y tenía que pensar en sus hermanas.

Las quería demasiado para cometer una locura que manchara su reputación y las condenara a la soltería.

No podía hacerlo. Simona estaba a punto de prometerse con un chico del pueblo, y Lucía, aunque aún era muy joven, no tardaría en seguir sus pasos hacia el altar, estaba segura de ello.

Y, por encima de todo, no podría soportar romperle el corazón a su padre.

Como si intuyera lo que le pasaba por la cabeza, don José le apretó el brazo con más fuerza y le dirigió una mirada cariñosa. A ella le pareció ver lágrimas de arrepentimiento en sus ojos, pero, de ser así, fue algo pasajero.

El cura les dio la bienvenida con un gesto, animándolos a entrar. Ellos, sin embargo, permanecieron quietos en el umbral.

Catalina notó un empujoncito a su espalda.

—¡Camina! —le susurró Simona al oído.

Catalina miró a su padre, que parecía inseguro y estaba muy pálido. Entonces le devolvió el apretón en el brazo y sonrió para animarlo. Su gesto le dio fuerzas para seguir caminando y, lentamente, don José llevó a su hija hasta el altar.

El viejo organista tocó la primera nota de la marcha nupcial, pero ella apenas oyó la música. Solo tenía oídos para los fuertes latidos de su corazón y para el largo y triste silbido que parecía llegar desde el bosque. Un silbido familiar que todos oyeron, pero solo ella reconoció.