MARA
M ARA
Al salir de la cafetería, una brisa fresca jugueteó con los mechones de mi pelo, que se habían escapado del recogido que me había hecho con ayuda de un bolígrafo.
La temperatura ya no podía calificarse de meramente cálida y sentía el sol en los hombros desnudos, señal de que me los quemaría a menos que encontrara refugio pronto.
Seguí adelante, dispuesta a cumplir con el encargo de mi madre, y cuando llegué a la esquina le pregunté a Google dónde podía conseguir un certificado de nacimiento del siglo pasado.
Al parecer, podía hacerse por internet, pero solo si poseías más información de la que yo tenía, por lo que me dirigí al Registro Civil para informarme.
Según Siri, se encontraba a solo diez minutos de distancia.
Santa Cruz de Tenerife, la capital de la isla, era una ciudad alegre que no llegaba al cuarto de millón de habitantes.
Me había informado un poco mientras esperaba en el aeropuerto de Madrid, y leí que The Guardian lo había calificado como uno de los mejores lugares del mundo donde vivir.
Mientras caminaba, lo entendí perfectamente.
Las calles estaban limpias y ordenadas, las palmeras se cimbreaban al viento, y el mar, que nunca estaba lejos, relucía bajo el sol.
La comida era excelente; la gente, amable y acogedora; algunos edificios interesantes desde el punto de vista arquitectónico rompían la monotonía de la localidad costera y, de vez en cuando, una escultura original llamaba la atención de los paseantes, incluida una de un chicharro, un pez que abunda en estas aguas.
Me llevó algo más de diez minutos llegar a las oficinas, sudada y sin aliento.
Por suerte, la empleada se mostró amable y dispuesta a cooperar, a pesar de que era casi la hora de comer, un periodo sagrado, intocable, de dos o tres horas, que divide la jornada de los españoles.
Le facilité el nombre de pila de mi bisabuela y los dos apellidos, además de la fecha de nacimiento. Entonces me preguntó:
—¿Está segura de que la persona que busca es de aquí?
—¿Se refiere a Tenerife? —No entendía adónde quería llegar con esa pregunta.
—Sí, es que ha dicho que era de Santa Cruz...
—Ya —la interrumpí—. De aquí, de Santa Cruz, la capital.
—Sí, pero es que en Canarias hay otra ciudad llamada así: Santa Cruz de La Palma, la capital de La Palma, otra de las islas. La llamamos «la isla bonita» por lo hermosa que es. ¿La conoce?
Todo eso era nuevo para mí; me sentía muy poco preparada.
—Un momento. ¿Puede repetirlo más despacio?
La funcionaria, una mujer de una cierta edad con el pelo de punta y teñido de rojo, me miró como si estuviera tratando de adivinar mi edad y estado mental. Decidí hacerle la vida más fácil e investigar un poco más por mi cuenta, que es lo que debería haber hecho desde el principio.
—No se preocupe. ¿No tendría por casualidad un mapa del archipiélago?
—Por supuesto. —Me entregó uno exactamente igual que el que Nina había tratado de mostrarme hacía un rato, y al que no le había prestado atención—.
Nos encontramos aquí. —Señaló la isla más grande del mapa con una uña larga y bien cuidada, pero sin pintar—.
Y esta de aquí —señaló otra isla, hacia el oeste, con forma de corazón— es La Palma.
Recorrí el contorno de la isla con los dedos y apoyé la mano sobre el archipiélago, medio esperando recibir una señal que me indicara el camino a seguir, pero el mapa no colaboró y permaneció tumbado e inmutable sobre la mesa.
Menuda decepción. Repetí el nombre de la isla entre dientes: La Palma...
Siempre me he sentido atraída por las palmeras porque me recuerdan a Cuba.
¿Por qué le pusieron a la isla el nombre de un árbol? Sentía curiosidad, pero no lo pregunté.
—¿Podría buscar en sus archivos igualmente y hacerme saber si encuentra algo que me sea útil? Le dejo mi número.
Le anoté mis datos en un papel. Prefiero no usar la tarjeta, porque ver el nombre del periódico siempre hace que se alcen cejas nerviosas y despierta desconfianza entre mucha gente. Además, esto era un tema personal.
Me marché con el mapa guardado en el bolso y, una vez en la calle, lo primero que hice fue llamar a mi madre, que respondió al momento.
—¿Se puede saber de dónde era tu abuela exactamente?
—Ya te lo dije: de Santa Cruz, en las islas Canarias —respondió sorprendida por mi tono de voz—. ¿Así es como tratas a todas tus fuentes?
Suavicé un poco mi actitud, aunque no mucho, y le conté lo que acababa de descubrir en mi incursión al Registro Civil.
—¿Sabías que hay más de una ciudad llamada Santa Cruz?
Mi madre hizo una pausa antes de responder:
—No, no lo sabía. ¿Qué vas a hacer al respecto?
—¡¿Qué voy a hacer YO ?! —puse el énfasis en la última palabra, al darme cuenta de que, una vez más, había convertido una de sus crisis en mi problema.
Levanté la vista hacia las nubes, que se movían a toda prisa.
Había oído que los cambios de tiempo eran frecuentes y espectaculares en esta zona.
El viento estaba ganando fuerza y vi que la gente echaba a correr buscando refugio en coches y bares.
La escena me resultaba fascinante, pero me había quedado clavada en el sitio. Detalles, detalles, detalles.
—Voy a esperar a recibir noticias de la amable funcionaria que está tratando de ayudarme. Y si ella no encuentra nada, me olvidaré del tema.
Aun así, en el mismo momento en que pronuncié esas palabras supe que no lo olvidaría: tenía que encontrar el certificado de nacimiento, no solo por mi madre, sino también por mí.
No lograba explicármelo, pero había empezado a notar esa familiar sensación en la boca del estómago que me asalta cuando estoy sobre la pista de una buena historia.
Solo había una palabra para definir esa sensación que llevaba tiempo rehuyéndome: curiosidad.
—¿En qué isla está la otra ciudad? —inquirió mi madre, pero yo ignoré su pregunta.
—¿Hay algo más que recuerdes de tu abuela? Cualquier cosa, por pequeña que sea.
Había empezado a gritar para hacerme oír por encima del vendaval. Un trozo de cartón pasó por mi lado y estuvo a punto de alcanzarme en la cara, lo que me recordó que debía buscar refugio.
—¿De ella? No, nada —respondió mi madre mientras yo echaba a andar en dirección al hotel, cada vez más alterada—. Nunca hablaba de su vida antes de Cuba.
En el preciso instante en que mi madre pronunció el nombre de Cuba, me pareció ver un anuncio que incluía las palabras CUBA y CENTENARIO .
Estaba en el lateral de un autobús, pero pasó por mi lado demasiado deprisa para leerlo bien.
En el cielo estalló un relámpago, fuerte y grueso, que lanzó rayos de luz en todas direcciones como si fueran las raíces de un árbol viejo.
—Perdona, ¿puedes repetirlo? No he oído lo último; hace mucho viento por aquí.
—Un trueno... He oído un trueno... —dijo mi madre, que teme al mal tiempo tanto como otras personas temen al cáncer, las guerras o las hambrunas—. Santa Bárbara bendita... —susurró para invocar a la santa que protege de las tormentas a los cubanos devotos.
Aunque no la veía, sabía que mi madre acababa de hacer la señal de la cruz.
A esas alturas estaba ya a dos manzanas de distancia del hotel. Me fijé en todos los autobuses que pasaban por la zona, pero no volví a ver el anuncio. ¿Me lo habría imaginado? ¿Habría sido un cartel arrastrado por el viento?
Cuando por fin llegué al hotel, estaba sin aliento por el esfuerzo vano que había hecho para huir de la lluvia.
El olor a lirios del vestíbulo me recordaba a un tanatorio.
Cerca de la entrada había una imagen de la Virgen en una vieja capillita de madera como la que Nina me había enseñado en la cafetería.
La Virgen sostenía un bebé con un brazo y en la otra mano llevaba un objeto alargado que podría ser una vara o tal vez una vela.
En ese punto mis sentidos estaban ya en alerta máxima, como cuando cubría una protesta o una revolución.
Temblaba de frío, pero estaba sudando. Al notar un regusto metálico en la boca, como de cobre, me di cuenta de que me estaba mordiendo el interior de la mejilla.
Traté de prestarle atención a mi madre, ahora que al fin la oía con claridad.
—Te preguntaba si habías encontrado lo de las moreras. Ya sé para qué se usan.
¡Los árboles, claro! Me había olvidado por completo.
—No, ¿para qué sirven? —Estaba impaciente. Tenía la sensación de estar ante algo importante, pero no entendía por qué.
—Es lo único que comen los gusanos de seda. Al parecer, antes en las islas tejían seda. Valdría la pena investigarlo, ¿no crees?
La respuesta de mi madre me sorprendió y me desanimó un poco. ¿Gusanos? ¿En serio?
Me sentía confusa y estaba empapada. Por los ventanales del vestíbulo vi que el sol trataba de abrirse camino entre las nubes con timidez.
La tormenta se alejaba con la misma rapidez con la que había llegado.
Fuera todo estaba en calma, pero la zozobra que hervía en mi interior me mantenía en un extraño estado de alerta.