CATALINA #3
Cuando comenzó a toser, se cubrió la nariz y la boca con una mano mientras con la otra se levantaba el camisón.
Ya en la puerta y antes de salir, se volvió hacia los gusanos, que se retorcían a escasa distancia.
Solo entonces, tras aclararse la garganta, logró al fin pedir ayuda.
Cuando llegó a la puerta de la casa llamando a gritos a su padre, se volvió y vio que la cabaña empezaba a desplomarse.
El viento, que había ganado intensidad, hizo volar las centelleantes chispas que saltaban de la cabaña como si fueran estrellas fugaces, y muy pronto se extendieron por el campo, saltando de morera en morera, como si las ramas fueran trampolines.
Las copas de los árboles parecían joyas danzando en la oscuridad.
En la casa todos se alarmaron al oír los gritos desesperados de Catalina.
Su abuela, que seguía esperándola, fue la primera en salir corriendo, pero le fallaron las rodillas y cayó al suelo antes de alcanzar a su nieta.
Varios vecinos que vieron el humo acudieron a echar una mano, aunque, para disgusto de Catalina, Juan no estaba entre ellos.
Los vecinos se pasaban cubos de agua de mano en mano.
Nadie trabajó con más ahínco ni durante más tiempo que don José.
Al amanecer, el fuego solo se extinguió cuando alcanzó la tosca e imponente superficie de la Roca.
Ya no quedaba nada verde ni frondoso que quemar.
La casa se había salvado porque el viento soplaba en dirección contraria.
La madre de Catalina no dejaba de decir que Nuestra Señora de la Candelaria había intervenido para salvarlos.
Solo una virgen que llevara un bebé en un brazo y una vela en el otro podía salvarlos de una catástrofe como aquella.
Al fuego solo se le detiene con más fuego.
—Los árboles volverán a crecer —le aseguró su padre mientras Catalina sollozaba entre sus brazos pidiéndole perdón.
Don José apestaba a humo y tenía las manos quemadas y ensangrentadas, pero eso no le impidió consolar a su hija, acariciándole el pelo y dándole palmaditas en la espalda.
—No es culpa tuya —le aseguró—. Eres fuerte, pero no lo suficiente para desatar una tormenta y provocar rayos.
—¡Tú siempre dices que eres un hombre afortunado! —exclamó Catalina entre sollozos—. ¿Cómo nos ha podido pasar esto? ¿Cómo ha podido pasarte a ti?
—¡Sigo siendo afortunado! —exclamó él tras apartarla un poco y sostenerla por los hombros—. Mírame. —Le levantó la barbilla—. Hemos perdido unos cuantos árboles y a los gusanos, pero estamos todos vivos y la casa está intacta.
Mientras hablaban, la madre de Catalina permanecía sentada a la mesa, junto a la abuela, que parecía aturdida y confusa.
A su alrededor, Simona y Lucía lloraban en silencio.
Inés María, cubierta de hollín como el resto de la familia, tenía los ojos rojos y llenos de lágrimas, la melena despeinada y sucia y la ropa destrozada.
Las llamas le habían quemado la falda del camisón blanco.
Catalina se acercó a ella y le sujetó la cara entre las manos, buscando en sus ojos la verdad: por mucho que su padre tratara de consolarla, el incendio había sellado su destino.
Tal vez su padre fuera un hombre afortunado, pero ella no.
El fuego no había ido a por él, sino a por ella.
Y ahora tendría que pagar accediendo a los deseos de sus padres.
Al día siguiente, por la tarde, don Antonio fue a visitarlos y fue Catalina quien lo recibió en la puerta.
Se había enterado del incendio en el pueblo, pero no había podido acudir antes porque había estado en Tenerife, en visita de negocios.
No era habitual que una joven soltera le abriera la puerta a un visitante, por lo que Catalina sintió la necesidad de explicarle que su padre no se encontraba bien y que estaba en cama, con mucha tos.
Antonio comentó que probablemente se debía al humo que había inhalado mientras luchaba contra el fuego durante buena parte de la noche.
Después de la visita, Antonio y Catalina fueron a dar un paseo acompañados de sus hermanas, que los seguían a una distancia prudencial.
Dos días más tarde, durante la cena, una de las hermanas de Catalina comentó que había oído al cura decir que Manuela, la madre de Juan, había muerto a causa de la gripe la misma noche del incendio.
Catalina sintió el impulso de salir corriendo hacia él, pero no podía hacerlo.
Presionó su cuerpo contra la silla y se obligó a enmascarar sus emociones.
Cuando don José se enteró, preocupado por ser el siguiente en sucumbir a la enfermedad, llamó a Catalina a su dormitorio.
—¿Crees que podríais adelantar la boda? —le pidió—. Me gustaría llevarte al altar mientras pueda.
A Catalina ni se le pasó por la cabeza negarse.
Inés María le cosió un vestido con la tela de seda color marfil que había tejido años atrás para la ocasión.
El sacerdote fijó la fecha para dos semanas más tarde, tras una discreta charla con el médico de la familia en la que este le confirmó la gravedad del estado de don José y el prístino estado del vientre de Catalina.