CATALINA #2
Esa noche, después de que Antonio se hubiera marchado y la casa hubiera recuperado el nivel normal de ruidos y murmullos, Inés María entró en la habitación de sus hijas y se sentó al pie de la cama de Catalina. Simona y Lucía ya dormían.
—¿Madre?
—Catalina, hija, siento no haberte avisado de la visita de don Antonio, pero no estábamos seguros de cuándo llegaría.
—Lo entiendo, madre —dijo ella con cautela.
—No, me temo que no acabas de entenderlo, pero si me dejas, te lo explicaré.
—Sí, por favor. —Catalina nunca se había sentido tan alarmada en su vida.
—Don Antonio estuvo casado, pero su esposa murió al dar a luz a un niño que murió poco después, en brazos de su padre. El dolor le hizo tomar la decisión de no volver a casarse con ninguna mujer de aquella isla, así que ha regresado a casa para encontrar aquí a su nueva esposa.
La primera esposa de don Antonio no era como ellos.
Había nacido en Cuba, y él creía que eso marcaba la diferencia.
No era lo bastante fuerte, y además rechazaba la medicina tradicional.
Cuando enfermaba, se negaba a dejarse tratar por los curanderos llegados de las Canarias, que usaban los remedios y oraciones de toda la vida.
En vez de eso, confiaba plenamente en una mujer nativa a la que todos llamaban «la bruja Enriqueta», y cuando bebía las pócimas que le preparaba caía en una especie de trance extraño.
Don Antonio le había contado a Inés María que hacía responsable a esa mujer de la muerte de su esposa.
Para cuando su madre acabó de hablar, Catalina se sentía al mismo tiempo horrorizada y fascinada por ese lugar lejano donde una mujer podía morir por el hechizo de una bruja; un lugar donde no había volcanes, moreras ni gusanos y, por lo tanto, no había seda; donde el tiempo era siempre cálido y la tierra, generosa.
—Creemos que allí serás feliz, hija mía.
Verás mundo y, algún día, regresarás como ha hecho él y podrás ayudar a tus hermanas.
No pienses en nosotros, piensa en ellas y en lo que está pasando en el país.
Ya sabes que tu padre no confía en que el negocio de la seda vuelva a ser el mismo.
Si las cosas no mejoran pronto, al menos sabremos que a ti no te faltará de nada.
Catalina no pudo contener las lágrimas por más tiempo. Su madre le acarició las mejillas y le apartó el pelo alborotado de la frente.
—Pero ¿por qué yo, madre? ¡Ni siquiera me conoce!
—Oh, sí que te conoce, mi niña; lo que pasa es que no te acuerdas, pero un día, hace mucho tiempo, te prometió que vendría a buscarte.
Catalina sintió que la sangre se le helaba en las venas al recordar algo que había sucedido tiempo atrás.
Cuando tendría unos nueve años, habían recibido la visita de un primo lejano que iba de camino hacia Cuba y que les traía una carta de otro pariente.
Lo acompañaba un amigo que viajaba con él en el mismo barco.
Catalina, siempre curiosa, los bombardeó a preguntas para las que no tenían respuesta.
En ese momento cayó en la cuenta de que el amigo era don Antonio, que le había prometido que un día le mostraría la isla.
—Al parecer es un hombre de palabra —comentó Inés María.
—¡Pero, si era una niña! —Catalina no pudo contener la rabia por más tiempo.
—Sí, pero ya no lo eres. Y tu padre y yo pensamos que será bueno para ti.
Catalina entendió al momento a qué se refería. Querían apartarla de Juan, el único hombre al que amaba y al que siempre amaría.
—¡No quiero ir a Cuba!
Se echó a llorar como un bebé enrabietado, lo que hizo que sus hermanas se despertaran alarmadas. Inés María cerró los ojos y empezó a rezar en silencio, sin duda pidiendo fuerzas, como hacía siempre que sus hijas ponían a prueba su paciencia.
El alboroto despertó a su padre, que entró en la habitación y se quedó al pie de la cama. Al verlos allí a los dos juntos, Catalina se dio cuenta de que sus padres ya habían aceptado la proposición de don Antonio en su lugar.
—No pienso hacerlo —dijo con firmeza. Tiró las sábanas a un lado y se levantó.
Aunque trataron de detenerla y darle explicaciones, ella bajó la escalera a toda prisa y siguió corriendo como si pudiera escapar de los planes familiares solo por salir de la casa.
Una vez fuera, se dirigió al lugar donde se sentía más segura en el mundo: la cabaña donde guardaban sus queridos gusanos de seda.
En la oscuridad oía a sus padres llamándola, pero los ignoró.
Oyó también las sabias palabras de su abuela, recomendándoles que la dejaran tranquila un rato.
Sus padres la obedecieron y entraron en la casa, mientras doña Elena les prometía que se quedaría a esperarla en el salón y hablaría con ella cuando regresara.
La puerta se cerró y se hizo el silencio, solo interrumpido por lo que parecía una tormenta que se acercaba.
Al fin se quedó a solas, con los gusanos como únicos testigos de sus sollozos.
—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer ahora? —repetía.
Un trueno seco como un latigazo interrumpió su letanía.
Encendió una brasa de carbón y se puso de puntillas para encender una lámpara de queroseno que colgaba de una de las vigas de madera.
La rabia le nubló la vista. ¿Cómo era posible que su padre, que la quería tanto, estuviera tan ciego? ¿Cómo podía traicionarla así?
Entonces otro trueno mucho más cercano la sobresaltó, y la lámpara que acababa de encender se le cayó de las manos.
Fue a parar sobre una jarra de barro, que se rompió en mil pedazos.
Catalina dio un paso atrás mientras el queroseno se extendía por la paja hasta alcanzar los lechos de los gusanos, y una llama prendió de repente, roja, amarilla y azul, hermosa a pesar de todo.
Catalina parecía estar pegada al suelo. Barría el espacio con los ojos, de arriba abajo y de izquierda a derecha, sin perder detalle, pero era incapaz de moverse.
Trató de gritar, pero no le salió la voz.
Las llamas saltaron de la paja al primero de los lechos, luego a otro y a otro, hasta terminar devorando los tablones de la cabaña desde abajo.
El humo, de color rosa pálido como el interior de una concha marina, ascendía en espiral hacia las vigas y el techo de paja de la cabaña.
Los gusanos se amontonaban intentando huir del calor, cada vez más intenso.
Las llamas empezaron a lamer los tobillos desnudos de Catalina.