CATALINA
C ATALINA
El día en que Catalina se enteró de que su vida estaba a punto de cambiar de manera drástica empezó como cualquier otro.
Por la mañana, ordeñó a las cabras y dio de comer a los gusanos.
Barrió la casa, ayudó a su padre con los árboles y luego trató de leer un rato, pero las letras se desdibujaban ante sus ojos.
Con el libro abierto en su regazo, no dejaba de pensar en Juan, con quien se imaginaba viviendo en una casita lejos de sus padres, sus hermanas e incluso de su querida abuela.
Después de comer fue a dar un paseo con sus hermanas con la esperanza de ver a Juan, aunque fuera de lejos.
Llevaba un mes sin verlo, desde el funeral de su hermano, pero, a pesar de que se alejaron tanto como sus padres les permitían, no hubo suerte.
Cuando volvieron a casa, todas las luces estaban encendidas y había jarrones por todas las superficies con flores del jardín, rosas y amarillas.
Las hermanas se miraron preguntándose si se habrían olvidado de alguna fecha importante.
¿Sería el cumpleaños de alguien? Catalina había cumplido dieciocho años un par de meses atrás, pero no lo habían celebrado porque la hambruna provocada por la guerra y una enfermedad contagiosa que había cruzado el océano estaban diezmando a las tropas y aniquilando familias enteras.
Todo el mundo estaba preocupado y nadie estaba de humor para celebraciones.
A Catalina no le había importado. Los dieciocho no eran una fecha importante en la vida de una mujer, ya que todavía no había alcanzado la edad de tomar sus propias decisiones.
Su madre las recibió en la puerta y, en silencio, indicó a sus hermanas que subieran a sus habitaciones mientras agarraba a Catalina del brazo y le susurraba que la siguiera.
—Esta noche tenemos un invitado especial —anunció mientras le retiraba a su hija el pelo de la frente y la examinaba de arriba abajo—. Deberías cambiarte, pero no hay tiempo.
Antes de que Catalina pudiera protestar, su madre la había arrastrado hasta el salón.
Su padre ocupaba su silla favorita, de espaldas a la chimenea, y doña Elena esperaba con expresión preocupada en un viejo canapé que nunca usaba nadie.
Un desconocido estaba sentado frente a su padre y su abuela.
Entre ellos, sobre la mesa reluciente de tanto frotarla, había una bandeja con dos vasos de ron casero.
Don José se había puesto una camisa blanca que contrastaba con el traje oscuro que llevaba en las bodas, los funerales y las reuniones de negocios importantes.
El visitante, vestido también de manera formal y con un pantalón de paño marrón, mantenía sus grandes manos extendidas y apoyadas sobre los muslos.
Su padre se lo presentó. Antonio López no era tan mayor como él, aunque le sacaba muchos años a Catalina.
Al estrecharse las manos con timidez, ella notó su calor, pero también los callos de un hombre al que no le asustaba el trabajo.
Eran más o menos de la misma estatura, aunque él le sacaba dos o tres centímetros.
Tenía los brazos delgados y un torso peculiar, robusto, que le recordó a un grueso tronco con ramas finas.
Se fijó en su pelo castaño, en sus ojos verdes que parecían no perder detalle de nada y en la barba, en la que habían aparecido ya algunas canas de manera prematura.
Aunque durante la reunión mantuvo la vista en el suelo, Catalina siguió sintiendo la intensidad de su mirada, de esos ojos que casi le ordenaban que levantara la cara. Pero ella se negó a hacerlo.
Antonio López. El nombre le sonaba de algo.
Era el amigo de un pariente, le aclaró su padre, un conocido de toda la vida.
Como muchos otros canarios, había partido hacia Cuba diez años atrás en busca de fortuna.
Y ahora, a punto de cumplir los treinta, tras años de trabajar duro en una plantación de caña de azúcar, se enorgullecía de ser el propietario de una tienda de ropa en una próspera localidad costera del centro de Cuba.
—Un lugar que me recuerda a este —añadió.
Aunque no dejaba de mirarla fijamente, Catalina no entendía qué tenía que ver ella con todo aquello. Sin embargo, escuchaba con curiosidad, ya que nunca había salido del pueblo.
Más tarde, Catalina llegó a pensar que Antonio la había elegido porque confundió esa curiosidad por interés, pero no era el caso; había venido a España expresamente a por ella.
Mientras Catalina escuchaba, los hombres comentaban el desastre que la pérdida de Cuba había supuesto para España dos décadas atrás.
—Si esos dichosos estadounidenses no hubieran intervenido en 1898, aún conservaríamos la joya del Caribe. ¡Como si no bastara con perder Puerto Rico y las Filipinas...! Lo de Cuba fue una auténtica debacle.
Cuando hablaba, Antonio gesticulaba, cortando el aire con sus pálidas manazas antes de posarlas sobre sus muslos con un golpe seco, como palomas al caer de un árbol.
—¿Sabía que mi esposa se dirigía a Cuba cuando nos conocimos? —comentó don José para cambiar de tema, ya que Antonio se estaba alterando demasiado—. Menos mal que la guerra con los estadounidenses no la pilló ahí.
—Sí, supongo. —Antonio pareció deshincharse con el cambio de tema—.
Aunque lo cierto es que las cosas no han cambiado demasiado.
Los españoles siguen llegando a diario desde todos los rincones del país y, aunque al principio no lo tienen fácil, todos acaban prosperando.
Tal vez no tanto como yo ni tan deprisa, pero al final todos lo consiguen.
El silencio se alargó tras estas palabras, y don José se apresuró a llenarlo con temas que conocía bien, como la crisis del negocio de la seda, la epidemia que había matado a tantísimas personas, la miseria que había traído la Primera Guerra Mundial o la hambruna que castigaba a las islas, donde los productos de primera necesidad como el azúcar, la harina o el aceite escaseaban.
Los Quintana salían adelante gracias a su modo de vida austero, aunque de vez en cuando —más a menudo de lo que les parecía prudente— debían echar mano del dinero escondido bajo el colchón por si llegaban tiempos inciertos.
Catalina temía que, si la guerra se alargaba mucho más, tendrían que empezar a trocear y vender la tierra, lo que supondría un mazazo para su padre. Solo de pensarlo se estremecía.
—¡Ochenta naves! —exclamó Antonio López, sacando a Catalina del bucle de pensamientos en el que se había adentrado—.
Los submarinos alemanes han hundido la cuarta parte de la flota española, con lo que se han perdido unas doscientas cincuenta mil toneladas de mercancías.
¡Perdidas! Pasto para peces en el fondo del océano, mientras la gente se muere de hambre.
Antonio parecía enfadado, pero era buen conversador y, al darse cuenta de que don José no compartía su indignación por el coste de la guerra, cambió de tema con destreza a uno menos comprometido.
Los siguientes minutos los dedicó a hablar de la creciente emigración de jóvenes hacia América, no solo a Cuba y Puerto Rico, sino también hacia Venezuela, México, Argentina, e incluso Luisiana y Texas.
Mientras veía cómo los labios de los demás se movían y trataba de mostrar interés observándolos desde un segundo plano, Catalina empezó a divagar de nuevo.
En comparación con el fanfarrón de Antonio, su padre resultaba mesurado, amable y considerado.
¿Para qué había traído a ese hombrecillo a casa?
Supuso que no era algo accidental, pero, hasta ese momento, siempre que su padre tenía una reunión de negocios, su presencia no era bienvenida.
Se imaginó que la necesitaban para algo, aunque no lograba imaginar para qué.
Antonio seguía hablando sin parar y parecía un poco nervioso, por lo que Catalina se obligó a escucharlo. Estaba hablando del tiempo en Cuba. Les contó que las temperaturas eran cálidas durante todo el año, con solo unos cuantos días de frío en los inviernos suaves, y que la tierra era muy fértil.
—Lanzas una semilla al suelo y al día siguiente ha crecido un árbol —comentó riendo, y volvió a golpearse el muslo con la mano para dar énfasis a su afirmación.
—¿Cultivan moreras? —preguntó Catalina, mirándolo por fin a los ojos.
—¿Disculpe? —Él pareció descolocado por la interrupción.
—Moreras. Son necesarias para criar gusanos de seda.
Antonio se echó a reír, como si fuera un adulto en presencia de una niña con mucha imaginación. A Catalina le disgustó de inmediato.
—No, no, hace demasiado calor para las moreras —respondió al fin—.
Además, en Cuba nadie usa la seda. Esos tejidos tan finos les resultan desconocidos.
Pero tenemos otras cosas —añadió, antes de empezar a dar detalles sobre su casa, el jardín, el almacén, el dinero que poseía, sus amigos y las cabezas de ganado.
A Catalina le pareció que debía de ser el dueño de la isla entera, pero entonces Antonio aclaró que le faltaba algo que deseaba mucho y que esa era la razón por la que había regresado a las islas.
En ese momento, y tras unos instantes de titubeo, Catalina soltó:
—¿Y qué es lo que le falta?
Su padre se volvió hacia ella con brusquedad, y ella se arrepintió de haber sido tan directa y trató de arreglarlo de inmediato:
—Si no es mucho preguntar, claro. —Bajó la vista al suelo, ruborizada por haber disgustado a su padre.
Pero Antonio no pareció darse cuenta de nada y la respuesta fue tan rápida y directa como la pregunta:
—Una esposa.
El rubor de Catalina ganó en intensidad, pero al menos ya tenía la respuesta que buscaba, el motivo de la visita. Sin apenas levantar la vista del suelo, volvió la cabeza hacia su madre, en una súplica muda.
Inés María, que estaba de pie cerca de su hija, decidió intervenir:
—Catalina, deberíamos ir preparando la cena. ¿Se quedará a cenar, don Antonio?
—Acepto encantado su invitación —respondió con una sonrisa que hizo que Catalina se encogiera.