La memoria de las olas MARA
14%

MARA

M ARA

Estaba agotada. Tras dos días trabajando sin descanso, me costaba mantener los ojos abiertos, pero Nina insistía.

Sentadas en una cafetería, señalaba el mapa que había extendido sobre la mesa y enumeraba los sitios que podríamos visitar durante el día libre que nos quedaba antes de regresar a Madrid.

Le llamaba la atención especialmente el santuario de la patrona de las islas, la Virgen de la Candelaria, que quedaba a unos veinte kilómetros de donde estábamos.

—Te gustan las iglesias, ¿no? —me preguntó.

Aunque sentía aversión por las religiones organizadas, Nina compartía mi interés por la arquitectura, especialmente por los antiguos lugares de culto.

—Aquí pone que se apareció a los habitantes originarios de estas islas en algún momento entre 1392 y 1401. ¿Qué te parece?

Me miraba con los ojos inteligentes de una persona que no ha perdido la curiosidad, a pesar de haber presenciado las peores facetas de la humanidad a través del objetivo de su cámara.

—Me parece que suenas como el doctor Seuss —respondí con esfuerzo, y todavía me quedó energía para añadir, haciendo comillas con los dedos—: ¡Oh, cuán lejos llegarás!

Nina soltó un gruñido.

Llamé al camarero mientras bostezaba. Necesitaba otro expreso.

Por muchas variedades que probara en mis viajes, ninguno podía compararse con el café cubano, negro, intenso y azucarado, que tomaba en Miami.

Me eché hacia atrás y dejé caer la melena sobre el respaldo, usando la silla para darme un masaje cervical exprés.

Estábamos sentadas mirando hacia el puerto, y en el horizonte se distinguían unas montañas.

El paseo marítimo era el lugar elegido por familias con niños tan bien educados como bien vestidos, y estaba lleno de gente paseando o montando en patinete, a la sombra de las palmeras datileras que me recordaban a las palmas reales que crecían en Cuba.

La brisa cálida proveniente del océano y la luz, no tan inclemente como la de Cuba o Miami, parecían envolverlo todo en un filtro velado.

Uno podía llegar a imaginarse que todo el mundo era así, bello, suave y amable.

Tenía claro que Nina pretendía que la visita sirviera para relajarnos un poco. El trabajo había sido brutal, las jornadas, inacabables, y yo llevaba toda la mañana de mal humor.

El primer día, sin tiempo ni de buscar un hotel, entrevistamos y fotografiamos a los supervivientes de un naufragio que habían sido rescatados por las autoridades españolas.

Con la ayuda de un intérprete de akan, logré entrevistar a Akuba, una mujer que dijo que debía de tener unos veinticinco años y que era madre de tres hijos, de cinco, tres y un año de edad.

En el viaje desde Ghana había perdido a los dos más pequeños, y aún seguía aferrada al cuerpo sin vida de su hija mayor cuando los encontró el equipo de rescate, que tuvo que arrancársela de los dedos helados.

Cuando nosotras llegamos, los cuerpos estaban ya en la morgue.

Insistí en ver a la hija de Akuba, a pesar de que Nina no quería fotografiar a una niña muerta.

Pero, aunque sabía que el periódico no publicaría una foto así, sentí la necesidad de ver a la pequeña, a la que me negaba a considerar «un cuerpo».

Su madre me contó que le había puesto de nombre Piesie Afua, porque era su primogénita y había nacido en viernes.

El intérprete me explicó que se consideraba que los nacidos en viernes eran personas viajeras.

En la morgue, sobre la fría camilla de acero inoxidable, la vi por primera y única vez. Piesie Afua, vestida con una blusa verde y una falda beis con volantes, ya no viajaría más.

De repente, me asaltó un recuerdo:

«Cuando me fui de Cuba, cuatro décadas atrás, llevaba los pantalones acampanados de poliéster rojo que me había hecho mi madre, junto con mi blusa favorita de cuadros rojos, blancos y azules, que se abotonaba por delante e iba adornada con cintas azul marino en el cuello.

La blusa también me la había hecho mi madre... ».

Tuve que apartar el recuerdo de mi mente a toda prisa o no habría sido capaz de realizar mi trabajo.

«Concéntrate», me dije a mí misma.

Tomé nota de las diminutas uñas de los pies, pintadas de rosa mate. ¿Zapatos? No, claro que no; los debía de haber perdido en el mar.

«¿Qué zapatos llevaba yo? No me acuerdo de qué zapatos llevaba. Ha pasado tanto tiempo...».

Para cuando Nina y yo llegamos al hotel aquella noche, estábamos tan agotadas que no fuimos capaces de procesar lo que habíamos visto y oído.

Me dirigí directamente a mi habitación para escribir y archivar el primer artículo a toda prisa.

Le envié una copia a Nina, que mandaría las fotos por separado.

Todavía no habíamos hablado de lo que habíamos visto ese día.

Justo antes de dormirme, recibí un mensaje suyo: «Hola, ¿estás despierta?

Solo quería comentarte que lo que has hecho hoy ha sido importante.

Por eso eres tan buena en lo tuyo. Los detalles que has incluido han humanizado a esa niña.

Me refiero a que ¿quién se pone volantes para emprender un viaje así? ».

Yo también me había hecho esa pregunta, aunque, en el fondo, entendía por qué se había puesto una falda con volantes para montarse en una barca destartalada. Acerqué los dedos a la pantalla del móvil, pero no le respondí.

A los quince años, yo también me puse mi ropa favorita para salir de Cuba.

No me la puse para subir a una barca y pasar una eternidad en el mar, sino pensando en mi llegada a Estados Unidos.

La ropa simboliza tus aspiraciones, quise decirle a Nina.

Lo importante no es lo que dejas atrás, sino el lugar al que esperas llegar.

Lo importante era el sueño, aunque en ese caso el sueño de la familia de Piesie Afua había muerto ahogado en el Atlántico.

A la mañana siguiente, cuando Nina y yo salimos para realizar el seguimiento de la historia, nos encontramos metidas en medio de una operación de rescate.

Mientras subía a bordo de una embarcación que tenía escritas en el casco las siniestras palabras SALVAMENTO MARÍTIMO , iba casi paralizada por el miedo.

Cuando uno de los miembros del equipo de rescate empezó a colocarme el chaleco salvavidas por la cabeza, estuve a punto de echarme atrás.

«Todo sea por el reportaje —me dije—. Va a salir bien, ya verás».

A medida que nos alejábamos de la costa, me vinieron a la mente las palabras del primer editor para el que trabajé:

«En el periodismo solo importan tres cosas —solía decir con su marcado acento de Misisipi, levantando un dedo por cada palabra y sosteniendo la mano en alto para conseguir un efecto dramático mientras recorría la redacción con sus centelleantes ojos azules—: Detalles, detalles y detalles».

Había llegado el momento de olvidarme de los miedos y de empezar a tomar notas de todo lo que pudiera contar, ver, oír, oler, sentir o incluso probar.

El capitán recibió un aviso y puso rumbo a las nuevas coordenadas a toda velocidad.

De repente, aparecimos casi encima de una barca volcada.

Todo sucedió tan deprisa que no fui capaz de anotar nada, ya que necesitaba toda mi atención para no caerme al mar revuelto.

En la barca que encontramos viajaban dieciséis inmigrantes.

Fueron rescatados y subidos a bordo de uno en uno, temblando y asustados, pero vivos.

Los miembros del equipo de salvamento, exultantes, me confesaron que estaban hartos de sacar cadáveres del agua; que un equipo de rescate se dedica a salvar vidas, no a recoger cuerpos inertes.

Durante el regreso, mientras la tripulación trataba de hacer entrar en calor a los náufragos con mantas térmicas, empecé a marearme y desorientarme al contemplar las olas que golpeaban contra el casco de la embarcación.

No podía dejar de pensar en la otra barca, la que nos llevó a mi familia y a mí desde Cuba a Estados Unidos muchos años atrás.

Miraba a mi alrededor en busca de mi padre, pero no lo encontraba.

Me agarré a Nina como si fuera mi madre, y no la solté.

Respiraba cada vez más deprisa, mientras todo daba vueltas a mi alrededor.

Cuando recobré el sentido —un minuto más tarde, según me contó Nina—, me encontraba en brazos de un joven marinero que no tenía ni idea de por qué una mujer de mediana edad se había desmayado en la cubierta de su barco.

En realidad no fue un desmayo, sino un ataque de pánico.

Lo reconocí enseguida porque no era la primera vez que me pasaba.

Era una de las razones por las que solía rechazar los reportajes que me obligaban a embarcarme, y la razón principal por la que nunca había ido de vacaciones en un crucero.

El mar me aterrorizaba, y no solo por mi experiencia al salir de Cuba, me daba miedo desde siempre.

Mi madre, a la que le pasaba lo mismo, estaba convencida de que yo sufría un trauma familiar heredado.

En una ocasión, se visitó con una psicóloga que le dijo que el dolor y los traumas podían pasar de una generación a la siguiente, que se graban en el código del ADN, como el color del pelo o algunos gestos.

La idea me resultó intrigante, pero preferí tomármelo a risa.

«Ah, ¿sí? —le pregunté—. Y entonces, ¿por qué no he heredado tus maravillosos rizos rojos?

». No supo responderme a eso, y tampoco a cuál sería el supuesto trauma heredado.

Fuera cual fuera la razón, el miedo era muy real.

Y, sin embargo, aquí estaba, a salvo en una cafetería de esta hermosa isla, con el sol en la cara y el mar a media manzana de distancia. Debería estar agradecida, pero en realidad me sentía... inquieta, distante, cansada, con ganas de volver a casa.

En otra época de mi vida, no demasiado lejana, me tomaba cada encargo del periódico como una oportunidad de explorar y aprender cosas nuevas.

Hablaba con desconocidos en los aviones, entablaba conversaciones con los taxistas, me sentaba en mesas comunes cuando iba a un restaurante y charlaba sobre el clima o incluso de política con mis compañeros de mesa...

Cada vez que viajaba, lo que sucedía a menudo, aprovechaba al máximo el tiempo, como si nunca fuera a regresar a ese lugar.

Pero las cosas han cambiado. Ya no tengo la energía ni la curiosidad necesarias para hacer más de lo estrictamente necesario.

Hago mi trabajo y los editores parecen contentos, pero me siento vacía por dentro; he perdido la chispa.

A veces me preocupa un poco, aunque no lo suficiente como para comentárselo a mi terapeuta.

El camarero me trajo el café y se quedó a mi lado, como si esperara una propina. Pensé que sería mejor que pagara ya y empecé a rebuscar el monedero en el bolso de cuero marrón.

—No, no hay prisa —comentó él mientras me dirigía una dulce sonrisa. Antes de irse, incluso me tocó el brazo.

Sorprendida por aquel inesperado contacto, busqué algo ocurrente que decirle, pero Nina se me adelantó.

—Lleva todo el rato coqueteando contigo y no te has dado ni cuenta. Los hombres van a tener que enseñarte un certificado de matrimonio si quieren que les hagas caso.

Iba a responderle cuando, de repente, una idea me sobresaltó.

—Un momento, ¿qué día es hoy?

—Lunes —respondió Nina distraídamente, sin apartar la mirada del mapa.

—No, qué día del mes. Necesito un número.

—Ah, estamos a veintitrés. Veintitrés de julio de 2019. ¿Por qué? ¿También has perdido la memoria?

—No. Es que acabo de darme cuenta de que es el décimo aniversario de la muerte de mi padre.

Justo en ese momento, el teléfono sonó con el tono de llamada de grillos que hasta Nina reconocía.

—¡Oh! Nos vemos en el hotel —se despidió Nina mientras doblaba el mapa a toda prisa.

Cogí el teléfono y le hice un gesto al camarero —imitando el movimiento de llevarme una taza a los labios— para que me trajera otro expreso, el tercero de la mañana. La llamada prometía ser larga.

Mi madre, que parecía baja de moral, me preguntó cómo estaba.

Le respondí que bien. No le hablé de la historia en la que estaba trabajando y tampoco mencioné el ataque de pánico ni las pesadillas en las que aparecía la niña.

No vi la necesidad de preocuparla, pero tampoco la vi especialmente interesada, ya que al oír mi concisa respuesta pasó al tema que le importaba de verdad. Lo normal en ella.

Quería hablar sobre mi padre, sobre lo mucho que lo echaba de menos y en lo distinta que sería su vida si el cáncer no se lo hubiera llevado a los sesenta y ocho años.

Habría viajado con él a las Canarias para ocuparse ella misma del asunto, en vez de pedirme a mí un favor para el que no tenía tiempo y que probablemente nunca le haría.

—¿Has podido? —me preguntó tras interrumpir su monólogo, con el que había logrado, de un modo indirecto, echarme la bronca una vez más.

—¿Si he podido qué?

—¿Has podido hacer lo que te pedí, encontrar la partida de nacimiento de mi abuela?

Oh, oh. Ya estábamos otra vez. ¿Cómo explicarle lo que había estado haciendo en estas últimas cuarenta y ocho horas?

¿Cómo hablarle de la niñita con volantes y las uñas pintadas de rosa, y de las emociones que había removido en mí?

No dejo de preguntarme si mi madre habría pasado miedo cuando cruzamos nuestro propio mar.

¿Sería la noche que pasamos en el estrecho de Florida tan oscura como en la tajada de océano que separa África de las islas Canarias?

—No, Mima. No he tenido tiempo.

—Lo sabía. Siempre soy la última en tu lista de prioridades.

—No es verdad. Bueno, sí, pero porque me guardo lo mejor para el final, como en las películas. Lo haré hoy, te lo prometo.

Mi promesa pareció calmarla, al menos por el momento. Instantes después, añadió:

—Todavía lo oigo silbar.

—¿A quién? —pregunté, aunque sabía perfectamente a quién se refería.

—A tu padre... —Se dispuso a contarme la historia que me sabía de memoria—. Cada día, hacia las dos, cuando estaba en la cocina preparando la comida porque sabía que estaba a punto de volver del trabajo, él silbaba para que supiera que ya estaba en casa.

Conocía bien aquel silbido que yo también había oído muchas veces, pero no se lo dije, porque entonces habría tenido que contarle que lo había oído desde siempre, desde antes incluso de tener voz o recuerdos.