CATALINA
C ATALINA
Aprovechó el momento de caos para escapar y dirigirse a su casa.
El sol estaba a punto de ocultarse, pero quedaba luz suficiente para ver por dónde iba.
El corazón le latía desbocado y los arbustos de lavanda le lastimaron los tobillos cuando tomó un atajo, pero Catalina no prestó atención a esas molestias intrascendentes.
Se apoyó una mano en el cuello, como si quisiera calmar los latidos con los dedos, y con la otra se levantó el vestido, en un vano intento de mantenerlo limpio y no tropezar con él.
Al acercarse, la casa de los Cruz le pareció aún más pequeña que de lejos: una puerta y dos ventanas cubiertas por un tejado que parecía una letra «A» con las piernas bien abiertas.
Florecillas silvestres blancas y azules le daban un toque de color a ese trozo de tierra yerma donde no crecía nada más.
Como si lo hubiera conjurado con la mente, justo en ese momento Juan salió de la casa y se encendió un cigarrillo.
Catalina vio la llama y aminoró el paso para observarlo.
La luz de la cerilla iluminó su rostro por un instante, y ella pensó que no había nada ni nadie a quien amara más en el mundo que a ese chico de manos cálidas y mirada traviesa.
Pero cuando él apagó la cerilla y su rostro se desdibujó en el atardecer, una súbita tristeza la caló hasta los huesos.
Tuvo el presentimiento de que, un día, él desaparecería como la luz de esa llama y la dejaría sola y a oscuras.
La idea le resultó tan insoportable que contuvo el aliento, y fue entonces cuando él se dio cuenta de su presencia.
Tiró el cigarrillo al suelo, corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos.
—¡Catalina! —exclamó—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?
—Guerra —fue todo lo que logró decir, porque le pareció más fácil eso que explicarle sus miedos—. El mundo está en guerra.
Juan todavía no se había enterado, pero trató de consolarla diciéndole que probablemente España no intervendría, que estarían a salvo, que él no se marcharía a ninguna parte. Le secó las lágrimas con delicadeza y posó un brazo en sus hombros para acompañarla hacia el camino que llevaba a la Roca.
Una vez allí, Juan se sacó la navaja del bolsillo y empezó a marcar la piedra.
—Mira —le dijo al terminar—. Así siempre estaremos juntos.
En la oscuridad creciente, Catalina observó las iniciales de ambos, una junto a la otra: «JC». La «J» y la «C» estaban tan pegadas que parecían el tronco de un árbol retorcido. Eso la hizo sonreír y, cuando él la besó, se olvidó de la guerra y de los malos presentimientos.
Los siguientes cuatro años se desdibujaban y mezclaban en la mente de Catalina, que pasó buena parte del tiempo ayudando a su madre a alimentar a su familia con la poca comida que tenían, básicamente lo que cultivaban y poco más.
Aunque Juan acertó y España se mantuvo neutral durante la guerra, gran parte del país —en especial las islas— se empobreció mucho.
El comercio se vio muy afectado por los barcos y submarinos alemanes que buscaban presas en el mar.
Algunos días, cuando los adultos hacían la siesta después de comer, Catalina se escapaba a la Roca con la esperanza de encontrar a Juan.
Sin otra manera de comunicarse con él, lo único que podía hacer era cerrar los ojos y desear con todas sus fuerzas que él estuviera allí.
A menudo su deseo se cumplía y lo encontraba esperándola, como si supiera que ella iba a aparecer.
Cuando no estaba, se conformaba con acariciar las iniciales grabadas en la piedra y soñar con él.
A veces oía su melancólico silbido cuando pasaba cerca, y sabía que estaba pensando en ella. Pero no era suficiente; nunca lo era.
Un día de primavera, cuando Catalina acababa de cumplir dieciocho años, Ana se presentó en su casa llorando y le contó que su hermano mayor, Tomás el pescador, había muerto a causa de un resfriado que había pillado en el mar y que acabó llevándoselo en cuestión de días.
Catalina consoló a su amiga, pero no podía dejar de pensar en Juan y en que iba a tener que cargar con la responsabilidad de cuidar de su familia.
Ana se marchó tan pronto que, para cuando la madre de Catalina apareció en la puerta, ya se había ido.
—¿Qué quería esa boba? —le preguntó Inés María, incapaz de disimular lo poco que le gustaban sus vecinos, aunque se aplacó un poco cuando Catalina le contó lo sucedido y le pidió permiso para asistir al funeral y acompañar a Ana.
—Puedes ir, pero con tu abuela y tus hermanas.
—Por supuesto —se apresuró a aceptar Catalina, ansiosa por volver a ver a Juan.
Doña Elena acompañó a sus nietas, que parecían mayores con sus vestidos largos de luto. Tras la ceremonia, Catalina les dijo a sus hermanas si no les importaba que se quedara un rato más con Ana.
—¿Con Ana? —preguntó Simona en tono burlón.
Ante la mirada de súplica de Catalina, Simona transigió y las dos hermanas menores acompañaron a una exhausta doña Elena de vuelta a casa. Poco después, Ana se marchó también, llevándose a su desolada madre con ella.
Cuando Juan y Catalina se quedaron solos en el cementerio, se sentaron a la sombra de un almendro, y ella, convencida de que nadie los veía, apoyó la mano sobre la de Juan y descansó la cabeza en su hombro.
Había sido un día despejado hasta ese momento, pero ahora estaba cambiando rápidamente.
Aunque no hacía viento, las nubes cruzaban el cielo a toda prisa, como si el viento las persiguiera.
El aire de principios de otoño olía a lavanda y a melaza.
Juan, despeinado como siempre, iba vestido con la ropa de trabajo —pantalones de color ocre y una camisa de algodón que en otro tiempo fue blanca— y, aunque desprendía un ligero aroma a cebolla y estiércol de vaca, a Catalina no le importaba; estaba acostumbrada a su olor.
—Mis padres dicen que soy demasiado joven para sentir algo por un chico.
Catalina no sabía cómo explicarle que su padre empezaba a sospechar de sus continuas escapadas, y que le había advertido que debía mantenerse alejada de «esa gente».
Ni siquiera tuvo que especificar a quién se refería.
Hacía tiempo que en su casa estaba prohibido hablar de Ana, mientras que el nombre de Juan no se había mencionado ni una sola vez fuera del dormitorio que Catalina compartía con sus hermanas.
José Ángel siempre se había opuesto a que su hija se viera con Juan por razones que a Catalina le resultaban absurdas.
Si bien era cierto que provenía de una familia rota y muy pobre, sin apenas tierra ni dinero, le parecía que precisamente su padre debería respetar a un joven que había cuidado de su madre y su hermana mientras su hermano mayor permanecía en alta mar.
Pero su padre se aferraba con obstinada tozudez a la idea de que la familia Cruz estaba maldita, y aseguraba que «ese chico» —así llamaba siempre a Juan— cargaba con la vergüenza de su madre y algún día repetiría los pecados de su padre.
—Te mereces algo mucho mejor —solía decirle—. Solo trato de protegerte.
Catalina no podía contarle nada de esto a Juan, ya que no quería herir sus sentimientos ni su orgullo.
Sin soltarle la mano, él cogió un palo del suelo y se puso a trazar sus iniciales en la tierra.
—Di algo, por favor... —lo apremió ella mientras le apretaba la mano.
—No es eso lo que piensan en realidad. Lo que no quieren es que estés conmigo por mis orígenes y porque no tengo nada que ofrecerte. Y tienen razón.
Catalina no supo qué responderle. Era cierto que la guerra había traído penurias para todos, pero estaba segura de que las reticencias de su padre no se debían a la pobreza de Juan.
Al fin y al cabo, él también había sido pobre y, tras el estallido de la guerra, ya no era el hombre próspero de antaño.
Para José Ángel el problema era y siempre había sido la familia Cruz.
Al notar su confusión y su vergüenza, Juan le dirigió una mirada tierna mientras le apartaba un rizo que le caía sobre la frente. Los nubarrones habían detenido su carrera y ahora se cernían sobre ellos.
—Va a llover —anunció él, levantándose—. Vete a casa, mi amor. Encontraré la manera de verte pronto.
—¿Cómo? —Catalina no podía disimular su desesperación—. Cada vez me cuesta más encontrar una excusa para que me dejen salir.
—Silbaré y sabrás dónde encontrarme.
Le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, pero Catalina mantuvo las suyas inmóviles a los lados, sin saber muy bien por qué, y se arrepintió en cuanto vio que Juan la dejaba caer lentamente y se la metía en el bolsillo.
—Vete ya —insistió él, señalándole el camino con la barbilla—, te vas a quedar empapada.
Cuando llegó a casa, los nubarrones se habían dispersado tan deprisa como habían llegado.
Ni una gota cayó del cielo sobre el suelo requemado.
En los años venideros, a pesar de todo lo que pasó o tal vez debido a ello, de vez en cuando se reprendía por no haberle dado la mano y no haber salido huyendo con él aquel mismo día.