MARA
M ARA
Cuando el sol empezó a asomar tras las montañas que rodean la ciudad, estaba ya duchada y ataviada con mi uniforme de viajera: pantalones negros y una camiseta gris lo bastante holgada para disimular los cinco kilos que no había manera de quitarme de encima.
Me eché una sudadera color azul claro sobre los hombros, me recogí el pelo en una coleta floja y me calcé las viejas y sufridas botas de piel, prácticas y cómodas.
El vuelo a Madrid salía a las ocho, pero mi apartamento estaba a pocos minutos del aeropuerto.
La ciudad en la que vivo, en la costa norte de España, aún no ha sido descubierta por los turistas internacionales, que tienden a concentrarse en el sur y en las grandes ciudades.
Espero que las cosas sigan así, y por eso no he escrito ni una palabra sobre ella en la sección de viajes de mi periódico.
Santander queda a solo cuatro horas de Madrid en tren o en coche, pero parece que se encuentre en otro país.
Los turistas suelen visitar el museo Guggenheim en Bilbao, que queda a una hora de mi casa, pero luego regresan a Sevilla o a Barcelona y se deshacen en alabanzas sobre lo especial que es el norte, sin saber que se han perdido algunas de las zonas más bonitas de esta tierra.
Dos veces a la semana llega un ferri cargado de turistas ingleses hambrientos de sol, convencidos de que, al llegar a España, se encontrarán con playas soleadas.
Muchos de ellos regresan a casa el mismo día, decepcionados, ya que Santander tiene el mismo clima que Irlanda: veranos frescos, con mucha lluvia, e inviernos fríos, neblinosos y también lluviosos.
Esa es, de hecho, la clave de su belleza, lo que lo convierte en un lugar tan verde, exuberante, limpio y solitario.
No importa lo que pasó el día anterior, la lluvia de la mañana arrasa con todo.
Hay otra razón que me impulsó a venir a vivir a Santander.
Me dan ataques de pánico y he llegado a desmayarme si estoy cerca de aguas profundas.
Cuando se lo comenté a mi terapeuta, me dijo que tenía talasofobia.
Yo asentí, porque mi orgullo no me dejó admitir que no sabía lo que era, y acepté la prescripción que me hizo, aunque no tenía intención de tomarme ninguna pastilla.
En cuanto salí de su despacho, busqué la palabra en el móvil y vi que no era más que una manera sofisticada de llamar a una dolencia que me había acompañado toda la vida: miedo al mar.
Aunque es algo con lo que he convivido desde que tengo uso de razón, el año pasado, cuando mi hijo se fue a la universidad, decidí afrontarlo de una vez por todas.
Mi terapeuta me aconsejó terapia de exposición, lo que implicaba exponerme a mis miedos de manera gradual y controlada.
En Manhattan no me resultaba fácil, ya que los ríos que lo rodean no cuentan.
Además, mi mundo era muy reducido en aquella época y ni siquiera me acercaba a los ríos.
Tras unos meses de mirar fotos, vídeos y documentales de océanos, me mudé a España, un país que me enamoró desde la primera visita, cuando empecé a salir con Nelson y descubrí que era ciudadano del mundo: argentino de nacimiento, estadounidense por elección y judío sefardita por sus ancestros.
Los antepasados de mi esposo fueron expulsados de España después de 1492, como casi todos los judíos.
Huyeron a Italia y, cuatro siglos más tarde, algunos emigraron a Argentina.
Tras jubilarse, los abuelos paternos de Nelson decidieron regresar a la tierra de sus ancestros en el montañoso norte de España, y se compraron un piso con vistas al mar en el Santander de finales de los setenta.
Cuando ellos murieron, Nelson lo heredó.
Por aquel entonces había solicitado ya la nacionalidad española gracias a su linaje sefardí, nacionalidad que luego adquirí yo como su esposa.
Estaba entusiasmada con mi pasaporte rojo, que valoraba como solo saben hacerlo los que, como yo, hemos sido refugiados sin un país al que regresar.
Íbamos a Santander cada verano, una tradición que continué con Dylan tras la muerte de Nelson, cuando heredé el apartamento, y siempre me negué a alquilarlo el resto del año.
No podía permitir que otras historias diluyeran la nuestra.
Ese piso acabó convirtiéndose en mi hogar.
Las ventanas de la fachada delantera enmarcaban el mar Cantábrico —casi siempre revuelto pero majestuoso—, que es el nombre con que se conoce la parte del golfo de Vizcaya que bordea la costa norte española.
En los días buenos, el mar sereno centelleaba bajo el sol y el ligero oleaje era una montaña rusa de agua por la que subían y bajaban los surfistas.
En los días malos, los lugareños salían de casa y, al olfatear el aire, sacudían la cabeza y refunfuñaban porque el viento venía del sur.
Todo el mundo sabía que, si uno no quería acabar empapado, esos días más valía mantenerse lejos del paseo marítimo que daba a la bahía.
La terapia de exposición gradual parecía estar funcionando.
Trataba de no acercarme demasiado a la playa mientras paseaba por la ciudad, pero admiraba la vista desde las ventanas de casa.
Por las noches, el sonido de las olas me acunaba —con la ayuda del ibuprofeno cuando tenía dolor—, y por las mañanas me despertaba la luz del sol.
Con el paso del tiempo, el sol había desteñido la tapicería verde del viejo sofá, sobre todo en los brazos, y el resultado me parecía acogedor.
Aunque mi gusto y el de los difuntos abuelos de Nelson eran distintos, cuando me instalé aquí no me vi capaz de desprenderme de los muebles y los cuadros que habían acumulado a lo largo de su vida, de modo que decidí no traer los míos desde Nueva York.
La verdad es que no me veía con fuerzas para cambiar nada.
Por primera vez en la vida, me pareció bien ponerme en la piel de otras personas.
La mía estaba frágil y gastada, aunque nunca lo habría admitido ante nadie.
Cuando no trabajaba, procuraba mantenerme ocupada y seguir una rutina para no perder la razón.
Los lunes iba al mercado a comprar pescado en una plaza del centro de la ciudad, donde las mujeres de los pescadores se encargaban de vender el botín capturado por sus maridos.
Los martes y jueves iba a clase de yoga y hacía algunos recados.
Los miércoles visitaba museos o galerías de arte.
Los viernes iba al cine, y los fines de semana exploraba los pintorescos pueblos desperdigados por este precioso rincón del mundo.
No tenía amigos, pero tampoco hacía gran cosa por cambiar la situación.
Pasaba casi todo el tiempo sola, esforzándome en reparar mi alma y mi corazón con la ayuda del tiempo y la monotonía.
Solía tener un par de encargos al mes de mi periódico, y también proponía ideas para reportajes que mis editores acostumbraban a aprobar.
Tenía la sensación de haber vuelto a los días en que me ocupaba de la inmigración en Nueva York, con la diferencia de que en Europa escribo sobre fronteras abiertas y uso más el francés que el español para entrevistar a los recién llegados.
Pero, en temas migratorios, resulta sorprendente lo similares que son los relatos: una mezcla de dolor, esperanza y miedo que me resulta muy familiar.
El nuevo encargo en las islas Canarias me intrigaba, pero también me asustaba.
No tenía claro qué era lo que me daba miedo, pero mi cuerpo se había puesto en alerta desde el momento en que recibí la llamada de mi editor.
Tal vez se debía a la geografía de las Canarias.
Pensar en trozos de tierra tan diminutos rodeados de tantísima agua me había impedido visitarlas, aunque siempre había querido hacerlo.
En esta ocasión, sin embargo, no tenía excusa.
No estaba en mi naturaleza rechazar un encargo, por mucho que me asustara.
Me detuve un instante en la puerta del dormitorio, dudando sobre qué mochila llevarme.
Mi editor había dicho que no quería un gran reportaje, pero también había comentado que el tema quizá diera más de sí.
Un impulso me hizo coger la más grande, lo que acabó siendo la elección correcta.
Y, como hago siempre antes de emprender un viaje, murmuré una oración con la mano apoyada en la mezuzá del marco de la puerta.
La mezuzá ya venía incluida con el piso.
Yo no soy judía ni especialmente religiosa, pero sí soy cubana y, por tanto, muy supersticiosa.
Esa misma mañana, mientras buscaba a Nina en el aeropuerto de Madrid, mi teléfono empezó a sonar con el tono de grillos que tenía asignado a mi madre. Lo saqué del bolso y respondí.
—¿Cómo estás? —le pregunté sin pensar.
—Ahora estoy bien, pero mientras hablaba contigo antes me entró ese dolor de barriga tan fuerte que tengo de vez en cuando.
¿No te diste cuenta de que colgaba muy rápido?
Supongo que no, porque no me devolviste la llamada.
Casi no podía respirar... —dijo sin hacer una sola pausa para preguntarme cómo o dónde estaba, como de costumbre.
Mi amiga Nina apareció en mi campo de visión justo en ese momento, y me dirigió una de sus sonrisas resplandecientes. Bajita y muy delgada, con el pelo corto y rizado, podría pasar por un adolescente, pero en realidad tiene sesenta años y es una fuerza de la naturaleza.
Vocalicé en silencio las palabras «mi madre» y ella frunció el ceño.
Me conoce lo suficiente para saber que más vale no molestarme cuando estoy al teléfono con mi progenitora.
Con los ojos azules muy abiertos, Nina me rodeó y se dirigió a la cola de seguridad mientras yo hablaba con mi madre o, mejor dicho, mientras la escuchaba.
—¿Prefieres colgar, descansar un poco y llamar más tarde? —le propuse con paciencia, porque no era la primera vez que teníamos conversaciones de este tipo.
—No, no —respondió al momento, por miedo a quedarse sin público—, creo que ya estoy bien.
Pero yo no lo estaba. Tenía que subir a un avión y se lo hice saber.
—Oh, ¿por qué no me lo has dicho antes? Pensaba que seguías en casa. Necesito contarte algo.
—Ya me lo has contado antes, ¿no? —le dije mientras Nina le entregaba el pasaporte y la tarjeta de embarque a la agente.
Mi tarjeta de embarque estaba en el móvil, por lo que tenía que colgar.
—Mima, tengo que dejarte.
Mientras me apartaba el móvil de la oreja, que ya echaba humo, oí a mi madre gritar:
—¡Espera! Esto puede ser importan...
Le entregué el móvil a la agente con una sonrisa de disculpa, y ella misma colgó con una uña tan larga como falsa antes de comprobar mi identidad y de escanear la tarjeta de embarque. Nina me esperaba al otro lado, con una sonrisa idéntica a la que me había dirigido al saludarme.
—Ni una palabra —le advertí.
—Yo también me alegro de verte. —Se puso de puntillas para darme dos besos.
Cuando mi teléfono volvió a cantar puse los ojos en blanco, y Nina se encogió de hombros mientras yo respondía.
—Como iba diciendo... —siguió mi madre, incansable como siempre.
—Mima, de verdad. ¡Estoy en el aeropuerto!
—Seré breve, te lo prometo. —Y, por una vez, cumplió su promesa—.
Antes me has preguntado si recordaba algo más sobre mi abuela, si tenía alguna foto o algo, y te he dicho que no.
Pero luego me he acordado de algo, aunque no sé si te servirá de mucho...
En realidad, estoy casi segura de que no servirá de nada, y a veces me pregunto si no lo habré soñado.
—Mima, no entiendo nada. ¿A qué te refieres?
—A una carta —respondió, hablando más deprisa—. Una vez leí una carta, una que no querían que leyera, y estoy casi segura de que mencionaba unos árboles. Sí, eso es. Decía que las moreras habían rebrotado.
—¿Las moreras? ¿Y por qué no querían que leyeras la carta? —le pregunté mientras avanzaba hacia la puerta de embarque, pero no recibí respuesta; me había quedado sin señal.