CATALINA #3
Para poder verlo, Catalina aprendió a mentir.
Sabía que era pecado, pero esperaba escapar de la ira de Dios y de todos los santos a los que su madre les rezaba, porque sus intenciones eran nobles.
Pensaba que Dios mejor que nadie iba a entender la fuerza del amor.
Los viernes Juan vendía el pescado que su hermano Tomás capturaba durante la semana, y Catalina siempre se ofrecía para ir con sus hermanas al mercado a comprar pan, pescado y cualquier otra cosa que su madre necesitara.
A Lucía, la menor de las hermanas, no le llamaba la atención que Catalina pasara más rato de la cuenta en el puesto del pescado.
Al contrario, le gustaba porque así tenía más tiempo para jugar con otros niños del pueblo.
Pero Simona sabía lo que pasaba y, desde una distancia prudencial, vigilaba a sus dos hermanas: a la mayor, que suspiraba por el amor de su vida, y a la benjamina, que correteaba con sus amigos cerca de la iglesia.
—¿Qué vas a llevarte hoy, Catalina? —le preguntó Juan mientras se metía una mano en el bolsillo de los pantalones de algodón, de color ocre.
Llevaba un delantal sucio que lo protegía de cintura para abajo, pero la camisa blanca ya estaba llena de escamas y manchas de sangre.
Durante el último año había crecido en estatura y se le habían ensanchado los hombros, y sus manos, hábiles y callosas de tanto trabajar, parecían un tanto desproporcionadas con respecto al cuerpo, lo que marcaba su paso de la adolescencia a la edad adulta.
A Catalina le fascinaban esas manos: las palmas ásperas, surcadas por cicatrices causadas por los cuchillos o las espinas; los meñiques, perpetuamente encogidos como si estuvieran a punto de cerrarse en un puño.
Una vez le preguntó sobre ellos y él respondió que los había heredado de su padre, igual que su habilidad de silbar y su espíritu temerario.
—Lo de siempre —respondió ella al fin.
Expectante, esperó a que él eligiera el ejemplar más hermoso de vieja, uno de los peces preferidos de la zona.
Juan le cortó la cabeza y la cola, consciente de que Catalina no comía nada que tuviera ojos.
Ella se encogió un poco cuando el cuchillo se clavó en el bloque de madera y admiró su habilidad para lanzar la cabeza y la cola en el cubo que tenía a sus pies.
Luego él puso el bonito pescado de color rojo y gris sobre una hoja de papel de estraza y, justo antes de envolverlo, deslizó dentro la nota que se había sacado del bolsillo.
Catalina se sintió aliviada, ya que esa era la auténtica razón por la que se ofrecía a ir al mercado.
Juan siempre incluía una nota para ella en el paquete del pescado.
En su caligrafía infantil, copiaba un poema de amor que sacaba de alguno de los libros de su hermana, aunque la copia quedaba salpicada de faltas de ortografía de su propia cosecha.
Cuando Catalina tenía trece años y Juan dieciséis, la nota que encontró en el paquete de pescado resultó no ser un poema, sino un ruego: «Reúnete conmigo en la Roca al anochecer».
La Roca, como la llamaba todo el mundo en el pueblo, era una piedra gigantesca que se alzaba en el extremo oeste de la finca de los Quintana.
Cuando eran pequeñas, Catalina y sus hermanas jugaban a ver quién llegaba antes a la Roca, corriendo entre las hileras de árboles de morera.
Simona siempre era la primera; Catalina siempre llegaba la última.
Su corazón se desbocó al leer la nota de Juan.
¿Cómo iba a salir de casa sin que se enteraran sus padres?
Pero Juan ya lo había previsto. Esa noche había una reunión en la iglesia para dar la bienvenida al nuevo párroco, el padre Jacinto, que llegaba para sustituir al padre Manuel, el sacerdote que había bautizado a todos los habitantes del pueblo y casado a la mayoría, y que había fallecido de manera inesperada hacía una semana.
Cuando los padres de Catalina se fueron a la iglesia después de cenar, dejándola a cargo de sus hermanas, ella les dijo que se marcharan a su habitación y cerraran la puerta, con la excusa de que quería ir a dar de comer a los gusanos antes de acostarse.
Sus hermanas obedecieron y Catalina se escabulló por la puerta trasera, pero en vez de ir al cobertizo fue corriendo hasta la Roca.
Y fue allí, con la espalda apoyada contra la inmensa piedra, donde Juan la besó por primera vez.
Llevaban un rato sentados, charlando, con las espaldas apoyadas en la pared de piedra, cuando Juan le tomó la mano y se la besó sin dejar de mirarla a los ojos.
—¿Cuánto me quieres? —preguntó Catalina, tal como le salió del alma.
—Demasiado. —Juan se levantó y tiró de ella.
—¿Cuánto es eso?
—No se puede medir. —La atrajo hacia su pecho.
—Seguro que sí —insistió ella, juguetona—. ¿Tu amor es tan grande como mi casa?
—No, mucho más grande. —Juan le rodeó la estrecha cintura y la acercó más a él.
—¿Tanto como el cielo?
Los ojos pardos de Catalina fingían sorpresa, pero brillaban de deseo.
Cuando Juan se inclinó hacia sus labios, ella entreabrió la boca y su aliento lo animó a seguir.
Deslizó la lengua entre sus labios, al principio con delicadeza y, al no encontrar resistencia, de manera salvaje, como si hubiera cruzado un desierto a pie y acabara de encontrar un manantial.
Catalina también lo abrazó y dejó que él amoldara su cuerpo al suyo.
En sus recuerdos, ese beso duraba una eternidad. Antes de apartarse, él le murmuró al oído:
—Mi amor por ti es más alto que el cielo y más profundo que el océano.
Catalina todavía no había visto el mar, pero sabía que un gran océano rodeaba la isla como si esta fuera un gigantesco capullo de seda, y que ellos estaban a salvo, atrapados en medio de su enormidad.