CATALINA #2
Nada de eso hizo mella en el amor que Catalina sentía por Juan.
Ni siquiera ella sabía el momento exacto en que se enamoró de él.
Si la hubieran obligado a elegir, habría dicho que fue el primer día de verano del año en que cumplió los seis.
Estaba jugando fuera, sola, tras haber ordeñado a la cabra y haber ayudado a su abuela a arrancar las malas hierbas del huerto.
De pronto, oyó un silbido que llegaba de los árboles cercanos.
Al principio pensó que se trataba de un pájaro y, aunque su canto la intrigó, decidió ignorarlo.
Aun así los silbidos continuaron, y a Catalina le pareció que transmitían un mensaje bonito pero triste.
Nunca había oído silbar de ese modo, ni a personas ni a pájaros.
Se dirigió al límite de la propiedad, donde empezaba el bosque de pinos, pero cuando llegó allí el silbido se detuvo.
Al darse la vuelta para regresar a la casa, volvió a oírlo de nuevo.
Esta vez se dijo que el autor era humano, ya que el silbido sonaba como las tonadillas que su padre entonaba de vez en cuando.
Volvió la cabeza rápidamente, y distinguió la inconfundible silueta de un niño moreno y flaco que bajaba saltando de un árbol y echaba a correr.
No dudó en ningún momento de que se trataba de Juan.
El estómago se le cayó a los pies, como si se hubiera tragado una piedra.
Se desplomó en el suelo y se quedó allí sentada, observando cómo Juan se alejaba corriendo en dirección a su casa.
No era capaz de describir lo que sentía.
Pero desde ese día, cuando no estaban juntos, las horas se le hacían eternas y aburridas, y le costaba encontrar una razón para sonreír.
Catalina fue tres años a la escuela y, al final del verano del último curso, su padre anunció que no volvería a clase porque necesitaban que cuidara de los gusanos de seda.
—Pero, padre, estoy aprendiendo números y palabras. Seré de más ayuda si voy a la escuela —protestó entre sollozos, aunque parte de ella sentía alivio por no tener que volver a pasar las mañanas en un aula, fingiendo prestar atención a cosas que no le interesaban.
A José Ángel le resultaba muy duro ver llorar a sus hijas, especialmente a Catalina, que lo había seguido a todas partes como un cachorrito desde que aprendió a caminar.
Cuando la familia iba a alguna parte en el carro tirado por mulas, ella insistía en sentarse a su lado en el pescante.
En cuanto empezó a reconocer palabras y a hilar frases, leía el periódico en voz alta para deleite de su padre.
Si se encallaba en alguna palabra o la pronunciaba mal, él hacía ver que no se daba cuenta.
Catalina le enseñó a firmar con su nombre y a leer palabras importantes, como «semillas», «árboles» o «precio».
Cuando le dolían las rodillas por la noche, era Catalina quien le aplicaba un ungüento de aloe que cultivaban en el huerto familiar.
Si había que reparar una valla, Catalina estaba a su lado con el mazo para ayudarlo.
Pero no podía ceder; necesitaba que su hija colaborara en el negocio familiar.
—Ya sabes sumar, restar, leer y escribir —replicó José Ángel—. Eso es todo lo que necesitas aprender en la escuela. El resto te lo enseñará tu esposo algún día.
Esas palabras parecieron calmar a Catalina, que ya había decidido que su marido solo podía ser Juan.
Si se había disgustado era porque, al pasarse todo el día en casa, le resultaría más difícil volver a ver a Juan y a Ana.
Pensaba que sus amigos volverían a la escuela en otoño, y en el caso de Ana acertó, pero no en el de Juan.
Fue él mismo quien decidió que había llegado el momento de dejar la escuela y empezar a trabajar.
A pesar de la pobreza de su familia, Ana siguió yendo a clase tres años más.
Se había convertido en una niña seria y responsable que cuidaba de su madre cada vez que enfermaba, lo que era bastante frecuente.
También se encargaba de cocinar, limpiar y lavar la ropa de toda la familia.
Sus pequeñas y suaves manos se le ensancharon y encallecieron muy pronto, y le salieron dos arrugas prematuras en la frente, como si se estuviera preguntando constantemente qué más podría salir mal en su desoladora vida.
Y, a pesar de todo, sus ojos pardos brillaban con una luz especial, que a Catalina le parecía preciosa y relajante.
Ana iba siempre cargada de libros, y los cuidaba como si fueran tesoros que hubiera encontrado escondidos bajo una roca.
No era raro encontrarla leyendo, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol tras haber acabado las tareas del día.
Si alguien, Catalina incluida, se acercaba y la interrumpía, Ana levantaba la cabeza con educación, pero con la mirada desenfocada y el dedo señalando el punto en que se encontraba antes de la interrupción.
Poco a poco las dos amigas se fueron distanciando.
Ana prefería perderse en los libros durante el poco tiempo libre que le dejaban las tareas, y Catalina cada vez estaba más obsesionada con Juan.
A los doce años, finalmente decidió compartir los síntomas que la aquejaban con su hermana Simona, que era también su confidente. Fue ella la que puso nombre a su enfermedad.
—Creo que estás enamorada —diagnosticó con una sonrisa cómplice—, pero será mejor que no se lo digas a nadie. Ni se te ocurra decírselo a padre o a madre... Y sobre todo que no se entere Juan. No sería apropiado y, además, he oído que a los chicos no les gustan las chicas que se enamoran de ellos.
Catalina se lo prometió. Le gustaba la idea de tener un secreto, y no con cualquiera, sino con su hermana, a la que adoraba.
Aunque era un año menor, Simona siempre había sido más espabilada que ella, y su breve conversación le confirmó lo que ya sospechaba.
Sin embargo, su hermana se equivocaba en una cosa: Catalina estaba segura de que Juan también estaba enamorado de ella, aunque nunca se lo hubiera dicho.