La memoria de las olas CATALINA
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CATALINA

C ATALINA

Con tres hijas sanas y cinco cruces de madera en el jardín, los padres de Catalina perdieron la esperanza de tener un hijo, pero se sentían satisfechos con sus hijas, que eran altas y de ojos oscuros como su madre, y que habían sacado el pelo rojo y la vitalidad de su padre.

Desde pequeñas empezaron a ayudar en la finca, sobre todo con el cuidado de los gusanos de seda, que habían sido incorporados al negocio familiar de la granja desde el nacimiento de Catalina.

Después de que ella viniera al mundo, un vecino les había regalado una caja de gusanos de seda, quince ejemplares.

Les pareció que el gesto y la coincidencia con el número de semillas que plantaron al llegar era un buen presagio.

Al principio, Inés María los llevaba en el delantal, como si fueran cachorros de algún tipo de mascota, pero pronto asumieron que los gusanos necesitaban un lugar estable en el que vivir, así que los instalaron en una cabaña que José Ángel construyó cerca de la casa.

Las ágiles manitas de las niñas eran perfectas para manipular los frágiles gusanos y los delicados capullos de seda, y Catalina era la que lo hacía mejor.

A base de paciencia, conseguía hacer comer hasta al más reacio de los gusanos.

Cuando era ella la encargada de cuidarlos, estaban a gusto y crecían hasta volverse rollizos en sus camas, unas bandejas de madera acolchadas con hojas de morera y almacenadas unas sobre otras en la cabaña, como si fueran cajones.

Tanto en su pequeño pueblo de La Peña —el único municipio sin acceso al mar de La Palma— como en el resto del archipiélago, su granja se hizo famosa por ser la productora de las mejores hojas de morera de las Canarias.

Se corrió la voz de que los gusanos alimentados con las hojas de los Quintana ponían más huevos que el resto, vivían más de ocho semanas y producían hilos de seda fuertes y resistentes.

Mientras las niñas cuidaban de los gusanos, su madre aprendió a hilar y a tejer.

Por las noches, al terminar las tareas domésticas, la familia al completo, incluida una doña Elena ya achacosa, se sentaba en el salón bajo la única bombilla que José Ángel había instalado cuatro años después de que llegara la electricidad a la isla.

Doña Elena y las niñas se dedicaban a bordar, y José Ángel, siempre tan conversador, charlaba sobre los árboles, la granja, el tiempo o el viento, mientras Inés María se sentaba frente a su telar de mano en silencio —seguía siendo muy callada, aunque ya no estaba triste— y tejía metros y metros de tela ondulante.

La seda que producía no era para vender, ni se le habría pasado por la cabeza, sino para hacerles vestidos a sus hijas.

También guardaba algunos metros color marfil para las bodas que algún día llegarían.

El de Catalina fue el primer vestido de novia que confeccionó y el único que se arrepintió de haber cosido.

Catalina conoció a Juan Cruz Cruz a los cinco años, durante su primer día de escuela, e inmediatamente sintió como un tirón en el estómago, una sensación extraña, casi dolorosa, que no comprendía pero que hizo que quisiera estar a su lado en todo momento.

Eran vecinos, pero sus caminos no se habían cruzado todavía porque él era tres años mayor.

Sabía de su existencia, igual que sabía que había mulas o vacas en las granjas vecinas.

Era el chico que vivía en la única casa que se veía desde la ventana de su habitación, pero nunca se había fijado en él de verdad hasta que se sentaron en la misma aula, la única que había en la escuela.

Juan entró vestido con unos pantalones cortos que le quedaban pequeños, descalzo y con una sonrisa traviesa que anunciaba al mundo que le daba igual lo que los demás pensaran de él.

Una niña, con la que compartía rasgos y pelo moreno y rizado, se agarraba con fuerza de su mano.

Él le susurró algo al oído y le dio un empujoncito en dirección a la silla vacía que quedaba al lado de Catalina.

Cuando Juan se sentó tras ellas, Catalina se dio la vuelta para echarle un vistazo.

Tenía un rostro abierto, receptivo, y sus ojos pardos iban de lado a lado, como si quisiera memorizar las caras de todos los alumnos nuevos o animarlos a hablar.

Aunque solo tenía ocho años, era muy maduro para su edad.

Parecía saber lo que quería y cómo conseguirlo y, a partir de ese día, lo que siempre quiso fue a la niñita pelirroja con pecas que se sentaba delante de él.

Por suerte para Juan, no tuvo que esforzarse mucho.

El maestro permitió que su hermana Ana permaneciera sentada junto a Catalina, que simpatizó al instante con la niña tímida que era tan alta como su hermano a pesar de que tenía solo seis años.

Las dos se hicieron inseparables. Durante los recreos, mientras Juan las observaba a distancia, ellas se sentaban en el suelo de tierra y jugaban a lo primero que se les ocurría, que era a ser madres.

Como no tenían muñecas, envolvían ramitas en trozos de tela de saco y las apretaban contra sus pechos planos, como si estuvieran amamantando a sus bebés.

Después de la escuela, regresaban juntas a casa y Juan siempre las seguía de cerca.

En la polvorienta bifurcación del camino frente a la granja de Catalina, ella se dirigía a la derecha mientras los dos hermanos seguían su camino hacia su casa, más pequeña, sin árboles frutales pero rodeada de flores silvestres.

Desde aquel punto, no se veía ningún animal.

—¿Qué comerán? ¿De dónde sacarán la leche? —se preguntó Catalina en voz alta.

Aunque ella adoraba a Ana, fue Juan quien prendió su imaginación.

Se sentía fascinada, aunque también un poco intimidada por su manera de enfrentarse al mundo.

Juan no recogía flores, sino que arrancaba plantas de cuajo; perseguía a los lagartos, trepaba a los árboles y se dejaba caer rodando ladera abajo.

Cada día le mostraba a Catalina sus nuevos cortes o arañazos en las rodillas, codos o dedos.

Se sentía orgulloso de sus cicatrices. Tras unos meses de limitarse a observar, Catalina trató de unirse a sus correrías, pero era imposible seguirle el ritmo.

Cada vez le resultaba más difícil no pasar a su lado las largas horas de la tarde, cuando volvían de la escuela, o los inacabables fines de semana.

Cada domingo lo buscaba en misa o en el mercado, las únicas actividades en las que se reunía casi todo el pueblo, pero Juan y Ana nunca iban a la iglesia.

A veces, Catalina tenía la sensación de que no eran reales, de que su imaginación los había creado para que la escuela le resultara más llevadera.

Un fin de semana, cuando el verano se aproximaba y, con él, el final de curso, Catalina le preguntó a su madre si podía ir a jugar a casa de Ana.

Se encontraban en la cocina, donde Inés María —con un delantal atado a su cintura, que crecía día tras día— cortaba verduras mientras Catalina recogía los trozos sobrantes para preparar un caldo, tal como le había enseñado su abuela.

Su madre esperó a terminar la tarea antes de dignarse a responder. A Catalina la espera se le hizo eterna.

Inés María abrió la boca como si fuera a hablar, pero cambió de idea. Cuando al final respondió, lo hizo mirando por la ventana y no a su hija.

—Hoy no es un buen día. Tu abuela no se encuentra bien, mejor otro día.

Al ver que se dirigía hacia los fogones, Catalina supo que no serviría de nada preguntarle qué tenía que ver que su abuela no se encontrara bien con que ella no pudiera ir a jugar con su mejor amiga.

Lo volvió a probar al día siguiente, y al siguiente, y lo siguió intentando hasta que llegó a la edad en que entendió por qué no podía visitar a Ana y por qué su madre nunca se lo iba a explicar.

Casi nadie del pueblo se relacionaba con la familia Cruz.

Se decía que su padre, un hombre llamado Aureliano Cruz, de quien nadie quería acordarse, era un borracho que abandonó a su mujer, Manuela Cruz, cuando los niños todavía eran pequeños.

Al no tener un hombre en su vida, Manuela se convirtió en una rareza en La Peña, un lugar anclado a la tradición, el deber y el temor a Dios.

Sin el respaldo de un marido, quedó en una situación muy precaria, pero no totalmente desamparada.

Para sobrevivir, Manuela se dedicó a lavar la ropa de otras personas.

Pasaba muchas horas a solas en el río, cuando las demás mujeres habían vuelto ya a casa huyendo del sol del mediodía.

En cuanto sus hijos tuvieron edad suficiente para manejar un machete o una hoz, dejaron la escuela para trabajar como jornaleros, arrancando cebollas, escarbando patatas o quitando malas hierbas en las extensas plantaciones de tabaco.

El día en que empezó a llevar pantalón largo, Tomás, el hijo mayor, se hizo pescador, con lo que la situación de la familia mejoró un poco.

Pero por aquel entonces Manuela se había convertido ya en foco de burlas y habladurías, porque mucho después de la desaparición de su marido dio a luz a una hija, Ana.

Con el tiempo, el estigma de haber dado a luz a una hija sin padre reconocido se fue desvaneciendo, igual que pasa con los recuerdos, pero la mala reputación se quedó pegada a la familia, en especial a Ana, como la melaza se pega a los dedos.