La memoria de las olas MARA
6%

MARA

M ARA

Como de costumbre, la charla con mi madre me había dejado tristona. «Nunca se sabe lo que puede pasar», me había dicho, y en eso estábamos de acuerdo. La vida nunca deja de sorprender.

En otro tiempo, en otra vida, hace ya trece años de eso, vivía con mi familia en un piso elegante construido antes de la guerra en el Upper West Side de Manhattan.

Trabajaba en uno de los periódicos más prestigiosos del mundo, donde me ocupaba de cubrir temas relacionados con la inmigración, lo que significa que me ganaba la vida escribiendo acerca de los pobres y los desplazados.

Mi marido, Nelson Salas, productor de informativos de una cadena audiovisual, estaba más ocupado que yo, que ya es decir, y muchas veces tenía que viajar sin apenas preaviso.

Teníamos un hijo, Dylan, un niño feliz y espabilado que, desde el primer día, se convirtió en el centro de nuestras vidas.

En aquella época yo soñaba con llegar a ser corresponsal en África.

Sin saber por qué, me había sentido atraída por ese continente desde pequeña, y saber que todos los corresponsales a los que admiraba habían trabajado allí en un momento u otro de sus carreras me hacía desear la posición aún más.

Pero el sueño se truncó cuando mi marido murió, de un modo inesperado y devastador, de un infarto de miocardio masivo mientras cruzaba Central Park de camino al trabajo.

Tenía cuarenta y dos años. En el momento de su muerte, llevábamos veinticuatro años juntos, desde el último curso en el instituto.

Mi Nelson era de esos novios detallistas.

Me traía flores cada vez que me pasaba a recoger en su viejo Volkswagen destartalado.

Me escribía poemas que me dejaba en la cartera y me grababa cintas de casete con canciones que le gustaban y que esperaba que me gustaran a mí también.

A su lado aprendí mucho sobre música clásica, poetas ingleses y tango argentino.

Durante los años que vivimos juntos, nunca se olvidó de sacar la mantequilla de la nevera cada mañana para que, a la hora del desayuno, estuviera blanda, tal como me gusta.

Y todos los días sin excepción me preparaba un capuchino con espuma y canela.

La mañana en que me avisaron desde el hospital, todavía no había lavado la taza.

No la lavé durante mucho tiempo, porque había sido el último objeto que Nelson tocó en nuestro hogar.

Esa mañana se marchó mientras yo estaba en el baño y no pude despedirme de él con un beso, como de costumbre.

A pesar de todo me considero afortunada, porque pocos llegan a experimentar en toda su vida sentimental lo que yo tuve con Nelson.

Sí, sin duda deberíamos haber envejecido juntos, pero la vida tenía otros planes.

Por suerte me dejó el más valioso de los regalos: Dylan, nuestro hijo.

De no ser por su presencia tangible, probablemente habría acabado pensando que mi relación con Nelson había sido un espejismo, un charco resplandeciente en medio del desierto de mi corazón.

Los años que pasamos juntos fue la única época de mi vida en la que me sentí entera, cuando todas las piezas de mi vida encajaron a la perfección bajo el manto de nuestro amor.

Estaba medio paralizada por el dolor, pero la obligación de cuidar de un niño de seis años impidió que me desmoronara del todo.

El día en que Nelson murió, fui directamente del hospital al colegio de Dylan.

Quería estar con él y llevarlo un rato al parque para que jugara, mientras me armaba de valor para contarle que papi ya no estaba con nosotros.

Dylan era demasiado pequeño para entender la muerte, pero lo bastante mayor como para imitar mi comportamiento.

Si yo estaba triste, él también lo estaba y, si lloraba, él se unía al llanto con tanto sentimiento que detenía mis lágrimas a base de sollozos.

Tenía miedo de que mi hijo quedara marcado por la ausencia de su padre, así que, ya en esos días confusos que siguieron a su muerte, me juré que seguiría viviendo con alegría, como si la vida fuera una aventura, tal como Nelson habría querido que hiciéramos.

Aun así no fue fácil, porque sin él me sentía perdida.

Por las mañanas no sabía qué ropa ponerme, porque él me leía la previsión del tiempo antes de que abriera el armario.

Era el sociable de la pareja, el que conocía a todo el mundo en el edificio, incluso en el resto de la manzana.

Al caminar por el barrio, después de su muerte, me sentía invisible, como si alguien hubiera apagado un interruptor y me hubiera dejado en medio de la oscuridad más absoluta.

No hubo funeral ni entierro, porque a Nelson no le habría gustado.

Su cuerpo fue incinerado y sus compañeros de trabajo organizaron una emotiva reunión en la gran pradera de Central Park para celebrar su vida.

Hubo música, poemas y no faltó el vino tinto.

Sin duda alguna, a Nelson le habría encantado.

Por supuesto yo también asistí y me llevé a Dylan conmigo, pero nos fuimos pronto.

Mi dolor era tan intenso y Dylan tan pequeño que no tenía sentido que siguiéramos allí.

¿Qué podían decirnos que no supiéramos? ¿Qué anécdotas o recuerdos podían compartir que fueran mejores que los nuestros?

Había perdido al amor de mi vida, y mi hijo había perdido a su padre.

Nada iba a mitigar mi tristeza, ni todo el vino del mundo ni el concierto de violín que se celebró en el parque aquel día.

Durante años, conservé sus cenizas en una caja de cedro que guardaba en el armario.

Más tarde, cuando Dylan ya era adolescente, comentamos más de una vez qué hacer con las cenizas.

Esperé a que Dylan creciera para que me ayudara a decidirlo, pero el momento pasó y no llegamos a ninguna conclusión, así que la preciada caja sigue conmigo, guardada en el último cajón de la cómoda.

Cuando mi hijo se fue a la universidad, los días volvieron a perder la forma y el orden.

Ya no quería ni cocinar. Había sido una cocinera entusiasta cuando éramos tres y luego cociné con amor para dos, pero al quedarme sola ni siquiera era capaz de ir al mercado.

La leche se estropeaba, la lechuga se ponía mustia en la bolsa y las peras se pudrían en el frutero.

Pasaba los días aturdida, en una montaña rusa de emociones que iban desde la euforia por haber recobrado la libertad al pánico a estar sola.

De repente, el apartamento de dos habitaciones me parecía enorme.

Mi madre me llamaba varias veces al día, pero yo ignoré sus llamadas hasta que tuve que admitir que necesitaba ayuda.

—Lo que necesitas es un novio —sentenció ella tras haber escuchado mis desvelos.

Me aparté el teléfono del oído y estuve tentada de colgar, pero antes conté hasta diez en mi francés oxidado, para tardar más.

Desde la muerte de Nelson había tenido varias citas, pero nunca había repetido con el mismo hombre.

A todos los medía tomándolo a él como referencia y ninguno salía bien parado, porque carecían de su sentido del humor, de su calidez, inteligencia y buena presencia.

Ninguno de ellos, además, olía como mi Nelson, a esa sutil mezcla de su olor corporal —como de hojas de árbol tras una tormenta— y del penetrante aroma de su colonia favorita.

La botella verde de Brut seguía en el tocador del dormitorio.

La abría con frecuencia para aspirar un poco de Nelson, pero la cerraba enseguida por miedo a que se evaporara y perdiera el aroma de mi marido para siempre.

—¿Sigues ahí? —me preguntó mi madre.

—Sí, sigo aquí, y sigo de luto por Nelson. ¿Alguna idea más?

—Han pasado doce años, Mara —insistió ella—. Y estoy convencida de que Nelson no habría querido que vivieras así. Además, eres una viuda relativamente joven. No sé qué es lo que buscas, pero tú siempre sabes...

Mi madre siguió hablando, pero yo ya había dejado de escucharla tras su comentario sobre mi momento vital.

Aunque me dolió lo de «una viuda relativamente joven», su definición se ajustaba a la realidad.

Ya no era joven, era «una viuda relativamente joven».

Si tenía intención de hacer cambios en mi vida, había llegado el momento.

Estaba segura de que el periódico ni se plantearía enviarme al extranjero como corresponsal —mis antiguos colegas se habían retirado, habían muerto o habían cambiado de ocupación—, por lo que dejé el empleo y negocié un contrato que me permitiera seguir escribiendo como colaboradora externa.

Me quedé sin trabajo a jornada completa, pero no me importó porque no tenía créditos que pagar y el seguro de vida de Nelson cubría los estudios de Dylan y nos permitía vivir a los dos sin estrecheces.

Cuando Dylan nació, Nelson había insistido en hacerse un seguro de vida, pero yo me negué.

Le dije que me parecía innecesario y que tal vez incluso nos traería mala suerte.

Lo que yo quería era la seguridad de que él viviría tanto tiempo como yo, a ser posible por escrito.

Lo que necesitaba era saber que su lado de la cama nunca estaría impoluto y que siempre iba a encontrar su mano en la oscuridad.

Él se rio de mis miedos y me abrazó para que dejara de preocuparme.

Ahora, por supuesto, doy gracias por su previsión.

Poco después, le subarrendé el piso a un colega y yo también volé del nido.

Solo me llevé unos cuantos libros, una maleta llena de ropa práctica —en su mayoría de color gris— y una foto enmarcada y en blanco y negro de un faro de Cayo Vizcaíno al anochecer, una imagen que Nelson había capturado cuando era un joven fotógrafo y que siempre había colgado cerca de la cama.

Era lo primero que veía al despertar y lo último, antes de cerrar los ojos todas las noches.

Al final no fui a África, pero de un modo que nunca habría imaginado, África vino a mí.