CATALINA #3
Los dos últimos bebés que perdió, dos niños gemelos, permanecieron tanto tiempo en su cuerpo que, cuando lo abandonaron, Inés María se incorporó en la cama apoyándose en los codos y examinó los cuerpecillos sin vida que habían quedado entre sus piernas.
Aunque eran diminutos, estaban completamente formados.
Tenían las uñas trasparentes y las orejas más suaves que la seda.
Uno de ellos mostraba una marca de nacimiento rosada en un párpado.
Inés María hizo la señal de la cruz con una mano mientras cubría el cuerpecillo entero con la otra.
El otro bebé parecía un ángel en reposo.
Si hubiera permanecido un poco más de tiempo en su vientre, estaba segura de que habría sobrevivido.
Había visto mujeres que habían dado a luz de forma prematura y que envolvían a sus hijos en hojas de plátano y los llevaban pegados al cuerpo durante meses.
Los alimentaban como si fueran pajarillos en el nido, hasta que Dios y todos los santos decidían conferirles un alma y permitir que salieran adelante.
Pero Inés María no tuvo tanta suerte. Cuando su madre la ayudó a quemar la placenta, también echó al fuego las hojas de plátano que había recogido en cuanto notó los primeros dolores.
Luego se vendó los pechos con una larga tira de tela hasta que dejaron de lactar.
Odiaba decir que había perdido a sus hijos, porque no era verdad.
Sabía exactamente dónde se encontraban. Inés María había insistido en enterrarlos ella misma.
Había envuelto sus cuerpecillos en seda blanca y les había puesto una tira de algodón en los párpados para sellar unos ojos que nunca llegaron a contemplar la gloriosa luz que bañaba ese rincón de mundo.
Tampoco vieron el dolor que consumía el rostro de su madre, cuyas mejillas se ahuecaban mientras sus labios carnosos se volvían finos y macilentos.
Tras cada aborto, Inés María cargaba la pala al hombro y se dirigía al rincón más sombrío de la finca, bajo el magnolio, una zona rodeada por unas flores llamadas «pico de paloma», cuyos capullos de color rojo y naranja intenso brotaban silvestres en primavera y en verano.
Con cada golpe de la pala en el duro suelo sentía que todo su cuerpo se convulsionaba, como si, una vez más, los bebés estuvieran abandonando la seguridad de su vientre.
Durante los primeros tres años de matrimonio, cinco cruces brotaron de la tierra para que no pasara ni un día sin acordarse de su fracaso y su tristeza.
Cuando se aventuraba fuera de la finca, algo que solo pasaba muy de tanto en tanto, sentía los ojos de los vecinos clavados en ella y los murmullos que viajaban de boca en boca sobre su vientre estéril o la impotencia de su esposo.
En el río, donde se unía a las demás mujeres una vez a la semana para lavar la ropa de trabajo de su marido o las sábanas blancas contra los bordes rugosos de las piedras de la orilla, las vecinas dejaban de hablar o de cantar al ver que se acercaba.
Sabía que ellas tenían miedo de que su destino fuera contagioso, como si su mera presencia pudiera dejarlas yermas, secas, incapaces de formar una familia y de conservar a sus maridos.
Porque, al fin y al cabo, ¿cuál era el propósito de la unión entre un hombre y una mujer sino el de llenar sus manos y corazones con los dulces y regordetes cuerpecillos de los bebés?
Una noche, tras cenar un potente guiso de alubias estofadas y carne de cabrito a la brasa acompañada de una ensalada de pimiento, cebolla y aceitunas, Inés María esperó a que su madre se retirara de la mesa para implorarle a su esposo que le trajera el río a casa.
—La furia me ahoga —se sinceró, mirándolo a los ojos—. No quiero volver a verlas nunca más.
—¿A qué te refieres? —José Ángel ya lo sabía, pero necesitaba oírselo decir.
—Las mujeres —respondió con rencor—. No quiero volver a verlas, ni a ellas ni a sus hijos.
José Ángel agachó la cabeza, como si se sintiera avergonzado, pero hizo lo que le pedía.
Al día siguiente, antes del alba, construyó un pedestal bajo el mirto con madera sobrante y colocó sobre él una piedra de río cóncava.
Cuando tocaba lavar la ropa, acarreaba cubos de agua del pozo y la vertía en la piedra, que había pulido con las herramientas de la granja para proteger las manos aún delicadas de su esposa.
Escondida en la casa con su madre y su esposo, que la adoraba, Inés María cuidó de su dolor como si fuera un jardín.
Lo atendía y lo alimentaba con recuerdos, expectativas y esperanzas truncadas.
Mientras se ocupaba de sus tareas diarias —cuidar de los animales, arrancar las malas hierbas del huerto, ayudar a su madre en la cocina y la limpieza de la casa, lavar la ropa y alisarla con una plancha de hierro calentada con brasas—, cada vez estaba más triste y taciturna.
Se decía a sí misma que Dios la estaba castigando, pero no sabía por qué; se consideraba una mujer virtuosa y una buena cristiana.
Se había vuelto ya devota de la Virgen de la Candelaria, patrona de las islas, y de la Virgen de las Nieves, venerada en La Palma.
Con el tiempo se convenció de que, por mucho que le rezara a Nuestra Señora, no volvería a quedarse encinta.
La idea le desgarraba el alma, ya que, en medio de la soledad y los infortunios, se había enamorado de su esposo.
Le encantaban su tozudez en lo referente a la tierra, su optimismo, su sentido del humor y su bondad intrínseca, pero lo que más le gustaba era la gratitud que brillaba en sus ojos cada vez que se entregaba a él.
En su mirada veía reflejado el mismo deseo creciente que sentía ella por su marido y por la familia que Dios les había negado.
Solo había una cosa que podía hacer, una única opción razonable: empezar a rechazar a su esposo.
Por las noches, cuando José Ángel estiraba sus fornidos brazos hacia ella y trataba de acomodarla bajo su cuerpo, Inés María le daba la espalda, ignoraba sus besos ardientes y cerraba las piernas como le había ordenado su madre que hiciera antes del matrimonio.
José Ángel no se rindió y, durante ocho años, la abrazó y le secó las lágrimas mientras se secaba las suyas, porque lo suyo era amor auténtico.
Pero un día, cuando ya se preparaba para acostarse, Inés María se dio cuenta de que su marido cada vez llegaba más tarde a casa. En realidad, no fue ella quien se dio cuenta, sino su madre. Mientras ponía la mesa para dos, lo que cada vez era más habitual, le había preguntado:
—¿Por qué sigue trabajando tu marido, si ya es de noche?
Inés María no había contestado porque respetaba mucho a su madre, pero también porque no sabía qué decir. El trabajo en una granja era agotador y muy esclavo, pero ¿se había vuelto más exigente en los últimos tiempos? No recordaba si José Ángel llegaba siempre a esas horas.
Esa noche lo esperó despierta en la oscuridad del dormitorio y, al notar su presencia, se volvió hacia él.
—No quiero hacerte sentir incómodo —empezó con timidez—, pero ¿cómo es que trabajas hasta tan tarde?
Al sentir los ojos oscuros de su esposa clavados en él, José Ángel decidió contarle una versión de la verdad.
—No estaba trabajando, mujer. Estaba tomándome una copa. A veces mis huesos necesitan un trago; no la boca, ni la garganta, ni la cabeza, sino los huesos.
Inés María se limitó a asentir. Sabía que él no la vería, pero creía que notaría su comprensión.
Y, sin embargo, tenía un agudo sentido del olfato y no había detectado en él el repugnante olor del alcohol.
Lo que sí notó fue un olor distinto en su cuello cuando se acercó a darle un beso, como hacía siempre antes de darse la vuelta para dormir; era un olor acre, a cebollas, con un toque de lavanda y un rastro de limón.
Pero en su granja no crecía la lavanda...
Por eso, esta vez, antes de que se diera la vuelta, Inés María se aferró a él. José Ángel, sorprendido pero exultante, la abrazó como si se estuviera ahogando y ella fuera el último bote salvavidas del océano.
Nueve meses más tarde, cuando el nuevo siglo había cumplido solo cuatro meses, dio a luz a una niña tras un glorioso embarazo que devolvió a su esposo a sus brazos y un propósito a sus vidas.
La llamaron Catalina, porque nació el 29 de abril, festividad de santa Catalina de Siena.
De segundo le pusieron Candelaria, para honrar a la Virgen de la que Inés María era tan devota.
Desde el momento de su nacimiento, Catalina de la Candelaria Quintana Cabazas se convirtió en su bebé milagro, tan fuerte y sana que llegó al mundo llorando y apenas dejó de hacerlo durante un año.
A Inés María y a José Ángel no les importaba.
Catalina había salvado su matrimonio y había roto la maldición que se cernía sobre ellos.
Trece meses después nació Simona de las Nieves, seguida de Lucía Hilaria, tres años y medio más tarde.
En la granja de los Quintana vivían ahora tres preciosas niñas, pero nadie en la familia dudó jamás de cuál de ellas sería la que un día les rompería el corazón.