La memoria de las olas CATALINA #2
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CATALINA #2

La boda se celebró en una pequeña iglesia de Tenerife, cercana a la pensión donde las dos mujeres se habían refugiado a su llegada.

José Ángel se ofreció a pagar el alojamiento, pero doña Elena, mujer orgullosa y prudente, prefirió vender su anillo de boda y correr ella con los gastos.

Inés María se casó con el sencillo vestido de color azul cielo con escote alto y mangas tres cuartos que había pensado ponerse al llegar a Cuba, complementándolo con la mantilla negra que su madre había metido en la maleta para el viaje.

No tenían dinero para el ramo, pero José Ángel se encargó de ello y le puso uno de flores silvestres en las manos cuando ella se reunió con él frente al altar, acompañada de su madre.

Ninguno de los dos tenía estudios, por lo que los novios firmaron el certificado de matrimonio con cruces, como si Dios guiara sus manos, tal vez incluso sus vidas.

Cuando Inés María pronunció el «sí, quiero», el cura le pidió que hablara más alto.

Avergonzada, la novia se volvió hacia su madre, que repitió las palabras en su nombre.

El sacerdote se dio por satisfecho con la respuesta que oyó, y ni siquiera se fijó en que no había salido de los labios de Inés María.

Hasta el día en que murió de un susto —sola en su habitación, pero muy querida por su familia—, José Ángel bromeaba con su suegra diciéndole que, en realidad, estaba casado con ella y no con su hija.

Después de la boda, los recién casados se dirigieron a La Palma con doña Elena a cuestas, y cuando Inés María vio por primera vez la parcela que José Ángel había heredado sintió que había cometido un error y que tal vez por eso había perdido la voz durante la ceremonia.

Debería estar en Cuba, la tierra de los sueños y las oportunidades, y no en este árido y desolado rincón del mundo.

En el valle del norte de España donde se había criado, un lugar tranquilo cerca de la antigua ciudad portuaria de Santander, la tierra fértil producía manzanas en abundancia gracias a la bendición de las casi continuas lluvias.

Y no solo manzanas, sino también judías verdes, tomates, cebollas, lechugas, puerros, peras, coles, coliflores y acelgas.

Aquí en La Palma, la tierra era dura e irregular y el sol la azotaba de manera brutal.

Le costaba imaginar que este terreno pudiera producir alguna cosa.

Pero José Ángel tenía un plan.

—No tengo intención de vender cebollas ni plátanos —dijo mientras regresaban juntos hacia la casa—. Mi objetivo es más ambicioso.

Le contó que pensaba plantar moreras, cuyas hojas —de color verde oscuro y grandes como abanicos— eran el único alimento de los gusanos de seda, los diminutos tejedores que hilaban las hebras más finas y que, en manos de las expertas hilanderas y tejedoras de la isla, se convertirían en prendas de ropa para el clero y las clases adineradas de toda Europa.

—¿Y por qué no lo hacen los demás? —preguntó la sensata Inés María antes de agacharse y hundir los dedos en la tierra sedienta.

Al levantar la vista hacia José Ángel, lo vio desde una perspectiva distinta.

Mientras él seguía hablando sobre sus sueños, le pareció más alto y más guapo.

Su corazón se expandió, y el amor hundió sus raíces en un órgano que, hasta ese momento, se había limitado a bombear sangre.

De pronto, sintió una oleada de calor que se originaba en su pecho y se extendía hasta alcanzar todos los rincones de su cuerpo.

Inés María se ruborizó. José Ángel le ofreció las manos y la ayudó a levantarse con delicadeza. De pie, eran de la misma estatura.

—No todo el mundo puede plantar esos árboles tan delicados —le explicó con amabilidad—, pero nuestra tierra ha sido bendecida con el tipo de suelo, la elevación y la luz que necesitan para crecer bien.

José Ángel lo sabía porque su abuelo le había transmitido la información como si fuera un secreto familiar.

El anciano no se había atrevido a plantar los codiciados árboles por miedo al fracaso, pero sabía que su nieto solo le temía a Dios.

Y José Ángel estaba convencido de que Dios estaba de su lado, sobre todo desde el día en que Inés María cayó en sus brazos.

—El truco para que prosperen está en plantarlos en el lugar adecuado —le contó a su esposa—. Si les da demasiado el sol, las hojas se caen al suelo, secas y quebradizas, pero si les da demasiado poco se marchitan en la sombra.

La respuesta de Inés María fue apretarle los dedos, y José Ángel se sorprendió al notar la fuerza de aquella mano cálida que apenas dos semanas atrás no sabía ni que existía.

A partir de ese momento, sus esperanzas se centraron en las moreras. No aspiraban a hacerse ricos, solo a que los árboles les proporcionaran lo suficiente para llevar una vida digna y tranquila.

Restauraron la vieja casa de sus abuelos con el dinero que les prestó un tío y los escasos ahorros que tenía José Ángel.

Por aquel entonces, sus únicas pertenencias eran los pocos muebles que pudieron rescatar: una cama con somier metálico y colchón de paja que usaba la pareja, y otra cama más antigua aún, con colchón de muelles, que le ofrecieron a doña Elena.

También tenían una mesa de madera maciza para la cocina, cuya superficie mostraba las cicatrices dejadas por los años de cortar verduras y carne, cuatro sillas cojas que José Ángel enderezó a martillazos, tres ollas negras de hierro colado, diez reales y las quince semillas de morera que habían comprado para plantar.

Un mes más tarde, diez de las quince semillas habían brotado y, con el tiempo, siete alcanzaron la madurez.

Más adelante, José Ángel hizo esquejes de madera blanda con ramas leñosas de sus árboles y fue plantando otros más.

José Ángel sabía que las moreras estaban íntimamente ligadas a los gusanos de seda.

Aunque no era científico, estaba convencido de que las hojas desprendían una sustancia que alteraba a los gusanos a nivel químico y los volvía dependientes de esas hojas para su supervivencia.

Tal vez esa misma sustancia impedía que otros insectos se alimentaran de sus hojas, y tal vez esa fue la razón por la que ninguna plaga de insectos u otros animales atacó a los árboles de los Quintana.

Aun así, José Ángel temía otros castigos que pudiera enviar Dios de la mano de la naturaleza: el viento, sobre todo cuando los retoños eran poco más que plantones, o un incendio, una preocupación común en este rincón del mundo, donde una colilla mal apagada o un rayo podían destruir un bosque entero en cuestión de horas.

Desde el alba hasta el anochecer, José Ángel trabajaba en la granja, donde cuidaba del huerto y, especialmente, de los árboles, a los que trataba como si fueran sus hijos.

Y en cierto modo lo eran, porque, ¿qué son los hijos si no la esencia del optimismo?

Los hijos, como esos árboles, extenderían su vida hacia un futuro que no podía imaginarse, pero que intuía excepcional.

Por desgracia, mientras las moreras crecían y se multiplicaban, Inés María se marchitaba al comprobar que su cuerpo rechazaba las vidas que tanto anhelaba.

Cada vez que se quedaba embarazada, la pareja rezaba pidiéndole a Dios un hijo varón, un niño fuerte que los ayudara en el negocio creciente de las hojas de morera.

Pero en cada una de esas ocasiones los bebés se escurrían de su cuerpo demasiado pronto, a menudo durante la noche, y dejaban las sábanas empapadas en la sangre que los había alimentado en el vientre a lo largo de semanas o incluso meses.

Desesperada y avergonzada, Inés María buscaba consuelo en su madre, cuyas manos sanadoras siempre habían tenido un gran talento para elaborar tinturas y tisanas con las que curar las dolencias de su hija desde que era pequeña.

—¡Madre, madre! —gritó petrificada cuando el primer aborto la sorprendió en la cocina, con una cuchara de madera en una mano y el mango de un cazo hirviendo en la otra.

La segunda vez que llamó a su madre estaba sola en la cama y trató de usar las sábanas como paño, en un intento vano de obligar a los coágulos de sangre a regresar al útero.

La tercera vez la sorprendió descansando al sol, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol.

En esa ocasión ya no llamó a nadie. Esperó a que los coágulos acabaran de salir y, cuando el dolor le permitió levantarse, se dirigió al dormitorio para asearse.

Luego se arrodilló bajo el crucifijo de madera que habían colgado frente a la cama matrimonial y rezó pidiendo un milagro.

Doña Elena no podía hacer gran cosa por su hija.

Todavía no se había familiarizado con las costumbres de las islas Canarias, y sus oraciones norteñas, susurradas sobre el vientre redondeado de su hija, se perdían en el aire como humo que se elevara por encima de sus cabezas sin posarse en el objeto de su obsesión compartida: un vientre sano donde Inés María pudiera albergar a sus bebés hasta que llegaran a término.