CATALINA
C ATALINA
Todo empezó con una ráfaga de viento que arremolinó la hojarasca ante sus ojos.
Al momento, Inés María sintió que le picaba la garganta, como si se le hubieran incrustado granos de arena en los recovecos de la boca, la nariz, los oídos, incluso en los ojos.
Temió ahogarse, ya que las ventanas de la nariz se le contrajeron y la dejaron sin aire cuando más lo necesitaba.
Buscó a su madre con la mirada, incapaz de hablar, pero doña Elena tampoco sabía qué hacer.
El aire amarillento que las rodeaba cambió de color y pasó a ser de un tono marrón arcilloso.
El viento, que parecía soplar desde todas las direcciones al mismo tiempo, las sacudía como a marionetas en una danza macabra.
Doña Elena Cueto de Cabazas sujetó a su hija por los hombros y, de un empujón, la lanzó a los brazos de la primera persona que vio en el puerto de Tenerife: un hombre alto de rostro afable, que se inclinaba para enfrentarse al viento y se sujetaba el sombrero con las dos manos.
Al soltarlo para recibir a la joven, el sombrero de fieltro gris cayó al suelo y voló hacia el mar.
Antes de desmayarse entre los brazos del hombre que acabaría siendo su esposo, Inés María vio que el mundo se volvía de color rojo.
Y así fue como Inés María Cabazas y José Ángel Quintana contarían a sus hijos el inicio de su relación.
—No me quedó más remedio; cuando me di cuenta estaba entre mis brazos. ¿Qué más podía hacer? —solía contar José Ángel con un brillo travieso en la mirada.
Para cuando Inés María recobró el conocimiento —bajo la protección de la marquesina de un café cerrado, cerca del puerto—, José Ángel ya había decidido que no podía dejarla escapar.
En aquella época, ella tenía dieciocho años y él veinticuatro, pero la diferencia de edad resultaba imperceptible, porque Inés María —con sus ojos oscuros y tristes, la espalda ligeramente encorvada en un vano intento de disimular su estatura y la melena tan rubia que desde lejos parecía blanca— aparentaba al menos la misma edad que José Ángel, un pelirrojo de complexión fuerte nacido en las Canarias, que tenía los ojos azules, la nariz larga y un hoyuelo en la barbilla.
Sus ancestros eran guanches, hombres y mujeres que habían llegado a las islas desde la costa norte de África y habían encontrado refugio en las cuevas de Tenerife, la mayor de las islas Canarias, surgidas de las profundidades del océano millones de años atrás debido a la actividad volcánica.
Como si se tratara de árboles milenarios, las cimas de las islas son verdes pero sus raíces permanecen temblorosas.
Al menos una vez cada siglo esas cimas entran en erupción, lo que altera la topografía y sacude las vidas de sus habitantes, que confían en que la tierra y Dios los mantengan con vida.
Para vivir en esas islas, uno debía estar en sintonía con el entorno: ser capaz de detectar hasta la más mínima vibración del suelo, prestar atención a los vientos que parecían surgir de la nada, a las olas, en especial a sus crestas, al crujido de las hojas de los árboles y a los patrones de vuelo de las aves autóctonas.
Cualquier temblor podía señalar que un volcán estaba activo.
Una súbita ráfaga podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Una bandada de pájaros que alzara el vuelo de repente podía indicar que se acercaba una tormenta de dimensiones catastróficas.
A veces llegaban desde África plagas de langostas, que caían sobre las islas como un granizo mortal, con el poder de devorar miles de hectáreas de terreno cultivado en cuestión de horas.
José Ángel era uno de esos hombres: fuerte y observador, de los que nunca perdían el optimismo.
Muy devoto, pero confiado en sus propios recursos para resolver cualquier situación.
Creía que el destino estaba en sus manos y tal vez por eso nunca las dejaba ociosas.
Cuando lo asaltaba alguna preocupación, alzaba la vista a los cielos buscando a Dios, pero también miraba hacia el este, en dirección a África, que quedaba a unos trescientos kilómetros de las islas.
No necesitaba evidencias científicas para saber que debía su fuerza y el resto de sus características a sus ancestros, hombres valientes, capaces de domesticar el suelo rocoso de las islas y de repeler los ataques de varias oleadas de invasores hasta que perdieron su independencia contra España, a finales del siglo XV .
Esa es la razón por la que los descendientes de los guanches, como José Ángel, hablaban español como el resto de los habitantes de la isla, pero con un deje y un acento que a Inés María, nacida en el norte de España, le resultaba fascinante.
Ella había llegado a las Canarias a bordo del Coruña , un barco que una vez al mes transportaba pasajeros y mercancía desde varios puertos de la España peninsular y sus islas hasta Puerto Rico y Cuba.
Por desgracia, antes de que el barco llegara al puerto de Tenerife —última escala antes de cruzar el Atlántico—, el padre de Inés María, don Carlos Cabazas, sufrió un fulminante ataque al corazón durante la cena.
Las dos mujeres se aferraron al cadáver durante un día, pero al final doña Elena se vio forzada a admitir ante el capitán que no tenía dinero para pagar un entierro en condiciones con el que honrar al que había sido su marido durante veinte años, ya que se habían gastado todos sus ahorros en los pasajes para viajar en aquel nuevo y reluciente barco con destino a Cuba.
En la isla caribeña, considerada el lugar más hermoso contemplado por ojos humanos, planeaban forjarse una nueva vida.
Cuando el capitán ordenó que prepararan el cadáver para el funeral en alta mar, doña Elena le lavó las manos y la cara con todo su amor y le quitó los zapatos, pero no le cambió la ropa.
Don Carlos merecía ser enterrado con su mejor traje, un tres piezas de lana de color gris marengo que se había hecho a medida para el viaje, y que se había puesto todas las noches en las cenas de a bordo.
Durante la breve ceremonia, el propio capitán se encargó de arrojar al mar el cuerpo del difunto, envuelto en una mortaja y con trozos de carbón atados a los tobillos con sogas.
El fardo desapareció rápidamente bajo las aguas, mientras Inés María y su madre se abrazaban, horrorizadas.
—Que Dios le perdone... —le dijo doña Elena al capitán, con la vista fija en las olas que se habían tragado el cuerpo de su marido. Y aunque tenía los dientes apretados, todos la oyeron terminar la frase—: Porque yo no lo haré.
Esa fue la última vez que habló con un hombre, exceptuando a su futuro yerno o al sacerdote durante la confesión. Madre e hija se retiraron al pequeño camarote de segunda clase, y no volvieron a subir a cubierta hasta que oyeron que el barco atracaba en el puerto.
Inés María y doña Elena llegaron a Tenerife desoladas, avergonzadas y sin un solo céntimo.
El mar no las había llevado al Nuevo Mundo, como esperaban; en vez de eso, les había arrebatado al hombre que era el puntal de sus vidas.
La calima, una tormenta de arena procedente del Sáhara, las sacudió a su llegada, selló su destino y las salvó.
José Ángel Quintana no era un hombre rico, aunque había heredado una granja en otra de las islas del archipiélago, La Palma, un trozo de tierra en forma de corazón con un volcán dormido pero latente en el centro y vertiginosas montañas que lo protegían del océano.
Sus abuelos habían vivido y criado a su familia en esa tierra, pero sus padres se habían mudado a Santa Cruz de Tenerife después de casarse y no tenían intención de regresar a La Palma —más rural y aislada— de modo permanente.
Para ellos habría significado dar un paso atrás.
José Ángel, sin embargo, lo veía de otro modo.
Para él La Palma significaba un regreso a las raíces y un salto adelante.
De hecho, cuando la calima depositó a Inés María en sus brazos, iba a comprar el billete para el viaje.
Tres días más tarde, cuando el cielo recobró su azul inmaculado, José Ángel regresó al puerto a comprar su billete para La Palma, pero esta vez compró dos billetes adicionales.
—Tú te vienes conmigo —le dijo a Inés María antes de besarle los dedos de la mano izquierda.
Nunca se le ocurrió preguntarle si estaba de acuerdo, así que se tomó su silencio como una forma de mostrarle su conformidad.
Inés María y José Ángel se casaron el 11 de marzo de 1888, exactamente doce días después de conocerse.
En circunstancias normales, doña Elena se habría opuesto a una boda tan apresurada, pero las circunstancias no eran normales.
Sin su marido, sintió que José Ángel Quintana era la única persona de la que podía fiarse, aunque no tenía muy claro de dónde venía esa sensación.
Vio amabilidad en su rostro y su nombre parecía confirmar su bondad y su fe.
Doña Elena era una mujer muy devota, lo que la llevó a pensar que Dios había puesto un ángel en su camino.
Una noche, al detectar dudas en los ojos de su hija, la tomó de las manos y le preguntó:
—¿Quién sino alguien con el nombre de Ángel podría habernos salvado de la penuria y de un cielo que casi parecía cuajado de sangre?
Inés María, que no solía compartir sus pensamientos y que iba por la vida a la sombra de su progenitora, no encontró una respuesta a esa pregunta y pensó que, aunque su madre era una exagerada, probablemente tenía algo de razón.