La memoria de las olas MARA
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La memoria de las olas

La memoria de las olas

Por Mirta Ojito

© inepub.com

MARA

M ARA

He vuelto a pasarme la noche buscando a mi hija.

La angustia era tan palpable que, en una de las muchas vueltas que di en la cama, la lámpara de la mesilla de noche fue a parar al suelo.

En sueños corría tras ella en lo que parecía ser un viejo caserón.

Iba de una habitación a otra a toda prisa, sin encontrarla.

Mientras corría, descalza, sentía la tarima pulida bajo los pies y la textura del papel pintado —muy suave, como de vinilo— en la punta de los dedos.

Aun así, el estampado floral me puso nerviosa; tuve la sensación de que mi hija estaba atrapada en ese campo infinito de flores amarillas silvestres, y acabé arañándolo con rabia una y otra vez para encontrarla.

—Mara, dígame. —Traté de sonar profesional, que no se notara que acababan de despertarme.

—Mara —me saludó Carl, mi editor, y su tono de voz me dio toda la información que necesitaba.

En alguna parte de este lado del Atlántico alguien estaba recibiendo muy malas noticias.

—Sí, ¿dónde es?

—No te queda lejos. —También trataba de sonar despierto y animado, aunque en Nueva York, a más de seis mil kilómetros de distancia de aquí, eran ya las diez de la noche.

No me estaba resultando fácil mantener los ojos abiertos, porque aún notaba los efectos del calmante que me había tomado a medianoche.

Llevo ya unos diez años sufriendo dolores cervicales, pero últimamente el resto de la espalda se ha unido a la fiesta.

Al parecer, a los cincuenta y cinco años mi cuerpo ha decidido que al fin es hora de empezar a desmoronarse.

—¿Dónde? —repetí mientras desviaba la mirada a las dos mochilas preparadas al pie de la cama. La pequeña era para viajes cortos; la otra contenía lo necesario para pasar una semana fuera de casa, incluso más tiempo si hiciera falta.

Tomé nota de los crudos detalles de la noticia: habían encontrado una embarcación frente a la costa norteafricana con siete cadáveres a bordo, incluido el de un niño.

De momento Carl solo quería un artículo corto, pero un periodista freelance de Costa de Marfil le había avisado de que un grupo numeroso de personas se había echado a la mar durante los últimos días.

—Podría ser una repetición de 2015, quién sabe —dijo Carl.

—¿Tú crees?

Me arrepentí enseguida de haber usado un tono tan sarcástico, pero por suerte el bueno de Carl no pareció darse cuenta.

Cuatro años atrás, la llegada de una oleada de refugiados había abrumado a la población de las islas Canarias, un archipiélago español más cercano a África que a la península ibérica.

Cientos de personas murieron en el mar. Las desgarradoras imágenes que ocuparon las portadas de casi todos los periódicos resultaban imposibles de olvidar.

—Sigue el tema con atención, hazme el favor —me pidió antes de despedirse.

Dejé el teléfono sobre la cama y cerré los ojos, tratando de recordar los detalles de la recurrente pesadilla que me angustiaba.

Estaba dispuesta a anotarlos, tal como me había aconsejado mi terapeuta, pero nunca llegaba a hacerlo y al final siempre se me olvidaba.

Esta vez había tenido la sensación de estar corriendo en busca de algo o de alguien...

¡Sí, mi hija! Pero la cuestión es que no tengo ninguna hija, tengo un hijo...

¿Es posible que mi subconsciente anhele de alguna forma a esa niña que nunca tuve?

Me extrañaría, pero tal vez se trate de eso.

Lo que estaba claro era que ya tenía tema de conversación para la próxima vez que acudiera a terapia.

Era absurdo intentar volver a dormir. La pesadilla se iba desdibujando, pero el encargo que acababan de hacerme se cernía sobre mí.

Cuando te encomiendan algo así, se sobreentiende que debes entregarte a la misión cuanto antes y con toda el alma.

Me deshice de las sábanas que se me habían enredado en el cuerpo y, desde el teléfono, compré un billete de avión para ir de Santander —la ciudad en la que resido— a Madrid, y de allí a Tenerife, en las islas Canarias.

El precio me hizo arrugar la nariz. Sabía que el periódico cubriría los gastos, pero siempre he sido una persona frugal, y más desde que no estoy en plantilla.

Como reportera freelance tratas de gastar lo mínimo posible, para que te sigan llamando.

Después contacté con mi amiga Nina Blau, una reconocida fotógrafa israelí con la que trabajo a menudo.

Nina reside en Madrid y ya estaba al corriente y preparada para viajar.

La información le había llegado a través de un contacto, y en cuanto se enteró del incidente decidió reservar un billete en el mismo vuelo.

—Estaba a punto de llamarte —me dijo, más alerta de lo que yo me sentía.

Tras una breve charla, acordamos reunirnos en el aeropuerto de Barajas.

Colgué y llamé a mi madre, Lila, y conecté la función manos libres.

Siempre la he llamado «Mima», porque se parece a su nombre y es un modo mucho más dulce de llamarla «madre».

Tiene setenta y nueve años y, desde que murió mi padre hace ya una década, vive sola en Miami, en la espaciosa casa que compraron poco después de que yo me independizara.

Soy hija única y lo único que me pide es que hablemos todos los días.

Si me olvido, ella se encarga de recordármelo, sea la hora que sea.

Le conté a toda prisa lo del nuevo encargo y le dije que estaba a punto de salir de viaje hacia las Canarias. Guardó silencio unos instantes. La pausa me resultó tan inusual en ella que tuve que preguntarle si seguía al teléfono mientras dejaba la ropa sobre la cama y me dirigía al baño.

—Sí, sí —me contestó—. Es que llevaba tiempo queriendo pedirte un favor, pero sé que estás muy ocupada con el trabajo y no quería molestarte. Ahora por fin puedo pedírtelo, porque te resultará más fácil.

Para mi madre un favor puede ser comprarle un tubo de leche condensada —de los que, según ella, solo se encuentran en España— o conseguirle pastillas contra la osteoporosis o un conjuntito de bebé para la nieta de su amiga.

Es inútil recordarle que en Miami puede comprar la misma ropa de bebé; para ella, los únicos productos de calidad se fabrican en España.

Pero esta vez no buscaba nada parecido y lo que necesitaba, según me aseguró, era sencillo.

Quería que encontrara el certificado de nacimiento de su abuela materna, ya que el Gobierno español había promulgado una ley que permitía solicitar la nacionalidad a los hijos y nietos de ciudadanos españoles si tenían algún documento que acreditara el origen de sus ancestros.

Mi bisabuela, Catalina Quintana Cabazas, había nacido en la ciudad de Santa Cruz, en las islas Canarias.

Viajó a Cuba en barco a principios del siglo XX , pero los detalles no estaban muy claros.

Catalina crio a mi madre y, aunque no teníamos ninguna foto suya, Mima afirmaba que lo único que debía hacer para ver el rostro de su amada abuela era mirarse en el espejo, ya que, además de ser tan alta como Catalina, había heredado su cabello rizado y pelirrojo, sus ojos castaños de aspecto adormilado y una piel tan pálida que un día en la playa le resultaba un tormento.

—No será fácil conseguir un certificado de nacimiento tan antiguo —protesté—. ¿Sabes al menos en qué año nació?

Mi madre se lo quedó pensando.

—Por supuesto —respondió al fin—. Nació el veintinueve de abril de 1900.

—¿Sabes algo más? —Por fuerza de hábito, cogí la libreta, dispuesta a anotar los detalles—. ¿Tienes algo suyo?

—No, claro que no. Ya sabes que salimos de Cuba con lo puesto, pero recuerdo cómo se llamaban sus padres, lo mencionó una vez.

—¿Una vez? —exclamé en tono burlón.

—Con una vez basta si se trata de algo importante, Mara. Ya sabes que no solía hablar del pasado.

—Sí, supongo que tienes razón. —Me di cuenta de que el tema la angustiaba de verdad, pero traté de no desconcentrarme—. ¿Y bien, cómo se llamaban sus padres?

—Inés María Cabazas y José Ángel Quintana.

—Vale, pues a ver si con esto es suficiente. Si recuerdas otro detalle, avísame; cualquier cosa puede resultar útil.

Me alegraba que se hubiera decidido al fin, pero también me hizo gracia que, a tres meses de cumplir los ochenta, mi madre hubiera decidido rescatar el pasado. Le pregunté que por qué ahora y ella respondió que en la vida era mejor tener dos pasaportes que uno.

—Nunca se sabe lo que puede pasar —añadió antes de colgar.

Me quedé contemplando el espejo del lavabo, y solo entonces me di cuenta de que no le había contado nada de la pesadilla.

Los detalles empezaban a desvanecerse, como si fueran las imágenes espectrales que aparecían en las bandejas de revelado de los fotógrafos en los antiguos cuartos oscuros.

Aun así, al entrar en la ducha caliente, todavía no me había librado de la sensación de miedo.