La memoria de las cosas Capítulo 31 — Ya era hora
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Capítulo 31 — Ya era hora

Sonia tenía buen aspecto para estar enferma.

Amaya lo pensó sin decirlo mientras le dejaba el termo en las manos y se sentaba en el sofá de enfrente. Pálida, sí. Quieta, también. Pero había algo en su forma de estar sentada que no era el abandono de quien se encuentra mal sino la tensión de quien está esperando algo.

Quizás era la gripe. La gripe ponía a la gente rara.

—¿Qué tal por la oficina? —dijo Sonia—. ¿Sigue todo igual con lo de la policía?

—Ay, sí. —Amaya se acomodó—. Hoy han vuelto a estar en la planta siete. Sandra dice que han estado horas. Y Víctor ha intentado asomarse tres veces hasta que alguien le ha dicho que se volviera a su mesa.

Sonia asintió despacio. Demasiado despacio para ser solo interés por el cotilleo de oficina.

Sonia se tensó.

Amaya lo notó.

—¿Estás bien?

—Es la gripe —dijo Sonia—. Me tiene un poco baja.

Amaya la miró un momento más de lo necesario. Luego asintió.

El móvil de Amaya vibró.

Una vez. Dos. Tres seguidas.

Sonia miró la pantalla antes de que Amaya pudiera cogerlo. Solo un instante. Y algo cambió en su cara, algo tan pequeño y tan rápido que Amaya casi no lo vio.

—Mira el móvil —dijo Sonia—. Por si pasa algo.

Amaya lo cogió.

Tres mensajes de Inés.

¿Sigues con Sonia?

¿Te ha dicho algo raro?

Amaya cuándo vienes a cenar, no tardes.

Los leyó dos veces. Luego una tercera. Inés nunca insistía así. Inés mandaba un mensaje, a veces dos, y luego esperaba con la paciencia de quien sabe que el mundo continuará girando aunque nadie responda en los próximos veinte minutos.

—¿Pasa algo? —dijo Sonia.

—No. —Amaya dejó el móvil boca abajo—. Es Inés que pregunta cuándo voy. Pero entre ella así de insistente, lo de la policía en el edificio y el sueño que he tenido hoy, está siendo un día muy extraño.

—¿Qué sueño?

Amaya lo dudó un momento. Luego lo contó.

Era un sueño recurrente. Lo había tenido varias veces en los últimos meses, pero hoy se había despertado acordándose mejor que nunca.

Era como si alguien la siguiera. No de forma amenazante, sino porque la necesitaba.

Pero la sensación no era buena. Cuando alguien te necesita normalmente es algo que se siente bien, te hace sentir útil, importante.

Pero en el sueño había algo que no encajaba.

Como si la necesidad fuera real pero el motivo no lo fuera.

Se había despertado mal.

Mientras hablaba, le pareció ver a Sonia sacar el móvil. Lo vio de reojo, no podía asegurarlo. Y le pareció que le daba a grabar.

Parpadeó.

No. Sería cosa suya. Estaría bloqueando la pantalla. Para qué iba a grabarla Sonia.

Siguió hablando.

Moisés ya estaba de pie antes de que Inés terminara la frase.

Gustavo lo siguió sin que nadie dijera nada más. Cogió la chaqueta del respaldo de la silla, el gesto de quien lleva años haciendo esto y sabe exactamente cuándo hay que moverse.

—Iván —dijo Moisés desde la puerta—. Sigue con los servidores. Cualquier cosa nos llamas.

—Entendido —dijo Iván sin levantar la vista de la pantalla.

La puerta se cerró.

E Inés se quedó sola con el sonido de las teclas y el silencio que dejaban dos personas cuando salen a toda prisa hacia algún sitio donde tú no puedes ir.

Se quedó mirando la puerta un momento.

Luego miró la mesa. Los objetos todavía ahí, la tarjeta, el bote de pastillas, la carpeta.

—Oye —dijo Iván.

Inés se giró.

Iván había girado la silla y la miraba con la expresión de quien ha estado procesando algo desde hace rato y por fin ha decidido que puede preguntar.

—Cuando estabas con los objetos —dijo—. Lo que hacías. Me levanté a por agua y te vi. Te quedaste completamente quieta. Como si no estuvieras.

—No estaba —dijo Inés.

Iván asintió despacio.

—¿Y ves cosas de verdad? ¿O es más como una sensación?

—Las dos cosas. —Pausa—. Depende del objeto.

Iván lo consideró con la misma seriedad con que consideraba cualquier otra información.

—Interesante —dijo.

Se quedó un momento mirando los objetos sobre la mesa.

—Ha estado guay —añadió.

Inés no supo qué decir. Pero sonrió.

—Al lío —dijo Iván, y se giró hacia la pantalla.

Empezó a tararear.

Inés cogió el café que le habían traído antes. Con una mezcla de incertidumbre y esperanza que no sabía muy bien cómo sostener. Estaba frío. Lo bebió de todas formas.

Y esperó.

Siguió hablando.

—…porque normalmente cuando alguien te necesita hay algo cálido en eso, ¿sabes? Como que te llama hacia ellos. Pero en el sueño era diferente. Era como una atracción que no te da buena espina. No puedo explicarlo mejor.

—¿Y cómo sabes que te necesitan? —dijo Sonia.

Amaya la miró.

La pregunta había llegado demasiado rápido. Sin la pausa que hace la gente cuando escucha de verdad y luego responde. Como si Sonia ya tuviera la pregunta preparada antes de que Amaya terminara.

—No lo sé —dijo Amaya despacio—. En el sueño simplemente lo sabes. Como sabes cualquier cosa en un sueño sin que nadie te lo explique.

Sonia asintió. Miraba el termo entre sus manos.

—¿Y la persona que te necesitaba? ¿La conocías?

—Es una sensación que tengo después. —Amaya la miró—. Pero tú ya lo sabes, esto me lo has preguntado muchas veces.

Sonia no dijo nada.

Amaya frunció levemente el ceño. Era verdad que habían hablado de sus sueños antes, muchas veces, pero Sonia siempre escuchaba con curiosidad tranquila, haciendo preguntas de vez en cuando. Hoy era diferente. Hoy las preguntas llegaban antes de que ella terminara.

—¿Estás segura de que estás bien? —dijo Amaya.

Sonia la miró por fin.

—Sí —dijo—. Perdona. Es la gripe, que me tiene un poco ida.

Amaya asintió despacio. No del todo convencida.

Y entonces llamaron a la puerta.

Sonia se sobresaltó. El termo casi se le cayó de las manos.

—Ya abro yo —dijo Amaya.

Sonia no dijo nada. Se fue hacia atrás en el sofá, como si unos centímetros de distancia fueran a cambiar algo.

Amaya abrió la puerta.

Moisés. Y Gustavo detrás.

Se quedó un momento sin saber qué decir.

Los había visto antes, sabía quiénes eran, pero verlos ahí en la puerta del piso de Sonia a esa hora le produjo una sensación extraña.

No exactamente sorpresa. Algo más parecido al reconocimiento de quien ve una cosa que en algún sitio ya sabía que iba a pasar.

—¿Estás bien? —dijo Moisés.

—Sí —dijo Amaya. Iba a preguntar por qué, pero vio cómo Moisés miraba hacia dentro de la casa por encima de su hombro y se calló.

—Está dentro —dijo Amaya, y se apartó para dejarlos pasar.

Sonia se hizo la sorprendida. Pero lo justo.

—Señorita Martín —dijo Gustavo—. Queríamos volver a hablar con usted sobre su amigo Alex.

—Claro, lo que sea —dijo Sonia.

Se la veía incómoda más que preocupada. Y eso a Amaya no se le escapó.

Se sentaron. Uno al lado de Sonia, el otro frente a ella. Amaya se quedó en el hueco de la puerta del salón sin que nadie le dijera nada, con los brazos cruzados, observando.

Sonia respiraba con más dificultad. Podría ser la gripe. Pero a Amaya no le pareció que fuera por eso.

Moisés empezó a hablar.

—Queríamos repasar con usted los últimos días de Alex antes de desaparecer.

Sonia asintió. Agarraba el termo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Nos dijo que estaba algo raro. Como si le preocupara algo.

—Así es —dijo Sonia.

—¿Y no le dijo el motivo?

—No. En ningún momento. Era muy reservado.

—¿No le comentó que había descubierto irregularidades en el Proyecto Huella?

Sonia palideció.

—¿Así se llama? El proyecto en el que trabajaban juntos, ¿no?

—No. —La voz de Sonia salió más firme de lo que parecía posible—. Yo trabajo en Kore. No sé nada de eso.

—¿No se lo comentó?

—No.

—¿Ni cuando le ofreció el puesto?

Sonia palideció un poco más.

—No me dijo nada. Yo no trabajo con él.

—Cierto —dijo Moisés—. Usted trabaja más bien con el señor Luis Boros, ¿no?

Sonia abrió mucho los ojos.

—¿Cómo lo…? —Dejó las palabras en el aire—. No. Yo no…

—¿No le dijo a Alex que dejara de investigar?

Sonia no respondió.

—Creemos que usted tiene algo en su poder que necesitamos —dijo Moisés—. Y lo necesitaríamos ahora.

Amaya los observaba desde la puerta con los ojos muy abiertos.

Sonia levantó la vista.

—No. Yo no…

—Hemos hablado con el señor Duarte —dijo Gustavo.

El termo tembló entre sus manos.

Sonia se paró.

Hubo un segundo, apenas un segundo, en que algo cruzó por su cara que parecía alivio. Alex estaba bien. Alex estaba vivo.

Y detrás del alivio llegó el terror.

Se le vio en los ojos antes de que pudiera ocultarlo.

—Vamos a ir a comisaría ahora, señorita Martín —dijo Moisés—. Pero si nos da la carpeta que le facilitó el señor Boros nos lo pondrá mucho más fácil a todos. Incluida usted.

Sonia no se movió.

Y entonces empezó a hablar.

No de golpe. De esa forma en que hablan las personas que llevan tiempo construyendo un argumento y necesitan decirlo en voz alta para seguir creyéndolo.

Que lo que estaban haciendo era importante.

Que si había personas predispuestas de forma natural a desarrollar esas capacidades, encontrarlas y estudiarlas podía cambiar lo que sabemos sobre el cerebro humano.

Que no todo era malo como decía Alex, que Alex había perdido la perspectiva.

Que ella no había tenido intención de hacer daño a nadie.

Que en la ciencia hay sacrificios necesarios.

Que era algo demasiado grande para dejarlo por escrúpulos.

Moisés la escuchaba.

Gustavo también.

Y Amaya, desde la puerta, escuchaba y miraba e iba entendiendo.

No solo las palabras. La forma en que Sonia evitaba mirarla.

La forma en que hablaba de las personas predispuestas de forma natural como si fueran datos en una pantalla.

La forma en que no decía su nombre en ningún momento aunque estuviera ahí delante.

En un momento Sonia la miró.

Y Amaya supo.

—Señorita Martín —dijo Gustavo con calma.

Sonia paró de hablar.

—La carpeta.

—Era algo importante —dijo Sonia, pero esta vez sin convicción, como quien repite algo que ya no le sirve—. Alex estaba exagerando. No entendía la dimensión de lo que…

—Sonia.

Era la voz de Amaya.

Sonia la miró. Tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Dales la carpeta —dijo Amaya—. Y ayúdate.