La memoria de las cosas Capítulo 31 — Ya era hora #2
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Capítulo 31 — Ya era hora #2

El silencio duró varios segundos.

Luego Sonia señaló un cajón en la mesa baja del televisor. El típico cajón donde están los mandos, las pilas y algún cable desparejado. Pero cuando Moisés lo abrió había un portátil, algunos documentos sueltos y una carpeta.

Sonia asintió.

Moisés la extrajo despacio.

Gustavo ya se estaba levantando. Le dijo algo a Sonia en voz baja mientras se ponía de pie junto a ella.

Amaya se dio la vuelta y fue hacia la puerta.

Mientras cruzaba el pasillo escuchó a su espalda la voz de Gustavo, tranquila y sin pausas, diciéndole a Sonia que quedaba detenida.

Salió al rellano.

Cerró los ojos un momento.

Y entonces recordó el sueño.

Alguien que la necesitaba. Pero no para algo bueno.

Lo había soñado. No lo había entendido. Y ahora lo reconocía, como reconocía siempre sus sueños, después, cuando ya no había nada que hacer con esa información salvo sostenerla.

Sacó el móvil.

Le escribió a Inés:

Voy para allá.

Y después de un momento añadió:

Cuéntamelo todo.

El móvil de Inés vibró.

Amaya: Voy para allá. Cuéntamelo todo.

Inés soltó el aire que llevaba sin saber que estaba aguantando. Le escribió:

Gracias a dios. ¿Estás bien? Te quiero.

Dejó el móvil sobre la mesa y cerró los ojos un segundo.

Entonces escuchó revuelo fuera de la sala.

Iván levantó la cabeza de la pantalla. Se miraron un momento. Luego los dos se levantaron y fueron hacia la puerta.

Inés se asomó.

En el pasillo central de la comisaría, avanzando con su manera de caminar como si el edificio entero fuera un plató, estaba Yago Erre.

Impecable, como siempre. Y a su alrededor, como en la vez anterior, la gente gravitaba hacia él sin saber muy bien por qué.

Una agente se le acercó para preguntarle algo.

Yago le sonrió, le dijo algo que Inés no llegó a escuchar, y siguió andando sin pararse.

Directamente hacia el despacho de Moisés.

Que estaba justo al lado de la sala donde estaban ellos.

—Ya sabe el camino —dijo Iván, en el tono de quien anota un dato sin darle más importancia de la necesaria.

Yago los vio antes de llegar. Se detuvo en el umbral de la sala, miró a Iván y dijo:

—Perfecto. Tengo algo para vosotros. Esperaré contigo.

Luego miró a Inés.

Le cogió las manos con una naturalidad que no pedía permiso pero tampoco lo necesitaba. La miró un momento, con la atención de quien lee cosas donde los demás no ven nada.

Y sonrió.

—Veo que ya eres tú —dijo—. Bienvenida.

Inés no supo exactamente qué decir.

Pero por primera vez en semanas no le pareció que necesitara decir nada.

Yago se sentó en la silla que había frente al escritorio de Iván, como si llevara años usándola.

—Venía a hablar con el inspector Vera —dijo—. Pero creo que tú sabrás qué hacer con lo que tengo que contar.

Iván lo miró un momento. Luego asintió.

—Cuéntame.

Yago se apoyó en el respaldo.

—Desde que me fui la última vez me quedé con algo en la cabeza. Los números de Innova.

Iván dejó de escribir.

—¿Qué números?

—Los movimientos de dinero parecían aleatorios.

—¿Y?

—Los números nunca improvisan.

Sacó un papel doblado del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.

Iván lo cogió. Frunció el ceño. Luego volvió a mirarlo. Muy despacio.

—Es un patrón.

—Exacto.

Iván giró la silla hacia el ordenador y empezó a escribir con rapidez.

—Ahora sí sé dónde buscar.

Inés miraba el papel que Iván había dejado sobre la mesa. Columnas de números, fechas, cantidades. Para ella no decían nada concreto. Pero para Yago habían formado un mapa.

—¿Cuánto tiempo tardaste en verlo? —le dijo.

Yago la miró.

—Desde que salí de aquí la última vez —dijo—. Las 14:14. —Pausa—. Algunas cosas se ven enseguida. Otras necesitan que les des la vuelta.

Inés iba a responder cuando escuchó pasos en el pasillo.

Moisés entró primero. Luego Gustavo. Luego Amaya, que buscó a Inés con los ojos antes de que la puerta terminara de abrirse. Y detrás, con una agente a su lado, Sonia.

Inés y Amaya se encontraron a la mitad de la sala.

El abrazo duró más de lo habitual. De esos que no necesitan palabras porque las palabras llegarían después, cuando hubiera tiempo y espacio para ordenar todo lo que había pasado en las últimas horas.

Cuando se separaron Amaya tenía los ojos brillantes pero no lloraba. Era así, Amaya, procesaba las cosas hacia dentro y las sacaba cuando estaba lista.

—Estás bien —dijo Inés. No era una pregunta.

—Estoy bien —dijo Amaya.

Inés sonrió.

Sintió que, por primera vez, no tenía que cargar con todo sola.

Fue entonces cuando Amaya reparó en el hombre sentado junto al escritorio de Iván y se le iluminó la cara.

—¿Yago? ¿Qué haces tú aquí?

Yago sonrió.

—Ya era hora.

Amaya se giró hacia Inés.

—Esta es Inés. Mi mejor amiga. Creo que coincidisteis en la universidad aunque no mucho.

Yago miró a Inés.

—Me acuerdo de ti.

Inés no supo qué decir.

Moisés se había acercado a Inés sin que ella lo viera venir. Le puso una mano en la espalda, un gesto breve y discreto que solo ella notó.

—Bien hecho —dijo en voz baja.

Inés sonrió.

Y, por primera vez desde que Alex había desaparecido, creyó que estaban más cerca.